Reforma constitucional

miércoles, 24 de agosto de 2011 · 0 comentarios

11-08-23. Noticias de Gipuzkoa. Editorial

La propuesta de limitar en la Constitución el déficit es innecesaria, no influirá en la crisis, es imposición de la economía especulativa, recorta conquistas sociales y democráticas, perjudica a la CAV y hurta el refrendo popular

La propuesta de Zapatero para reformar la Constitución de 1978 con el fin de incluir una garantía de estabilidad presupuestaria y, por tanto, un techo de déficit como supuesta protección a la situación financiera del Estado se antoja más el cumplimiento de una imposición interesada del eje Merkel-Sarkozy y los altavoces neoliberales que un medio efectivo para el objetivo que se persigue en teoría, el control del gasto público. El déficit es un instrumento más político que económico para asegurar prestaciones públicas básicas en el ámbito de la sanidad, la educación, la tercera edad o la dependencia, y vincular ahora esa utilidad a los vaivenes del mercado financiero especulativo supone un paso atrás en las conquistas democráticas y sociales de una política basada en la redistribución de la riqueza y la justicia social. Más aún en comunidades como la CAV o Navarra, con un modelo económico, presupuestario, fiscal y financiero muy alejado de los que lastran a buena parte de las comunidades y al propio Estado español. Otra cosa es la evidente necesidad de legislar un modelo de déficit que impida su utilización populista o innecesaria por simples intereses electorales o partidistas en la gestión de los recursos públicos en las diferentes administraciones. Más excesivo parece aún incluir esa medida en una reforma constitucional -la segunda que se realizaría en 33 años tras las leves modificaciones introducidas para adaptarla al Tratado de Maastricht-, y al menos inoportuno hacerlo a tres meses de unas elecciones generales que prevén un cambio en la estructura y el liderazgo gubernamental sea quien sea el vencedor en las urnas. Es cierto que Zapatero contó ayer con el plácet de Mariano Rajoy, que ya planteó algo similar hace semanas. Pero también que más allá del efectismo político, esa reforma constitucional no influirá en el devenir de la crisis -que algunos expertos vaticinan como una nueva recesión generalizada en 2012-, en los próximos meses ni contribuirá a solucionar los problemas financieros del Estado. Y en tercer lugar llama la atención que la propuesta y su presentación pública con nula intención de debate social que augura una imposición ha sido respondida ya en las redes sociales con una creciente demanda ciudadana -bajo la etiqueta #yoquierovotar-, de ser sometida a refrendo popular, un reto democrático que ni PSOE ni PP parecen dispuestos a aceptar.

¡Peor que el apartheid!

viernes, 5 de agosto de 2011 · 0 comentarios

Michel Warschawski (AIC)Viento Sur 31/07/2011

"One, two, three, tour
Occupation no more,
Five, six, seven, eight
Israel is an apartheid State !"

Tanto en Bil´in o en Cheikh Jara´h, en Silwan o en el check-point de Erez, los manifestantes anticolonialistas, palestinos o israelíes, han hecho de estas cuatro líneas uno de sus eslóganes preferidos. Como todas las consignas que se gritan en las manifestaciones, no hay que ver en ellas un análisis científico del régimen, igual que en \"CRS-SS\" no se quería decir que la policía de Marcellin [antiguo ministro del interior francés] era idéntica a los asesinos del Reichsfuhrer Heinrich Himmler. Es un grito, un grito de rabia y nada más.

Nuestros compañeros sudafricanos nos han puesto en guardia siempre contra una utilización demasiado fácil de este concepto, e insistido en la especificidad de este sistema. Tomamos acta de su advertencia y añadimos pues unas comillas cuando utilizamos la palabra \"apartheid\" fuera de su contexto sudafricano. Dicho esto, el Tribunal Russel sobre Palestina celebra su próxima sesión en Cape (Africa del Sur) y ya sabemos que la dimensión \"apartheid\" estará en el corazón de las deliberaciones. No es pues algo sin interés, lejos de ello, analizar el sistema colonial teniendo en cuenta este concepto.

Filosofía de la separación

En neerlandés, \"apartheid\" significa separación, y en el corazón de este sistema se encuentra una filosofía política de la separación. Como proyecto político moderno (finales del siglo XIX) la filosofía de la separación nació con el despertar de los nacionalismos de los pueblos oprimidos por los grandes imperios (zarista, otomano, austrohungaro) bajo la forma de la reivindicación de la autodeterminación nacional. Esta reivindicación significa el derecho de estos pueblos a la independencia y a la constitución de estados nación tan étnicamente homogéneos como sea posible. Esta aspiración a la homogeneidad ha estado siempre preñada de peligros de guerra de depuración étnica cuyo objetivo ha sido precisamente (y continúa siendo, como han demostrado trágicamente las guerras de los Balcanes) garantizar la homogeneidad étnico/nacional de las entidades políticas nuevas en construcción.

El sionismo es una corriente política que se constituyó, en Europa central, a finales del siglo XIX, y expresa los valores de su tiempo, dos en particular: el colonialismo y el estado nación.

El colonialismo es, entre otras cosas, un medio que permite resolver el problema de la opresión de una comunidad mediante la instalación de esta última en \"tierras vírgenes\". Es así por ejemplo como Francia envió a los alsacianos que no querían convertirse en alemanes, tras la derrota de 1870-71, a colonizar Argelia. Fue en este espíritu con el que Theodore Herzl se reunió, a principios del siglo XX, con los dueños del planeta para que le ofrezcieran un territorio refugio para los judíos oprimidos del imperio zarista, no excluyendo por otra parte ni Uganda ni Argentina. Siendo el objetivo de Herzl y de numerosos dirigentes sionistas de esa época, de hecho, no poner trabas a la asimilación de los judíos de Europa Central y Occidental por un aflujo de judíos sin papeles y \"primitivos\" huyendo de la pobreza y del antisemitismo de Europa del Este.

La homogeneidad étnico/nacional/confesional es el otro valor dominante de esa época sobre el que se funda el sionismo: como los checos y los griegos, los eslovenos y los polacos, los sionistas aspiran a crear una entidad tan demográficamente homogénea (judía) como sea posible. De hecho el sionismo reconoce, más o menos abiertamente, lo bien-fundado del antisemitismo que aspira a librarse de los \"cuerpos extranjeros\". En un sentido es un movimiento de autodepuración étnica. El colonialismo sionista, en cuanto toma el control de un territorio, es para crear en él una entidad (Hogar Nacional, Yishuv luego estado) tan étnicamente homogéneo como sea posible. La lógica de separación (apartheid) está en el corazón del sionismo, y la expulsión de la población árabe autóctona es intrínseca al proyecto.

Incluso la derecha sionista más extrema preferirá siempre un territorio más pequeño con muchos menos autóctonos que un territorio más grande con una fuerte población árabe, y todo el debate político que atraviesa primero al movimiento sionista y luego al estado de Israel gira alrededor de la fórmula óptima entre máximo de territorio y mínimo de población árabe.

Para concluir este punto: si se considera la centralidad de la separación en la filosofía y la práctica sionistas, el concepto de apartheid está lejos de ser inoperante o de estar fuera de juego en el análisis de la política israelí, a condición sin embargo, como nos advierten los militantes sudafricanos y numerosos intelectuales palestinos (como recientemente, el director de la organización palestina de derechos humanos, Adala, Hassan Jabareen) de poner en evidencia las especificidades de este apartheid.

Colonialismo, limpieza étnica y apartheid
Si el apartheid está intrínsecamente ligado al colonialismo, este último solo raramente se funda en un sistema de apartheid. De hecho, hay varios metamodelos de colonialismo: el colonialismo genocida (las Américas, Australia), el colonialismo de explotación de los indígenas (\"Hacer sudar al indígena\" en Argelia), el colonialismo de importación-esclavismo (América del Norte), el colonialismo de depuración étnica, es decir de expulsión de la población autóctona (sionismo). Hay también modelos híbridos: la importación forzada de mano de obra (esclavismo) como continuación del exterminio de las poblaciones indígenas (modelo norteamericano).
En una lógica colonial a fin de cuentas bastante banal, el sistema de apartheid sudafricano no está basado en la expulsión de los negros y demás minorías raciales, sino en su explotación, pues el colonialismo es ante todo explotación, de los recursos y de la mano de obra indígena. \"Hacer sudar al indígena\" era el eslogan del colono blanco en Argelia, y si el colonialismo se acompaña a menudo de gigantescos desplazamientos de población (y de masacres), estos no son el corazón de su lógica.

El sionismo cuyo objetivo es la creación de un estado (demográficamente) judío, es decir con un mínimo de población no judía, es no solo un colonialismo de desposesión (lo que son todas las formas de colonialismo) sino sobre todo un colonialismo de expulsión, de depuración étnica. Es esta su especificidad y su modus operandi.
Cuando ciertos defensores palestinos de los derechos humanos dicen \"peor que el apartheid\" ponen el dedo en el hecho de que el sionismo es un colonialismo de expulsión, de limpieza étnica con el objetivo de permitir la puesta en pie de un estado-nación, de un estado judío. En este sentido es efectivamente peor que el apartheid que no implica en general el desenraizamiento, el exilio.

Es cualquier caso es importante señalar que la Convención de la ONU contra el apartheid da una definición muy amplia de este crimen, que va bastante más allá de las características del régimen que estaba en vigor en Africa del Sur. En este sentido, peor o no que el apartheid, el régimen israelí tiene muchísimas cuentas que rendir, desde el punto de vista del derecho internacional, por crímenes de apartheid tal como están definidos por la Comunidad Internacional. El estado de Israel es culpable de numerosos crímenes inscritos en la Convención internacional sobre la eliminación y la represión del crimen de apartheid de 1973, lo que, en sí, podría ser suficiente para cerrar el debate.

Subrayemos dos de ellos. Primeramente, la discriminación estructural de la que es víctima la minoría palestina de Israel (los palestinos de 1948, como se definen ellos hoy). En su autodefinición, el estado de Israel, es discriminatorio entre las comunidades: como estado judío (y democrático), implica un estatuto particular y privilegiado para la comunidad judía en relación a todas las demás, y en primer lugar, la minoría árabe autóctona. Pero no es evidentemente solo una cuestión de definición: hay leyes votadas e instituciones paragubernamentales (Agencia Judía, Fondo Nacional Judío/KKL) constituidas para garantizar esos privilegios, comenzando por la Ley del Retorno que concede la nacionalidad israelí a cualquiera que la pida… a condición de que sea judío. Simultáneamente, millones de autóctonos y sus hijos están condenados al exilio y negados en su derecho a volver a su país porque, por diversas razones, se encontraron fuera de las fronteras de lo que fue nombrado estado de Israel, muchos de ellos sencillamente expulsados por las fuerzas armadas sionistas. Finalmente, una larga serie de leyes (en particular referidas a la posesión de la tierra), de decretos y de planes gubernamentales son decididas con el único objetivo de \"judaizar\" regiones no suficientemente depuradas.

Todas estas prácticas de discriminación en favor de los judíos son explícitamente denunciadas por la Convención Internacional para la Eliminación del Apartheid.Bantustanización

Otro aspecto del régimen sionista que tiene resonancias con el apartheid es la política de \"cantonización\" (el concepto es de Ariel Sharon) de los territorios palestinos ocupados en junio de 1967. Esta política consiste en formar entidades palestinas autónomas y autogestionadas, igual que los bantustanes de África del Sur. Estos últimos, considerados por los dirigentes de Pretoria como verdaderos estados, tenían su propio gobierno (a menudo un rey) y gozaban de una amplia autonomía administrativa. Pero su existencia, sus fronteras y sus poderes estaban enteramente definidos por el poder central de África del Sur, el poder blanco de Pretoria. Los bantustanes estaban dotados de una independencia ficticia, totalmente controlada por el régimen de apartheid.

En gran medida, el proyecto de Oslo intentaba crear bantustanes palestinos: autogestionados por una \"Autoridad Palestina\", los \"territorios autónomos palestinos\" seguían siendo enteramente dependientes de las decisiones de la administración militar israelí, incluyendo su existencia, como lo demuestra a contrario la Operación Muralla (año 2002, ndt), cuyo objetivo era precisamente poner fin a su existencia y desmantelar la Autoridad Palestina reemplazándola por una vuelta de la administración militar israelí directa.

Israel no es África del Sur y su régimen colonial tiene -desgraciadamente, dirían con cierta dosis de cinismo algunos militantes palestinos- muchas diferencias con el antiguo régimen de Pretoria. Dicho esto, en lo que se refiere a numerosos aspectos del sionismo realmente existente, la utilización del concepto de apartheid está lejos de ser una extrapolación sin fundamento, en particular en lo que concierne a las violaciones de la Convención internacional sobre la eliminación y la represión del crimen del apartheid y las sanciones que de ella se derivan. Continuemos debatiendo sobre lo bien fundado o no de la utilización del concepto de apartheid para describir el colonialismo sionista, en los Territorios Ocupados y en las fronteras del estado de Israel, pero cualquiera que sea el punto de vista de cada cual, podemos, debemos juntos apelar a la Convención Internacional contra el Apartheid para reforzar la campaña Boicot-Desinversiones-Sanciones (BDS) y exigir que el régimen israelí sea sancionado por los innumerables ataques a dicha Convención. Como se supo hacer con eficacia en el caso de África del Sur, en la época del apartheid.


http://www.protection-palestine.org/spip.php?article10926
Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

Los porqués del hambre

jueves, 4 de agosto de 2011 · 0 comentarios

Esther Vivas. El País, 30/07/2011.

Vivimos en un mundo de abundancia. Hoy se produce comida para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando en el planeta habitan 7.000. Comida, hay. Entonces, ¿por qué una de cada siete personas en el mundo pasa hambre?

La emergencia alimentaria que afecta a más de 10 millones de personas en el Cuerno de África ha vuelto a poner de actualidad la fatalidad de una catástrofe que no tiene nada de natural. Sequías, inundaciones, conflictos bélicos… contribuyen a agudizar una situación de extrema vulnerabilidad alimentaria, pero no son los únicos factores que la explican.

La situación de hambruna en el Cuerno de África no es novedad. Somalia vive una situación de inseguridad alimentaria desde hace 20 años. Y, periódicamente, los medios de comunicación remueven nuestros confortables sofás y nos recuerdan el impacto dramático del hambre en el mundo. En 1984, casi un millón de personas muertas en Etiopía; en 1992, 300.000 somalíes fallecieron a causa del hambre; en 2005, casi cinco millones de personas al borde de la muerte en Malaui, por solo citar algunos casos.

El hambre no es una fatalidad inevitable que afecta a determinados países. Las causas del hambre son políticas. ¿Quiénes controlan los recursos naturales (tierra, agua, semillas) que permiten la producción de comida? ¿A quiénes benefician las políticas agrícolas y alimentarias? Hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano.

Se señala a la sequía, con la consiguiente pérdida de cosechas y ganado, como uno de los principales desencadenantes de la hambruna en el Cuerno de África, pero ¿cómo se explica que países como Estados Unidos o Australia, que sufren periódicamente sequías severas, no padezcan hambrunas extremas? Evidentemente, los fenómenos meteorológicos pueden agravar los problemas alimentarios, pero no bastan para explicar las causas del hambre. En lo que respecta a la producción de alimentos, el control de los recursos naturales es clave para entender quién y para qué se produce.

En muchos países del Cuerno de África, el acceso a la tierra es un bien escaso. La compra masiva de suelo fértil por parte de inversores extranjeros (agroindustria, Gobiernos, fondos especulativos…) ha provocado la expulsión de miles de campesinos de sus tierras, disminuyendo la capacidad de estos países para autoabastecerse. Así, mientras el Programa Mundial de Alimentos intenta dar de comer a millones de refugiados en Sudán, se da la paradoja de que Gobiernos extranjeros (Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Corea…) les compran tierras para producir y exportar alimentos para sus poblaciones.

Asimismo, hay que recordar que Somalia, a pesar de las sequías recurrentes, fue un país autosuficiente en la producción de alimentos hasta finales de los años setenta. Su soberanía alimentaria fue arrebatada en décadas posteriores. A partir de los años ochenta, las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para que el país pagara su deuda con el Club de París, forzaron la aplicación de un conjunto de medidas de ajuste. En lo que se refiere a la agricultura, estas implicaron una política de liberalización comercial y apertura de sus mercados, permitiendo la entrada masiva de productos subvencionados, como el arroz y el trigo, de multinacionales agroindustriales norteamericanas y europeas, quienes empezaron a vender sus productos por debajo de su precio de coste y haciendo la competencia desleal a los productores autóctonos. Las devaluaciones periódicas de la moneda somalí generaron también el alza del precio de los insumos y el fomento de una política de monocultivos para la exportación forzó, paulatinamente, al abandono del campo. Historias parecidas se dieron no solo en países de África, sino también en América Latina y Asia.

La subida del precio de cereales básicos es otro de los elementos señalados como detonante de las hambrunas en el Cuerno de África. En Somalia, el precio del maíz y el sorgo rojo aumentó un 106% y un 180% respectivamente en tan solo un año. En Etiopía, el coste del trigo subió un 85% con relación al año anterior. Y en Kenia, el maíz alcanzó un valor 55% superior al de 2010. Un alza que ha convertido a estos alimentos en inaccesibles. Pero, ¿cuáles son las razones de la escalada de los precios? Varios indicios apuntan a la especulación financiera con las materias primas alimentarias como una de las causas principales.

El precio de los alimentos se determina en las Bolsas de valores, la más importante de las cuales, a nivel mundial, es la de Chicago, mientras que en Europa los alimentos se comercializan en las Bolsas de futuros de Londres, París, Ámsterdam y Fráncfort. Pero, hoy día, la mayor parte de la compra y venta de estas mercancías no corresponde a intercambios comerciales reales. Se calcula que, en palabras de Mike Masters, del hedge fund Masters Capital Management, un 75% de la inversión financiera en el sector agrícola es de carácter especulativo. Se compran y venden materias primas con el objetivo de especular y hacer negocio, repercutiendo finalmente en un aumento del precio de la comida en el consumidor final. Los mismos bancos, fondos de alto riesgo, compañías de seguros, que causaron la crisis de las hipotecas subprime, son quienes hoy especulan con la comida, aprovechándose de unos mercados globales profundamente desregularizados y altamente rentables.

La crisis alimentaria a escala global y la hambruna en el Cuerno de África en particular son resultado de la globalización alimentaria al servicio de los intereses privados. La cadena de producción, distribución y consumo de alimentos está en manos de unas pocas multinacionales que anteponen sus intereses particulares a las necesidades colectivas y que a lo largo de las últimas décadas han erosionado, con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, la capacidad de los Estados del sur para decidir sobre sus políticas agrícolas y alimentarias.

Volviendo al principio, ¿por qué hay hambre en un mundo de abundancia? La producción de alimentos se ha multiplicado por tres desde los años sesenta, mientras que la población mundial tan solo se ha duplicado desde entonces. No nos enfrentamos a un problema de producción de comida, sino a un problema de acceso. Como señalaba el relator de la ONU para el derecho a la alimentación, Olivier de Schutter, en una entrevista a EL PAÍS: “El hambre es un problema político. Es una cuestión de justicia social y políticas de redistribución”.

Si queremos acabar con el hambre en el mundo es urgente apostar por otras políticas agrícolas y alimentarias que coloquen en su centro a las personas, a sus necesidades, a aquellos que trabajan la tierra y al ecosistema. Apostar por lo que el movimiento internacional de La Vía Campesina llama la “soberanía alimentaria”, y recuperar la capacidad de decidir sobre aquello que comemos. Tomando prestado uno de los lemas más conocidos del Movimiento 15-M, es necesaria una “democracia real, ya” en la agricultura y la alimentación.


*Esther Vivas, del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales de la Universidad Pompeu Fabra, es autora de "Del campo al plato. Los circuitos de producción y distribución de alimentos".

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