Pido decidir

miércoles, 31 de octubre de 2012 ·

Iosu Perales
Una vez más, en los debates sobre soberanismo y constitucionalismo, parece haber un interés mal intencionado en quienes, simplificando la realidad de modo insultante para la inteligencia, denominan como nacionalista toda expresión favorable al derecho a decidir y, por supuesto, toda opción independentista. Sin embargo, somos cada vez más, quienes no sintiéndonos nacionalistas estamos por el derecho a decidir y por la independencia. Sencillamente, nos sentimos nacional vascos y vascas, sin ser enemigos de nadie, pero decididos a que la democracia no nos niegue el derecho a formar una comunidad política propia en forma de estado, si es posible por la vía del acuerdo con quienes piensan distinto e incluso con las instituciones y fuerzas política partidarias de la unidad que consagra la constitución española. 

No soy nacionalista. Nunca lo he sido. En realidad mi vida está ligada a un largo historial internacionalista. Siempre me ha interesado y he procurado practicar la solidaridad con pueblos y países lejanos, necesitados de ayuda para un desarrollo humano sostenible. No soy nacionalista, mucho menos tengo que ver con todo lo que esta palabra pueda tener de asociación con una visión egocéntrica y excluyente, si bien ha de reconocerse un nacionalismo democrático legítimo, respetable y solidario. Elijo mi lugar en el mundo como nacional vasco, porque así lo quiero y así lo siento. Mi identidad es vasca, nada más que vasca. De la misma manera que un ciudadano de Madrid, de León, o de Salamanca, puede sentirse español sin ser nacionalista. Es una cuestión vinculada al derecho de cada cual a sentirse según su preferencia, y al derecho democrático de elegir un proyecto político. 

 Puedo decir que tengo muchísimos amigos y amigas españolas, incluidos vínculos familiares, y que tengo un gran afecto a lugares y a personas del estado español. Y este hecho es perfectamente coherente con mi opción por el derecho a decidir, por razones democráticas. No miro al pasado, ni mis razones están ligadas al esencialismo, ni a mitos, ni a una historia más o menos embellecida. Mis argumentos tienen que ver con la época que vivimos y con el futuro; tienen que ver con mi convicción de que la democracia real (que es mucho más que la formal) es mucho más realizable en una Euskadi cuyas instituciones son más reconocibles, cercanas y controlables, que en un estado español en el que la democracia está cautiva de una clase política generalmente rancia, con signos predemocráticos preocupantes y en última instancia portadora de un nacionalismo español autoritario imposible de ocultar. Digo autoritario porque niega, incluso con amenazas, el derecho a decidir, única manera de dilucidar de forma civilizada, cordial y democrática, el peso real de cada opción política en Euskadi como en Catalunya. 

En estos días, tras el tsunami político catalán, se han desatado públicamente desde las filas de la derecha española, advertencias agresivas, bravatas de reconquista (el ministro Wert llamando a españolizar Catalunya), amonestaciones hoscas, anuncios apocalípticos, y hasta avisos de apelar al artículo 8 de la Constitución. Desde las filas socialistas, palabras como las de Felipe González en Barakaldo, al afirmar que “no habrá independencia de ningún territorio de España” revelan un talante y una visión impositiva que menosprecia la libre decisión de la ciudadanía; parece hablarnos de la España eterna y rancia que cantan los poetas de la derecha. Todo un despliegue de cultura poco o nada democrática, propia de una clase política suspendida por la sociedad, bañada en la corrupción y que ha hecho de su ejercicio una profesión cuyo fin es servirse en lugar de servir. Sinceramente, con esta clase política de las dos españas, que pugna por el poder para sí, que es intelectualmente pobre, que vive instalada en la propaganda y el sectarismo, no quiero saber, no me interesa compartir un proyecto, no tengo ninguna empatía. 

Indudablemente el auge del soberanismo en Catalunya está formado de variados componentes racionales y sentimentales. Que el señor Mas quiera esconder su gestión neoliberal de recortes tras la bandera de la autodeterminación, parece fuera de toda duda. Pero es incuestionable que incluso a pesar de CIU la marea soberanista es una realidad en la sociedad catalana, harta de una España que huele a pasado. Es cierto que esta marea está empujada en parte por la crisis. Y es legítimo. Pero se equivocan quienes quieren ver en ello algo puntual, pasajero. Lo que demuestra este hecho es que el deseo de soberanía no se acaba en el nacionalismo. No hace falta ser esto último para elegir una identidad como la catalana o la vasca y, en consecuencia, desear un estado propio. Pero, además, es normal que la crisis sea un factor que impulse esta marea: las dos fuerzas políticas mayoritarias estatales han demostrado tal incompetencia para gestionarla, han mentido tanto, han mostrado tanta pleitesía a los poderes financieros, que es lógico, normal, higiénico, que mucha gente en Euskadi y Catalunya no quiera ser representada y mucho menos gobernada por sus cúpulas. 

 He dicho que razones democráticas son las que sobre todo inspiran mi posición soberanista. Soy consciente de que se trata de una posición que va a contra corriente de quienes predican las bondades intrínsecas de la globalización y de la pérdida de soberanía de los estados en el marco de la Unión Europea. La verdad es que hay mucho papanatismo en estos predicadores cuando apelan al miedo de quedarnos fuera de Europa. En realidad la UE actual está en manos de lobbys financieros que golpean a los pueblos y a la democracia. La UE actual está destrozando el estado del bienestar. Yo, como mucha gente, queremos otra Unión Europa, otra globalización, lo que supone refundar desde abajo una nueva articulación política de una Europa actualmente raptada por los mercaderes que la gobiernan. Como creo que Europa debe volver a empezar, es ahí donde sitúo el interés porque sean los pueblos los que ocupen la centralidad de un proyecto al servicio de la gente. La UE de hoy agoniza. Hace falta otra unidad política y otra globalización. 

Frente a una globalización en la que se sitúa la actual UE, opaca, antidemocrática, se ha de oponer la reacción de lo pequeño: la decisión a decidir y en su caso la independencia. No para separarnos de las buenas gentes de España, que son la mayoría, sino justamente para re-encontrarnos desde el respeto y practicando una solidaridad libre y deseada.

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