Rosa y espinas

miércoles, 26 de marzo de 2014 ·

Aníbal Malvar es periodista y escritor. Su última novela es "La balada de los miserables" (Akal, 2012) 

Desde que era chaval, llevo escuchando en cada manifestación esos gritos de “policía asesina” que me retrotraen a cuando Adolfo Suárez, hoy tan de cuerpo y mente presentes. Se escucharon esos viejos gritos también en la Marcha de la Dignidad de este 22-M, pero la policía ha venido a decir que los asesinos son los manifestantes. De hecho, aseguran que el chaleco de uno de los agentes de las Unidades de Intervención Policial presenta ni más ni menos que 17 agujeros de navaja, como en un poema inverso de Lorca. Nuestra delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, ha dicho en la Cope (cómo no) que los manifestantes “intentaban matar a policías”.

Ayer mismo, los sindicatos policiales difundían imágenes de armas usadas por estos mismos asesinos. Horas después, se destapaba el engaño y conocíamos que la muleta con estilete y el cinturón de bolas de acero no habían sido requisados el 22-M, como los policías nos hicieron creer, sino que venían de una operación anterior. Se coge antes a un policía mentiroso que a un manifestante cojo. Y todo esto no lleva a otra cosa que a enfrentar aun más al pueblo con nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que es como gustan de llamar nuestros políticos a los chicos de la porra.

En primer lugar hay que aclarar que a mucha gente le parece extraño ya que no exista más violencia en este país de hambre, estafas consentidas y desigualdades. Lo más normal para un padre o una madre con cuatro hijos hambrientos y sin hogar, es que se desahogue lanzándole un tiesto sin flores a un policía, a un banquero o a un diputado.

En segundo lugar, como no es la primera vez que la policía o la guardia civil mienten sobre esta supuesta violencia de las hordas populares, lo de las 17 cuchilladas lorquianas nos hace hasta sonreír. Yo quisiera ver a esas decenas de policías tan gravemente heridos y entrevistarlos. Pero esa entrevista nunca se la conceden a periódicos que no sean de Marhuenda o similares. Sí se puede visitar el testículo extirpado a uno de los manifestantes tras recibir un pelotazo policial. O también la capilla ardiente de los nadadores que fueron recibidos con disparos y gases en el Tarajal no hace tantos días.

El cachondeíto este de que somos nosotros los violentos (los desahuciados, los estafados por preferentes, los privados de educación y sanidad, las mujeres, los inmigrantes, los yayoflautas, etc.) seguramente nos acabará convirtiendo en violentos. Al tiempo. Una cosa es masacrarnos y otra reírse de nosotros. Yo estaba aquel famoso día en la manifestación ante el Congreso en la que uno de los “violentos” fue golpeado por la policía y repelió las andanadas al grito de “soy compañero, coño”. Ese mismo día también presencié cómo la policía cargaba contra un hombrecillo de poco más de 1.50 de estatura, superada la sesentena, con una carpetilla en el pecho como toda arma y una voz atiplada que les gritaba “no nos mires, únete”. Lo dejaron pal tinte, que se dice en mi barrio chabolero. A mí, que andaba de periodista sin gritar consigna alguna, también me cascaron aquel día. Aunque yo no me quejo porque me lo tengo más que merecido por mi natural subversivo, o sea.

El caso es que la policía y la guardia civil han ido recuperando, en estos últimos años, una ferocidad que parecía ya pasada de moda. Pues no. Debe de ser otra tendencia vintage. Incluso observé esa violencia de memoria sepia en manifestaciones en las que había más policías que manifestantes (sin contar a los infiltrados “compañeros, coño”).

Yo no digo que los policías españoles tengan que llevar claveles en los cañones de sus subfusiles, como sucedió en un abril lejano y extranjero. Pero me da la impresión de que van sembrando odio y mentiras suficientes como para que un día a alguien se le escape algún tiesto. Ya no voy a hablar de hambre y desahucios. Pero volvamos a un padre y a una madre, manifestándose por su dignidad junto a sus hijos mal desayunados. Carga la policía. Se te vienen sin querer a la cabeza los sucesos del Tarajal. Los muertos del Tarajal. Defiendes lo tuyo, a los tuyos… Porque tienes miedo. Agarras la maceta. Ojalá nunca pase, y policía y Gobierno sigan mintiendo. Pero yo creo que sí pasará. Pronto. Y ya no será mentira. Algún día sí vendrá el lobo y será feroz.

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