El rapto de Europa

viernes, 20 de febrero de 2015 ·

Iosu Perales
Como sabemos, la troika está compuesta por tres agentes: El Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea. Su rol es el de hacer cumplir a los países de la UE sus compromisos económicos, cueste lo que cueste. Para ello dispone de una policía especial que investiga en el terreno: los llamados “hombres de negro”. Si las exigencias sobre los gobiernos fueran justas podría decirse que nada tiene de extraño una vigilancia que obligue a cumplir lo que se acuerda y firma. Pero, como bien ha dicho el periodista Iñaki Gabilondo, asunto es: ¿por qué los derechos de la ciudadanía consagrados en la Constitución Europea no son de obligado cumplimiento? ¿por qué la UE no dispone de un organismo de control que obligue a los gobiernos a cumplir con el artículo 1-2  que dice: “La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres”.

No he visto en la Constitución Europea una advertencia que diga “el presente artículo no es de obligado cumplimiento, es solamente ornamental”. La carta magna que es el marco en el que se integra la UE, afirma el derecho al trabajo, el derecho a la vivienda, el derecho a la educación, el derecho a la salud, el derecho a la participación democrática de la ciudadanía, el respeto al medio ambiente, la igualdad de género. No he visto que estos articulados estén escritos con letra pequeña, en un margen o con tachaduras. Al contrario están plasmados en la Constitución de la misma manera que los articulados que afirman las obligaciones de los estados para con la Unión en materia de finanzas. ¿Por qué no hay hombres o mejor aún mujeres del color que sea que fiscalicen a los gobiernos sobre sus obligaciones en materia de derechos sociales y derechos humanos?

La respuesta es que nos encontramos ante una Europa de los mercaderes. Una Europa que engaña, y que poco tiene que ver con la Europa imaginada por los que la idearon y pensaron poco después del fin de la segunda guerra mundial. A mediados del siglo XX, tras dos guerras mundiales y en medio de la depresión, la idea de la Unión Europea surgió como el remedio a tanta enfermedad –entre ellas el peligro alemán-, y la posibilidad de regresar al esplendor perdido. Pero el sueño de los nuevos apóstoles como Jean Monnet y Schumman, pronto se vio aplastado por una visión triunfante, una teología de la economía que se presume como una verdad irrefutable, fuera de la cual está la nada. En los años setenta se impuso el diseño de las élites financieras, de las multinacionales, y fue creándose una Europa de los grandes mercaderes; Europa fue arrebatada por ese señor feudal del siglo XX: el libre mercado neoliberal. Perdida su oportunidad, otra vez, la construcción europea impuso la máxima de que el bien de las grandes corporaciones es el bien de la ciudadanía. Así vivimos en una Europa que conoce el declive del ideal democrático, en la que la ideología de la libre empresa es como las tablas de la ley, en la que el tecnoburocratismo se ha instalado en los puestos de mando y es incapaz de pensar y tener una política social digna de ese nombre.

Vivimos en una UE raptada por los poderes económicos que han convertido sus estructuras políticas en funcionales a sus intereses minoritarios y han reducido la democracia al minimalismo. No hay más que ver que el presidente de la Comisión,  Jean-Claude Juncker, colaboró como ministro de Luxemburgo a que numerosas multinacionales burlaran sus obligaciones fiscales en distintos países para acogerse a las ventajas que les ofrecía el pequeño país convertido en paraíso fiscal. Con una presidencia así qué podemos esperar sino una Unión al servicio de minorías causantes del declive del estado del bienestar y por consiguiente responsables de una enorme exclusión social.

Ciertamente el futuro político de Europa es una gran incertidumbre. La severa y sectaria centralidad económica, pilar de un agresivo neoliberalismo, no es capaz de dar respuesta a los grandes desafíos políticos que plantean la agenda de los derechos de la ciudadanía. La llamada Unión tropieza con disparidad de intereses cuando se trata directamente de política. Un brutal economicismo explica que la integración europea no se ha hecho con más democracia sino con menos. No se ha hecho considerando a los actores sociales del mundo de trabajo, ni de los pueblos, sino imponiendo a unos y otros decisiones, reglamentos y directivas, que consagran la hegemonía de los intereses del capital que manda sobre los Estados. Entre tanto, la separación entre las instituciones europeas y la gente es tan relevante que muy pocas personas comunes son capaces de identificar los organismos y funciones de la Unión Europea. En fin, no hay transparencia sino opacidad. No hay democracia participativa sino déficit alarmante de participación y de control real sobre los organismos que nos imponen decisiones. No hay una Europa para todos sino una edificada a la medida de los intereses de unos pocos. Y esos pocos son precisamente colaboracionistas del rapto de Europa.

La cuestión es: ¿Incumplir con la Constitución, sea la estatal o la europea, es delito? De hecho hay delitos contra la Constitución, por ejemplo cuando se pone en peligro la seguridad de un país. ¿Y qué ocurre cuando se traiciona a la gente? ¿Y cuando se pone en peligro la vida de las personas que padecen de hepatitis C? ¿Y cuando se pone en peligro la seguridad de las personas desprovistas de todo recurso? ¿Y cuando se arrojan a la pobreza a cientos de miles de niños y niñas a los que la Constitución ordena proteger? Así podría seguir señalando ejemplos.

El artículo 1-3 de la Constitución afirma: “La Unión fomentará la cohesión económica, social y territorial y la solidaridad entre los Estados miembros”. Soberano engaño. La Unión siempre ha estado a medio camino de ser una unidad política. Por encima de todo prevalecen los intereses particulares de países y sobre todo de los poderes económicos.. La Europa política y solidaria se despedaza a manos de los especuladores y mercaderes de las finanzas. Necesitamos otra Europa. Sigue siendo posible. 

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