Maroto, el PNV y su responsabilidad de país

jueves, 4 de junio de 2015 ·

Iosu Perales

El  jugador o jugadora de ajedrez, cuando mueve ficha tiene en su cabeza el ulterior desarrollo de la partida, podrá perder pero sólo así podrá ganar. Algo muy parecido sucede con los pactos y/o acuerdos postelectorales. Al hacerlos, los partidos deben calcular las consecuencias en el conjunto del territorio e incluso del país. Digo esto para reconocer que no es fácil tomar una decisión o la contraria, pues en cualquiera de los casos los balances no son únicamente positivos.

Así pues, con todo respeto al PNV y a sus decisiones, creo firmemente que en el caso de la alcaldía de Gasteiz debe prevalecer una responsabilidad de país. Los resultados de Javier Maroto parecen haber premiado una campaña que cabe calificar de sectaria y xenófoba, opuesta a la idea de cohesión social y convivencia política. Sorprende hasta cierto punto que sea así, pero sucede con frecuencia que la apelación a las bajas pasiones, a lo peor de la condición humana, al egoísmo y a la insolidaridad, da frutos electorales. Es algo que debe hacernos reflexionar sobre el estadio en que se encuentra el género humano.

Puede decirse que Maroto se ha convertido en la esperanza blanca del Partido Popular. La propia Arantza Quiroga ha reconocido tras la debacle de su partido que Maroto es justamente la nueva referencia  de su partido con la vista puesta en su recuperación. Y este es justamente el serio peligro con lo que no cabe jugar: que el discurso racista, xenófobo, de criminalización de comunidades migrantes se convierta en el vector del PP en el conjunto de la CAV en su búsqueda desesperada de un caladero de votos.
No es una exageración o una banalidad lo que planteo. Es, desgraciadamente, algo muy plausible a la vista de cómo la dirección del PP vasco ha secundado el discurso de Maroto al comprobar sus rentabilidad electoral. De tal manera, es ahora cuando hay que cortar de raíz lo que mañana puede ser un monstruo. De ninguna manera se puede jugar con esa posibilidad cierta.

Impedir que Maroto siga siendo alcalde de Gasteiz es más que una necesidad para la ciudad, que lo es. Una ciudad partida por un discurso que hace sospechosas a comunidades enteras es una mala alternativa. Hay voces como la del PSE que repiten que no desean formar un frente anti-Maroto. Es un juego de palabras. Pongamos otras como “Un acuerdo democrático para impedir el desarrollo de un discurso y una política infame”. Más allá de los títulos que se puedan poner a un acuerdo para impedir que un señor con claros rasgos de racismo siga siendo el alcalde de la ciudad, lo que importa es el fondo del problema que hay que resolver.

Problema que tiene una dimensión nacional vasca. Y es por eso que un partido como el PNV, que por su tamaño y valor electoral está llamado a velar por un país cohesionado en el que no quepan discursos y políticas generadoras de odios raciales y culturales, debe asumir su responsabilidad. Este enfoque es compatible con procurar un gobierno municipal fuerte y estable, resultado de un acuerdo democrático. Lo que no cabe es hablar de estabilidad y gobernanza y dejar la alcaldía a quien viene haciendo un discurso confrontativo, que divide gravemente a la sociedad. La pregunta ¿estabilidad para qué política? no es una mala pregunta.

Es cierto que Javier Maroto ha logrado 35.000 votos, pero es que otros 85.000 no le han votado. La mayoría amplia de la ciudad quiere y tiene derecho a un cambio. Por otra parte, el criterio de lista más votada es evidente que juega un papel muy secundario en comparación a la mayoría de suma aritmética como se está viendo nada más cerrarse las urnas. En todo caso, lo que está en juego es nada más y nada menos que evitar que la alcaldía de Gasteiz y su alcalde se conviertan en la inspiración práctica de un deslizamiento del PP vasco hacia posiciones abiertamente retrógradas, fuente de violencias contra sectores sociales vulnerables.


La posición de Maroto, por cierto, al colocar a la ciudadanía autóctona por encima de la ciudadanía emigrante a la hora de tener derechos, hace gala de un nacionalismo rancio, antidemocrático, abanderado de la desigualdad, de la injusticia y de la persecución. El suyo es un nacionalismo ario que jerarquiza a razas y culturas, al que no debe darse ni el beneficio de la duda ni la ventaja de ser la lista más votada. El PP vasco debe saber que por el camino de Maroto no alcanzará cuotas de poder. Y para dejar claro este mensaje no bastan las palabras, hacen falta hechos ejemplares.

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