Reflexiones tras la derrota

lunes, 17 de agosto de 2015 ·

Alexis Cukier

Los seis primeros meses del gobierno dirigido por Syriza constituyen una secuencia política de enorme importancia para el futuro de Grecia y de las izquierdas radicales en Europa. El resultado es claro: el gobierno de Alexis Tsipras ha fracaso en su intento de poner en pie una política alternativa a la austeridad y al neoliberalismo. Aceptando un tercer memorándum cuyas consecuencias económicas y políticas son ya evidentes (p. ej., el incremento del IVA y la vuelta de la troika [ahora la cuadriga: Comisión Europea, BCE, FMI y el Mecanismo de estabilidad europeo] a Atenas), Tsipras ha capitulado ante una estrategia de imposición política y asfixia económica impulsada por las instituciones europeas. Esto constituye una catástrofe para Grecia y para el conjunto de las fuerzas sociales y políticas progresistas europeas que han apoyado al gobierno griego en la lucha contra la Europa neoliberal. Es urgente analizar las causas de la derrota para evitar que esta debacle política no se repita y que la continuación de la destrucción económica y política de Grecia por parte de un gobierno dirigido por un partido proveniente de la izquierda radical pueda, al menos, servirnos de lección de realismo para el futuro.

En este contexto, quiero contribuir a la reflexión colectiva respecto a las enseñanzas de esta derrota partiendo de mi compromiso en el colectivo "Avec les Grecs" en Francia y en la red de los movimientos sociales europeos de estos últimos meses, así como en las seis semanas vengo de pasar en Grecia. Aquí he tenido la ocasión de encontrar militantes y dirigentes de Syriza, participar en manifestaciones y debates públicos y "tomar la temperatura" a la situación social y política griega. A partir de esa experiencia, voy a abordar dos cuestiones simples: ¿cómo se ha podido llegar a esta catástrofe?; ¿qué piensan los griegos y griegas?, tratando de forma transversal la cuestión de la ruptura o la reforma de la zona euro y de las instituciones europeas, que actualmente ocupa un lugar central en el debate político en Grecia. Al final, concluiré con algunas reflexiones generales en lo que respecta a la puesta en pie, hoy en día, de una política de transición democrática en Europa.

Hacia la debacle: retrospectiva
Estas últimas semanas se han publico muchos análisis en relación a las razones de la derrota gubernamental alimentadas por el flujo de la información que afloraba en torno a la "trastienda" de la estrategia del gobierno griego. Lo que parece claro es:

1. El gobierno se encerró en el intento desesperado de buscar una credibilidad política ante las instituciones europeas y en la ilusión de que era posible obtener, a través de la negociación y en base a argumentos razonables, un "compromiso honorable";

2. Jamás se planteó de forma seria una estrategia alternativa, lo que ha venido a confirmar las recientes declaraciones de Yannis Varufakis y Alexis Tsipras;

3. Metido en ese impasse, parece que el gobierno apoyó la posición de la derecha de Syriza (sobre todo la de los economistas Yannis Dragasakis y Giorgos Stathakis) que siempre han defendido que no había otra alternativa que un tercer memorándum.

El acuerdo del 13 de julio [entre el gobierno griego y el Eurogrupo] enriqueció mi experiencia política de estos últimos seis meses. Durante las reunión de los movimientos sociales europeos en Atenas [la reunión del Alter Summit celebrada el 28 de junio, la posición de Syriza ("no tenemos un mandato para firmar un nuevo memorándum, no tenemos un mandato para salir del euro") fue citada repetidamente como punto de partida para impulsar la movilización internacional [en solidaridad con el pueblo griego]. Esta doble negación se presentaba como una contradicción fecunda para poder construir una relación de fuerzas favorable entre Grecia y Europa. La cuestión fundamental era continuar las negociaciones durante el mayor tiempo posible y apoyarse en la secuencia mediática para ampliar las alianzas sociales y políticas en torno a Syriza y, en el contexto de una nueva relación de fuerzas, situar a las instituciones europeas frente a sus responsabilidades. En definitiva, como lo ponen de manifiesto los eslogan que hemos utilizado en Francia, se tratada de actuar a favor de la "democracia" (Syriza) y contra la "austeridad" (Unión Europea); y poner al descubierto el carácter antidemocrático de las instituciones europeas y de sus políticas neoliberales. Esta exigencia unánime de los movimientos sociales era convergente: se trataba de hacer durar esta confrontación para tener el tiempo de construir, en relación con la batalla griega, una relación de fuerzas ideológica más favorable a la izquierda radical europea.

Más allá de la incontestable -aunque evidentemente insuficiente- dinámica política que se desarrolló en los diferentes países de Europa para apoyar a Grecia, parece claro que esta estrategia, tanto a nivel nacional como internacional, no era viable. Al menos por dos razones: por una parte, porque semejante "guerra de posiciones" o de "desmoralización" del adversario daba por supuesto que Grecia poseía los medios económicos para aguantar durante bastante tiempo frente a la estrategia de asfixia económica de la Unión Europea. Lo que no fue así. A pesar que desde el 5 de enero el BCE acentuó drásticamente la falta de liquidez del Estado griego, el gobierno griego no se hizo nada para hacer frente a esa situación, cuando debía era evidente que el tiempo se agotaba. Estando claro que la quiebra de los bancos y del Estado griego dependían de la decisión política de la Unión europea, esa táctica [el no hacer nada] iba directa hacia la catástrofe política que acabamos de conocer: un pueblo griego (y los europeos) cada vez más hostil a los memorándum y a las imposiciones de la UE, y un gobierno (y una izquierda radical europea) cada vez más impotentes para hacerles frente. Ante la firmeza del bloque neoliberal europeo y dado el estado de ruina avanzado de la economía griega tras cinco años de terapias de choque austeritarias, es razonable pensar que sin ruptura con los memorándums, sin políticas de transición económica a medio plazo y sin un debate democrático en torno a los medios para ponerla en marcha, no habría funcionado un Plan B provisional, y que habría conducido al mismo impasse político.

Pero, por otra parte, la razón de ser de semejante estrategia dependía de la posibilidad de construir alianzas políticas con las fuerzas reconocidas y temidas por el adversario. Ese no era el caso de los movimientos sociales europeos, fueran grandes o pequeños. Y se puede dudar que se pueda cambiar la UE sólo a través de la movilización, por muy potente que sea, si no va acompañada por tomas de posición del algún gobierno en su seno. Pero, como quedó claro tras los primeros días del gobierno de Syriza, las cosas no ocurrieron así. En esas condiciones, la campaña internacional de movilización, más que ayudar al gobierno a prepararse y a organizar una política económica alternativa, no hizo sino acompañar, e incluso fomentar, su curso hacia lo que se puede denominar el "suicidio democrático": una exitosa campaña por el NO en el referéndum con la firma del tercer memorándum una semana después.

La víspera y el mismo día del anuncio-sorpresa de la celebración del referéndum por Alexis Tsipras tuve la ocasión de reunirme -junto a Clémentine Autain, Pierre Khalfa y Danièle Obono- con dirigentes de Syriza que, más o menos, nos contaron lo mismo. A pesar de que el gobierno había ido más lejos que nunca en sus concesiones y en zla reducción de sus "líneas rojas" (las pensiones, el IVA, el código laboral), las instituciones europeas endurecieron súbitamente sus exigencias planteando propuestas más drásticas aún que al inicio de las negociaciones (incluso que en el "plan secreto" enviado al ministro de finanzas de Nueva Democracia, Gikas Hardouvelis en diciembre de 2014). Sin lugar a dudas, el bloque neoliberal hegemónico de Europa, en su estrategia del "paréntesis griego", acababa de poner en marcha una nueva fase más ofensiva aún: se reunía en Bruselas con los dirigentes de la oposición griega, dio su apoyo a la campaña contra el gobierno en Grecia (con el eslogan "Nosotros seguimos en Europa"), intensificó el pánico bancario, etc. En esas condiciones, los cuadros de Syriza con los que nos reunimos, fueran miembros de la corriente "53+", de la dirección política o del KOE (exmaoistas agrupados en el ala izquierda del partido), estaban de acuerdo en decir que el gobierno se encontraba en un impasse completo. Si bien, en función de su posicionamiento en el seno del partido, no todos llegaban a la misma conclusión. La corrientes "53+" pensaban en la necesidad de organizar elecciones en base a una política renovada ("incluso si se pierde la batalla, hay que seguir luchando hasta el final"); para la dirección del partido, el objetivo era mantener el partido unido a todo precio, a pesar de la derrota europea; y KOE estimaba que el gobierno Syriza no había sido un gobierno de izquierdas mas que durante tres semanas (hasta el acuerdo del 20 de febrero) y admitía una derrota en toda línea.

Es en este ambiente depresivo que el anuncio del referéndum -decidido por Tsipras sin consultar al partido, como el resto de decisiones importantes que ha adoptado a lo largo de estos últimos meses- fue recibido con júbilo: ¡el gobierno no capitulará! ¡Por fin, hacia un llamamiento a la movilización popular! Compartí este júbilo con los camaradas -muchos de ellos franceses- de los movimientos sociales europeos (que llegaron a Atenas el 28 de junio para una reunión en la que se decidió iniciar una campaña europea a favor del "no"), como con mi familia y las y los atenienses con los que discutí durante esa semana. Desde la noche del día 27, el pueblo de Atenas (como creo que fue en muchas otras ciudades del país) experimentó una politización excepcional: concentraciones diarias en la plaza Synagma, debates en los cafés, en las colas de los cajeros automáticos (que a veces se transformaban en pequeñas asambleas populares), en los centros de trabajo… 

Ya se conoce el resultado de esta enorme movilización: a pesar de la intensa propaganda mediática (ningún spot publicitario a favor del "no" en la televisión…), del llamamiento explícito de determinados patronos para que sus empleados abandonaran el puesto de trabajo para irse a manifestar a favor del "si" el 3 de julio, del control de capitales y de la restricción de no poder retirar más de 60 € diarios de los cajeros automáticos, de los rumores sobre el cierre de los bancos el 6 de julio, etc., el "no" logró el 61,31 % de los votos y, según todas las estimaciones, más del 75 % entre los jóvenes y del 80 % en los barrios populares. Se trataba de un voto de clase y fuimos muchos quienes vivimos esta victoria no solo como un mensaje firme al gobierno y a las instituciones europeas, sino también como una expresión importante de la participación política del pueblo en el ámbito político. Pero aquí comenzó a anunciarse la catástrofe -es verdad que previsible, pero que la experiencia política de la semana precedente la hacía inimaginable-: tras una semana de nuevos retrocesos del gobierno, el 13 de julio Tsipras volvió de Bruselas con un tercer memorándum que todo el mundo comprendió que era mucho peor que los dos precedentes…

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