Un mundo a la deriva

lunes, 12 de octubre de 2015 ·

Iosu Perales

Me preocupa lo que está por venir. Los comienzos del siglo XXI están siendo testigos del surgimiento de un mundo diferente del  hasta ahora conocido. Y como en todo proceso de cambio se está produciendo malestar e incertidumbre en el conjunto de la sociedad mundial. Nadie sabe ciertamente hacia dónde vamos.

Este dilema choca con una cierta autocomplacencia que nos ha acompañado durante décadas, al compás de un extraordinario desarrollo de la técnica, los constantes avances científicos y el aumento general de la calidad de vida de segmentos de la población. Y ello a pesar de que apenas ha amainado el sufrimiento de cientos de millones de personas, lo que desvela la inconsistencia de todo optimismo universal predicado por los vendedores de una globalización incapaz de erradicar la pobreza.

Pienso que, ahora, el escepticismo  de la modernidad sustituye a la euforia de la modernización.  De pronto hemos descubierto que estamos en situación de riesgo. Es verdad que no es la primera vez que se producen cambios radicales en la historia de la humanidad y podríamos concluir que estamos viviendo otro proceso crítico, uno más.

Sin embargo los cambios actuales tienen unas peculiaridades que lo diferencian de otros períodos críticos. La democracia está mostrando su fragilidad. Se halla sometida a riesgos constantes que provienen tanto desde fuera como desde dentro del propio sistema democrático. Si bien es verdad que históricamente los mayores peligros y los mayores enemigos de la democracia han provenido del exterior, en los últimos años se da la paradoja que cuanto más se extiende la democracia mayor resulta su debilidad interna. La desafección ciudadana hacia la política y los partidos políticos mucho tiene que ver con la duda ciudadana de si es verdad que gobiernan los elegidos en las urnas.

Vivimos en el reino mundializado de un solo modo de producción y creación, a través de la mano invisible, del mercado capitalista planetario. En este escenario las revoluciones tecnológicas, electrónicas han cambiado el instrumental del capitalismo.

El capital financiero se relaciona a la velocidad de la luz y ello ha facilitado que el capital se haya vuelto independiente, incontrolado por la política, se trata del capital financiero, del capital bursátil financiero. Sabemos que de las transacciones, de los cambios de identidad, no llega al 15% lo que corresponde a la creación de valor, el resto, más del 85% corresponde a capital virtual, especulativo que circula por el planeta las 24 horas del día. Sumas astronómicas circulan sin parar haciendo dinero con el dinero. Pero la pobreza no es virtual. La mortalidad infantil en el Sur, por hambre, desnutrición, falta de vacunas, no es virtual. El capitalismo ha creado fabulosas riquezas, pero al mismo tiempo ha fabricado una pirámide de muerte que llega hasta el cielo.

La crisis de la democracia está ligada a una globalización que provoca nuevos problemas que la comunidad internacional no estamos sabiendo resolver. Estructuras y organizaciones económicas o tecnológicas no democráticas -puesto que no reúnen dos requisitos básicos como son control de los gobernantes por los gobernados y el control mutuo entre gobernantes-, determinan políticas económicas de Estados y gobiernos en contra de la opinión de pueblos que deberían ser tratados como soberanos. La pesada carga de la deuda y los brutales ajustes para pagar lo que en buena parte es deuda ilegítima, hace que el mundo sea tan desigual que apenas existe esperanza para los países del Sur. No cabe duda que la deuda es un gran negocio que condena a países enteros a la precariedad  y el mal desarrollo.

Yo denuncio, con humildad pero con firmeza, a las estructuras opacas que desplazan a los gobiernos legítimos y los sustituyen. Digo que la ausencia de una política democrática a escala global está haciendo posible que grandes corporaciones y organizaciones financieras estén llevando a cabo una verdadera toma del poder, un control del mundo al margen de la política. El Estado democrático sustituido por un estado de derecho privado que no tiene como referencia a los Derechos Humanos y basa su lógica en la eficacia de rentabilidad, se desliza hacia una falta de orden, hacia una anarquía, lo que queda demostrado por los brutales índices de desigualdad y pobreza. No citaré las cifras del horror públicamente conocidas y que demuestran que cientos de millones de seres humanos mal viven humillados, olvidados, sin esperanza.
Sinceramente pienso que vivimos una época en la que corremos el peligro de una capitulación del Estado de Derecho ante organismos corporativos que toman decisiones secretas, sin transparencia pública, y muchas veces obviando el sistema político formado por gobierno, parlamento, jueces, opinión pública.

La democracia está siendo golpeada desde dentro por fuerzas económicas y potencias que llevan al mundo a múltiples guerras y a un estado general de inseguridad mundial. Naciones Unidas que es el foro donde se expresa la voluntad general de paz de los pueblos, apenas tiene peso en las decisiones que se toman en el pequeño grupo del Consejo de Seguridad. Lo cierto es que el mundo se ha vuelto un espacio de riesgo, sin que sepamos qué evolución tendrá en los próximos años conflictos que hoy parecen estancados a perpetuidad.

Sí, fue una decisión desacertada iniciar la guerra de Irak, lo que nos ha traído consecuencias de incalculable importancia. Ni había armas de destrucción masiva ni era posible imponer un cambio político democrático mediante la destrucción de ciudades y la muerte de cientos de miles de personas civiles. A la democracia se llega mediante procesos protagonizados por la sociedad civil que procuran el retorno de la política y el reconocimiento y respeto de la diversidad. Una sociedad bombardeada sólo puede, en el mejor de los casos, luchar por sobrevivir. En realidad estoy persuadido que guerras que nos asolan han sido iniciadas por intereses económicos y el afán de controlar materias primas, aun cuando los discursos que pretenden justificarlas hablen de derechos humanos y de democracia. Hay una doble moral en las relaciones internacionales, que es lo que explica que países que envían misiones de paz sigan vendiendo armas a los actores bélicos.

Yo me pregunto, al igual que el gran escritor uruguayo, Eduardo Galeano, ¿será que las guerras necesitan las armas o que las armas necesitan las guerras? Creo que las dos cosas son ciertas.

La gobernanza mundial, legítima, eficaz, encuentra enormes dificultades para al menos orientar una salida razonable y justa a los numerosos conflictos armados que forman ya una constelación incontrolable. Se eliminaron dictadores con métodos detestables y lo que hoy tenemos son países rotos por los que el terrorismo campa a sus anchas. Si Naciones Unidas, si el derecho internacional, no pueden re-orientar el drama para abrir ventanas de oportunidad a la paz, la democracia planetaria como modo de convivencia estará derrotada, y el miedo global se impondrá sobre la democracia. Hoy más que nunca el multilateralismo debe sustituir los deseos y decisiones unilaterales, impedir la ilegalidad internacional, y procurar siempre el diálogo y la negociación. Los acuerdos entre Estado Unidos y Cuba y entre varios poderosos países e Irán, son un camino a seguir.

Pero hemos de reconocer que otros conflictos internos amenazan también a los sistemas democráticos. Estoy pensando en las grandes redes de narcotráfico, de tráfico de armas, en la criminalidad común, que penetran en las estructuras de los estados extendiendo una metástasis mortal.

La región de Centroamérica que conozco muy bien, vive bajo el acoso de la criminalidad. Sólo en El Salvador nos acercamos a 450 homicidios por mes, y no podemos evitar pensar y creer que hilos no visibles manejan este escenario de inseguridad y muerte. Es un hecho que este fenómeno daña gravemente a la democracia, a la vida política y a sus actores, y es fuente de descreimiento y desafección de la gente corriente hacia las instituciones.

Como ya sabemos sobradamente el narcotráfico es poderoso. Puede corromper y corrompe regímenes políticos. Las instituciones de México están completamente penetradas por los narcos. Honduras y Guatemala son países secuestrados por el narcotráfico.
La prevención y represión de la criminalidad es un problema mundial, de ciudadanías, de Estados, un problema que debe llevar a todas las instituciones políticas a trabajar juntos en las esferas nacional e internacional. El desafío que representa a la convivencia, a la paz y a la democracia es demasiado importante como para hacer del problema una fuente de ventajas políticas y electorales.

Lamentablemente, la democracia planetaria pareciera tener enormes dificultades para entender adecuadamente los peligros que le amenazan y para dar respuesta a los nuevos retos a los que se enfrenta la humanidad.

Un factor de debilitamiento de la democracia lo constituye la pobreza. Seamos claros: cientos de millones de personas en el mundo difícilmente pueden creer en las bondades de la democracia cuando lo que sucede es que los países más desarrollados que la defienden dan la espalda al drama de un mundo consumido por la miseria en grandes extensiones de nuestro planeta. Los Objetivos del Milenio que tanta expectación crearon no han cumplido su compromiso. Y las promesas incumplidas son la peor de las noticias, pues fabrican poblaciones escépticas, descreídas.

Los Objetivos del Milenio fueron un avance. Juntos nos propusimos acabar con la pobreza extrema. El balance, 15 años después, es de luces y sombras. Es cierto que ha habido avances alentadores, como por ejemplo en la reducción de la mortalidad infantil, en la lucha contra el sida, en el acceso a la educación. Pero la malnutrición infantil sigue haciendo estragos, la igualdad de género sigue estando lejos, la mortalidad materna y neonatal sigue siendo enorme, la extrema pobreza es demasiado grande. Es verdad que ha disminuido el número de personas que viven con $1,25 dólares por día, en poco más del 10%. Pero la tasa alta de fertilidad  y el crecimiento de la población siguen produciendo más pobres. Por otra parte, ¿quién puede creer que obtener un ingreso de $1,25 por día supone salir de la extrema pobreza? A veces, uno está tentado a pensar que con este tipo de estándares, los gobiernos y organismos internacionales nos auto engañamos y desconsideramos la dignidad de las multitudes empobrecidas. Espero que los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), nuevos objetivos que vencen en 2030, subsanen las sombras de los Objetivos del Milenio y esta vez sí se cumplan los objetivos que de todos modos deben ser revisados, como es el caso del ingreso para salir de la extrema pobreza.

Pero mi reflexión sobre la pobreza es para plantear que se trata de hablar de DERECHOS. De todos los derechos para todas las personas.

El compromiso de la comunidad internacional no debe instalarse en el asistencialismo, en el paternalismo, en la decisión unilateral de los países más ricos. Derechos para todas y todos significa que estamos obligados a cumplir; que somos corresponsables del estado dramático de más de medio mundo. No debemos caer en la tentación de creer que otro mundo peor es probable. Pero lo cierto es que el futuro no es una rueda de luces desplegándose hacia adelante. La incertidumbre es demasiado grande para la humanidad de nuestro tiempo.

Lo cierto es que la globalización actual, la del libre mercado, no está reduciendo atávicas desigualdades. Pareciera que se lucha contra los pobres en lugar de contra la pobreza. Mientras esto ocurre, llamativamente, las fortunas de los tres seres humanos más ricos equivalen al producto interior bruto conjunto de los 48 países más pobres. 

Es verdad que la actual globalización capitalista ha generado resultados en apariencia positivos en segmentos precisos y lugares geográficos concretos, pero mucho más dudoso resulta, en cambio, que sirva para reorientar  en un sentido saludable y sostenible las relaciones económicas que hagan posible preservar servicios sociales de peso y la centralidad de las personas. Por el contrario, estoy convencido que la causa principal de una gran incertidumbre global viene dada por la rotunda primacía de la especulación en las relaciones económicas contemporáneas.

Tampoco sorprende que la globalización se vea acompañada de un crecimiento formidable de los flujos migratorios. Ciertamente este fenómeno obedece a causas diversas como el crecimiento demográfico en países empobrecidos, los conflictos bélicos a menudo desatados por la codicia energética y las agresiones medioambientales. La globalización expresa la plena libertad para los movimientos de capitales, pero restringe los movimientos de seres humanos. Así es como el mar Mediterráneo es hoy un gran cementerio de población subsahariana, y como las fronteras con el norte de América espacios de gran riesgo para la vida. Las migraciones crecerán aún más en el futuro y me temo que nuestro  mundo no está preparado para la solidaridad. Y una democracia planetaria sin solidaridad no puede llegar a ser. Debemos decir no a los muros levantados en los países ricos contra los migrantes. Nadie abandona su tierra, su casa, por gusto. El drama es enorme y duele escuchar de boca de un primer ministro tan importante como el Reino Unido llamar plaga a los migrantes en forma despreciativa.

Vuelvo a recordar: la democracia traiciona su promesa de un mundo mejor cuando la vida se ve gobernada por la tiranía financiera y la política queda reducida a una sombra de sí misma. Pero la democracia es también dañada cuando desde la política se defiende un gran apartheid mundial que condena a millones de personas al hambre, a la exclusión, a la persecución política y a las consecuencias de las guerras; y se impide a migrantes desesperados y vulnerables llegar a países del Norte donde puedan salvar sus vidas.

La democracia planetaria también se ve amenazada por los desastres medioambientales. Las agresiones contra la naturaleza y el progresivo agotamiento de recursos básicos, lejos de retroceder han ganado terreno. La lógica del libre mercado anula a la lógica del medio ambiente. La conclusión es muy clara: si queremos que la totalidad de las personas gocen de todos los derechos, si queremos que la vida digna de los seres humanos se de en el marco de un equilibrio con el medio, debemos dejar a un lado aquellas fórmulas que privilegian los beneficios e intereses de unos pocos. Salvar la vida del planeta es salvar la vida de la especie humana, ¡qué mejor legado para las nuevas generaciones!

Sé que suena raro hablar de los derechos de la naturaleza. Pero, realmente, sólo reconociéndolos seremos capaces de actuar con coherencia para construir una armonía entre los seres vivos, entre los seres humanos y la el conjunto de la naturaleza. Ya no se trata de dominar la naturaleza para someterla, sino de respetarla para preservarla. En realidad somos completamente interdependientes: sin un medio natural decente no podríamos vivir.

Es por ello que me congratulo del compromiso de algunos países más desarrollados con el descenso del CO2. Compromiso que debe ser extensible a otros que aún no se han comprometido con los protocolos de Kioto.

La democracia planetaria hoy en crisis, atacada desde dentro, necesita refundarse. 
Para lograrlo, necesitamos organizar una gobernanza mundial en la que la ONU se erija como principal pilar. Pero se trata de unas nuevas Naciones Unidas trabajando por un orden internacional democrático en el marco de un derecho internacional activo, diferente al actual. Del mismo modo que deben fiscalizarse las instituciones de cada Estado, también los organismos internacionales sobre los que se estructura el orden internacional deben ser objeto de un control democrático. Desde este enfoque no se trata ya de detener el despliegue internacional sino de democratizar las organizaciones internacionales.

El derecho internacional ha de trascender el actual sistema interestatal y estructurar un orden verdaderamente mundial en el que se estructuren poderes e instituciones capaces de imponer reglas tanto a individuos como a los Estados y a las demás organizaciones infra y supra estatales.

En este punto quiero ser claro: la limitación de la soberanía de los estados es una demanda de la democracia mundial, pero lo que no es aceptable es que esa limitación sea ejercida por otros estados fuertes, condicionando la soberanía de los demás estados. La ONU, como modelo seguramente caduco no resuelve adecuadamente este problema.

Algunos analistas aseguran que el prestigio de la ONU aumenta justamente cuando no actúa y decrece cuando lo hace. Creo que es un diagnóstico injusto, pero es una afirmación que debe alertarnos.

Para empezar la Carta constitutiva de Naciones Unidas necesita cambios. El poder de algunos  estados expresado en el veto representa una contradicción con el artículo 2 de la Carta que señala en su apartado uno que la Organización se basa en el principio de igualdad soberana de todos sus miembros. En el apartado siete de este último artículo se establece la prohibición expresa de intervenir en las cuestiones internas de cada estado.

La adecuación de la ONU a los tiempos actuales pasa por que diversos estados renuncien a su privilegio de imponer la fuerza a favor de un sistema de seguridad colectiva que proteja a los débiles y de responder rápidamente a los actos y situaciones que perturban la paz mundial. De esta manera, la Asamblea General tiene que ejercer un control sobre el Consejo de Seguridad, y por otro lado debe haber un control jurisdiccional sobre las decisiones de este mismo Consejo por parte de un Tribunal Internacional de Justicia decisorio y no simplemente consultivo.

Afortunadamente en los últimos años ha crecido una corriente de opinión que abunda en la idea de una reforma en profundidad de la Carta de 1945.

Propongo algunos ámbitos de reforma de la ONU: 1. El Consejo de Seguridad debe ceñirse de forma obligatoria a los principios del derecho internacional. De forma que ninguno de sus miembros pueda utilizar su poder para proteger a un país aliado cuando éste incumple la Carta y/o el derecho internacional. 2. Es necesario modificar el formato del propio Consejo que refleja una constelación de poderes de 1945. Es necesario acabar con el derecho de veto que, siendo antidemocrático, carece de sentido en el siglo XXI. 3. Es imprescindible reforzar el Tribunal de Justicia de La Haya, cuya competencia debe obligar a los gobiernos al cumplimiento de sus resoluciones.

No puede haber buena gobernanza mundial sin un marco jurídico adecuado. 4. Sería conveniente un parlamento global. 5. La ONU debe ser considerada no como un actor más, sino como un régimen que se define como conjunto de expectativas mutuas, normas, regulaciones, principios explícitos, apoyos financieros y energías organizadas.


No deseo alargarme en este punto. Hay muchos asuntos sobre los que trabajar para una buena reforma de la ONU, más de medio siglo después de su creación.

Como veréis he centrado este texto en las dificultades de la democracia planetaria. Concluyo convencido de que otro mundo es posible. Clavemos los ojos más allá de la infamia para imaginar y construir otro mundo más justo y más humano.

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