La izquierda y las habitaciones cerradas

sábado, 31 de enero de 2015 · 0 comentarios

Santiago Alba Rico. Atlántica XXII

Uno de los graves problemas de la izquierda tiene que ver con lo mal que gestiona las habitaciones cerradas. Las habitaciones cerradas son inseparables de la práctica política, tanto en la más abierta de las organizaciones, como -desde luego- en el trabajo en la clandestinidad. En las últimas décadas la izquierda se ha visto obligada a trabajar en habitaciones cada vez más pequeñas en las que cabía cada vez menos gente.

Uno de los graves problemas de la izquierda es que trabaja con grandes planes y grandes principios. Los grandes planes y los grandes principios son imprescindibles cuando se trata de plantear una política transformadora que, como dice la Internacional, cambie de base el mundo. Pero cuando se lee el mundo exterior a partir de grandes planes y grandes principios suele ocurrir que se diluye en ellos la personalidad individual, a la que sólo se reconoce la voluntad de anularse a sí misma en el regazo de la Historia. Pendiente de los grandes planes y los grandes principios, la izquierda ha condescendido pocas veces a tomar en consideración -por ejemplo- el carácter y sus misterios, o sencillamente el cansancio, exigiendo grandes gestas y grandes sacrificios. En las condiciones adversas en las que ha trabajado históricamente la izquierda, las grandes gestas y los grandes sacrificios han sido muchas veces necesarios, pero no deja de ser contradictorio que esos grandes planes y esos grandes principios, orientados a reivindicar a la humanidad común, cursi y chapucera, frente a los ricos y los poderosos, haya acabado reclamando, como su condición misma, la producción previa de un héroe muy masculino, duro, severo, valiente, sin flaquezas, tan dispuesto al sacrificio como legitimado a exigir el sacrificio ajeno. En ese mundo de grandes planes y grandes principios que reclama la impersonalidad de las grandes gestas y los grandes sacrificios lo único personal que puede introducirse es la traición. Entre el héroe y el traidor -donde se sitúa la mayor parte de la gente- no hay nada y no se consiente nada: ni errores ni hormonas ni edipos ni duelos. El héroe debe ser admirado; el traidor eliminado.

La gran paradoja antropológica de la izquierda es ésta de que -en las condiciones más adversas, es verdad- ha defendido grandes planes y grandes principios en habitaciones pequeñas con gente necesariamente pequeña forjada con intermedios sentimientos pequeños. Se invoca la Humanidad y su Felicidad en lugares pequeños, células pequeñas, pequeñas conspiraciones de salón, asambleas pequeñas, donde las decisiones las toman humanos pequeños y concretos, ni héroes ni traidores, con sus sufrimientos pequeños y concretos. Cuanto más pequeña es una habitación y más concretos son los humanos que en ella deliberan más deberían tenerse en cuenta los móviles extrapolíticos y afectivos de nuestras decisiones y más cuidadosos y pacientes deberíamos ser (virtudes poco heroicas, cierto) con nuestros compañeros. Los héroes sin flaquezas estarán siempre dispuestos a sacrificar la vida asaltando el palacio de Invierno, pero no a sacrificar su fuerza asaltando su propia cabeza.

Ocurre más bien lo contrario. Como estamos defendiendo grandes planes y grandes principios, y nuestra medida es la “lucha de clases” (o la salvación del mundo o al menos de España), toda pequeña disonancia de carácter es interpretada como hostilidad política. Frente al adverso mundo exterior y a los disonantes traidores internos constituimos un “dentro” en el que la camaradería, reducida al sentimentalismo autorreferencial, se diferencia poco del sectarismo. Nos vamos cargando de razón y vaciando de mundo; y vaciándonos tanto más de mundo cuanto más nos cargamos de razón: como en un frontón, sólo devolvemos las pelotas que nosotros mismos hemos lanzado. Frente a ese “dentro” los disonantes, los que se quedan y se creen “fuera”, forman a su vez un “dentro” igualmente cargado de razón e igualmente vacío de mundo. De este modo, dos o tres o cuatro o cien “dentros”, unos frente a otros, se van cargando respectivamente de razón y despojando recíprocamente de mundo y así la izquierda, “dentro” contra “dentro”, no-mundo contra no-mundo, se acaba autodestruyendo en paralelo a un “fuera” -el mundo mismo que queremos cambiar- que nos teme o nos desprecia. El hecho de que esas habitaciones cerradas y pequeñas sean hoy virtuales -listas de whatsapp o chats de facebook- sólo facilita este proceso de ensimismamiento pseudorracional y extramundano en el que la frontera amigo/enemigo siempre deja fuera la realidad misma.

¿Estamos condenados una vez más a la autodestrucción? ¿Qué podemos hacer? Si las habitaciones cerradas son necesarias incluso en la más abierta de las organizaciones, es necesario establecer siempre un “fuera” que no pueda convertirse en “dentro”, que permanezca siempre exterior a esta constelación de interiores enfrentados. Un “fuera” así es lo que en epistemología se llama un “criterio”. Ese “criterio”, en efecto, sólo puede ser la “gente”; es decir, planes pequeños, ideas pequeñas y espacios grandes y abiertos. Mientras nuestra política siga definiéndose en el enfrentamiento de unos “dentros” contra otros y considere, además, que la Humanidad lejana autoriza a maltratar a los amigos, no haremos otra cosa que alimentar la misantropía, el más poderoso argumento contrarrevolucionario. Si hay algo que la gente no perdona de la vieja izquierda -más aún que su apoltronamiento ideológico y organizativo- es el puritanismo, la arrogancia intelectual, la impaciencia, la indelicadeza, la descortesía, la falta de cuidado y el heroísmo abstracto. Descarguemos la razón; contraigamos mundo. 

SYRIZA: Oportunidad emancipadora para Grecia y para Europa

miércoles, 21 de enero de 2015 · 0 comentarios

Gonzalo Fernández, Juan Hernández Zubizarreta y Paul Nicholson. GARA 15/01/19

La crisis civilizatoria que estamos atravesando no ha hecho sino mostrar a las caras la naturaleza antidemocrática e injusta del actual modelo europeo. De esta manera, estamos gobernados y gobernadas por una Troika (Fondo Monetario Internacional, Banco Central y Comisión Europea) que nadie ha elegido; se nos imponen políticas de austeridad en derechos básicos para el supuesto bienestar de la población, mientras se apoya incondicionalmente a las empresas transnacionales; se imponen deudas ilegales e ilegítimas que ahogan a los pueblos, mientras quienes las generan se lucran con ellas e imponen sus intereses. Se trata, en definitiva, de una fase de agudización del conflicto entre el capital y la vida, en el que nos quieren doblegar y poner de rodillas.

Precisamente Grecia es un exponente en este sentido, y se ha convertido en un laboratorio en el que se visualiza de la manera más nítida esta lucha de clases, de géneros y de razas. Los diferentes chantajes de la Troika han conducido al país a una situación insostenible, en la que más de un tercio de los y las griegas malviven bajo el umbral de la pobreza; un 25% de la población está desempleada; la deuda pública casi dobla su PIB; y fuerzas de extrema derecha como Amanecer Dorado toman posiciones, como preocupantemente también ocurre en otros países europeos. Estos son sólo unos datos que nos permiten constatar que por encima de los derechos del pueblo griego está el proyecto de la Europa del capital, que prima el sostenimiento de la ganancia, del lucro, y de los mercados.

De esta manera, tanto en Grecia como en el conjunto del continente, debemos participar en la lucha contra el capitalismo descarrilando el tren del statu quo que nos conduce a la miseria, a la desigualdad y a la insostenibilidad. No hay otra, porque el capital no va a parar, como estamos viendo con los salvajes tratados de inversión y comercio que se nos quieren imponer con Estados Unidos y Canadá, y que además pretenden privatizar los servicios públicos. Por tanto, es preciso aumentar la movilización y la construcción de alternativas, haciendo un frente común a favor del derecho a decidir y la soberanía de las personas y de los pueblos; a favor de acabar con las políticas de austeridad; y a favor de abordar el problema de la deuda ilegítima. También Grecia es un ejemplo de dignidad en este sentido, habiendo celebrado más de 30 huelgas generales desde mayo de 2010, y poniendo sobre el tablero político alternativas válidas más allá de Grecia, que nos apelan a todos y todas las europeas.

Es por tanto un elemento estratégico en estos momentos reforzar la solidaridad internacional, la búsqueda de agendas comunes que nos articulen frente al enemigo también común. Por eso desde Euskal Herria queremos explicitar nuestro apoyo a las luchas del pueblo griego, y nuestro deseo de que sus vientos de emancipación avancen y se junten también con los nuestros, con los de todos los pueblos del continente. En este sentido, las elecciones generales que se celebrarán el próximo 25 de enero son una oportunidad muy importante para defender otra Europa y dar un paso más para parar el tren de la Troika. Tenemos claro que no hay que confundir poder con gobierno, y que no siempre la vía institucional-electoral es la única ni siempre la mejor para generar transformaciones profundas. No obstante, en este momento y dentro de esta lucha desigual, pensamos que la victoria de Syriza -coalición de izquierdas con posibilidades reales de ganar- podría ser no sólo un catalizador para las luchas del pueblo griego, sino también para el conjunto de Europa.

Los redoblados chantajes del FMI -que amenaza con cerrar el grifo si el gobierno elegido no es de su agrado-, las amenazas del gobierno alemán o la creciente política de azuzar el miedo que se impone en los medios de comunicación hegemónicos en Europa, no hacen sino mostrar que en este conflicto capital-vida, Syriza puede ser un aliado importante. Por ello, animamos a todas las personas y organizaciones vascas a mostrar nuestra solidaridad con el pueblo griego, con sus procesos políticos y sociales de emancipación, a la vez que deseamos que Syriza gane las próximas elecciones para descarrilar el tren del capital, la Troika y la austeridad.


En este sentido, os invitamos a formar el manifiesto que ha formulado Syrizarekin: Plataforma vasca de apoyo al cambio social en Grecia (syrizarekin.wordpress.com), y a participar en las concentraciones que se celebrarán el domingo 25 de enero, día de las elecciones, en diferentes localidades de Euskal Herria.

Charlie Hebdo: reflexiones en torno a la manifestación del día 11

viernes, 16 de enero de 2015 · 0 comentarios

Claude Gabriel

El 7 de enero acudí a la concentración de la plaza República tan pronto como pude. En la web de Ensemble! fui uno de los primeros en calificar a las fuerzas fundamentalistas de Mali o Nigeria como bárbaras, de establecer un paralelo entre ellas y el nazismo, mientras que aquí y allá alguna gente pasaba de puntillas sobre esta cuestión para no fijarse mas que en "nuestro imperialismo"/1. Pero no fui a la manifestación "republicana" del domingo 11 por las mismas razones que ya ha invocado mucha otra gente.

¿Ir o no ir a la manifestación?
No tengo ninguna animosidad política contra quienes (desde la izquierda) han acudido a la misma. Es cierto, que en este período caminamos sobre el filo de la navaja cuando tratamos de encontrar "una línea política" concreta en las decisiones de unos y otros. ¡Por favor, abstengámonos de ello! La izquierda reducida a su simple expresión carece de los medios necesarios para desarrollar una iniciativa autónoma frente a un acontecimiento como éste. Por otra parte, el llamamiento del Front de Gauche (FdG) contiene una buena definición de lo que se podría hacer en un contexto diferente: "nos manifestaremos para rechazar todos los racismos, a favor de la igualdad, contra las discriminaciones, a favor del laicismo emancipador y de la libertad de conciencia (…) Las fuerzas que abogan por la exclusión y la xenofobia, comenzando por el Front National (FN) no tienen ningún espacio en ella [la manifestación]." Ahora bien, para pasar de esta declaración a la realización concreta de una gran manifestación popular, ajena a la presencia internacional y francesa (UMP), hubiera sido necesario disponer de una implantación fuerte y de medios muy superiores a los que disponemos actualmente.

La trampa se encuentra ahí y no en no importa qué desviación oportunista. Reconozco también, con toda tranquilidad, que es más fácil no acudir a esta manifestación a título personal que como organización. Porque hay que ir con la voluntad de mostrar la diferencia. De ahí que nuestra conciencia política se encuentre maniatada por la profunda debilidad de la izquierda (la verdadera) que, acto seguido, conduce a un desgarramiento individual y colectivo. ¿Ir o no ir? No perdamos el tiempo en saber si allí habrá oportunistas o no, sectarios o no; estamos atrapados colectivamente.

¿En nombre del pueblo francés?
La referencia al "pueblo francés" (como he podido leer) y a sus "valores" es otro tipo de confusión. Es preciso recordar que la noción de pueblo no es un plato de nuestra conveniencia, que este "pueblo" mítico está compuesto, también, de nuestros peores adversarios. Los pretendidos valores del pueblo son tan poco claros como los de la República, esa República que ha machacado, que ha desarrollado guerras coloniales, que torturado y que, sobre todo, actualmente marginaliza y oprime a una parte de su población.

El "pueblo", la República, la unidad nacional es la miel de nuestros adversarios, de quienes agravan la crisis económica y social en nombre de la salvación colectiva transcendental, acrecentando siempre las desigualdades y la miseria. Así pues, ¡atención!: en acontecimientos como éste, cada palabra tiene un significado muy preciso, lo que es mucho más importante que ir o no ir a la famosa manifestación.

Por otra parte, ¡qué payasada querer explicar lo que significa la República a esa juventud olvidada que proviene de la inmigración que habita en los suburbios! ¿Qué les puede presentar Hollande en ese escaparate republicano?, ¿los controles policiales en función del color de la piel?, ¿el paro?, ¿los barrios devastados por la miseria? Parece Incluso que vivir en Francia supone aceptar derechos y deberes. Pero, ¿qué derechos le quedan a esa gente cuando carecen de medios para cuidar su salud o incluso cuando tienen que ocultar su origen para poder alquilar una vivienda? También parece que los padres deberían mostrarse más responsables de sus descendientes. Pero, ¿es que la República se hace responsable de estos padres cuando se trata de sus condiciones de vida, del hábitat, de su vida en los barrios? La República se cuida mucho de impedir la autoorganización en los barrios para establecer con precisión la responsabilidad civil de las familias. Todo esto no es más que cinismo y, al fin y al cabo, violencia.

Así pues, una marcha "republicana". Será preciso (como nos intentan hacer creer al estilo Houellebecq/2) que la República en cuestión está amenazada por un complot islamo-fascista cuyo objetivo es establecer una tiranía religiosa? En absoluto. Más bien al contrario; se trata, y es mas serio, de la consecuencia de décadas de opresión colonial, social y cultural y, entre nosotros, de la relegación de una gran parte de estas personas a la marginación. Una barbarie de otro tipo, una locura existencial, una huida vengativa hacia adelante. Como con el fascismo, necesitamos eliminar lo que hemos dejado desarrollarse.

¿Libertad de expresión?
Si, ¡total! Pero sin dejar de lado la noción de responsabilidad. Y es ahí donde comienza el debate. Hasta los años 80, en Nueva Caledonia, en las tiendas caledonias había fanzines gratuitos representando a la población nativa como monos. ¿Libertad de expresión? Francamente, no.

Entonces, ¿existe una diferencia entre las caricaturas racistas y las caricaturas religiosas?, ¿por qué no? La cuestión es que cuando una parte mayoritaria de una comunidad considera que su religión constituye también su identidad cultural, ¿cómo separar ambas? De ahí se deriva que "insultar al Profeta" equivalga a "insultarnos". Sin embargo, nosotros razonamos como franceses de pura cepa: entre nosotros el cristianismo está derrotado políticamente desde hace más de un siglo. La historia cristiana de nuestro país se ha desconectado progresivamente de nuestra historia contemporánea, que es lo que no ha ocurrido con el Islam. ¿Es tan raro el Islam? No creo que en algunos Estados americanos sea posible caricaturizar a Dios como sodomita sin arriesgarse a graves problemas con determinados sectores.

En Francia, los adeptos al Islam lo viven como una religión oprimida, como la religión de la gente despreciada. Esto, por otra parte, refuerza los prejuicios de ambos lados: de un lado, nos sentimos insultados en cuanto árabes; del otro, el Islam es la religión de los miserables, de las multitudes peligrosas. Es por ello que no se pueden equiparar las caricaturas del cristianismo, del judaísmo y las del Islam. Así pues, sí, uno se puede mofar de todas las religiones pero a condición de ser lo suficientemente responsable como para distinguir, y no prestarse a confusión, entre la religión del opresor y la (o las) de los oprimidos. Esto es tan real como que este debate se ha dado entre los propios diseñadores franceses. Tienen puntos de vista diferentes. La cuestión no se resumía en el simple "tener derecho a decir todo".

Debemos comprender bien que la reacción de la juventud inmigrante, cuando afirman "no, yo no soy Charlie", viene de ahí y debe ser comprendida y aceptada. Más aún cuando el famoso laicismo frances es una bagatela. La omni-mediatización del Papa en los informativos televisivos cada vez que suelta tres frases, la historia "eurocentrista" del mundo que se enseña en los institutos, las dificultades para poder tener lugares de culto decentes para los musulmanes, las fiestas religiosas católicas que marcan el calendario escolar o la desigualdad del tratamiento por parte de las autoridades cuando se ataca una sinagoga o una mezquita… Es lo que todo el mundo constata. Francia es formalmente laica, pero no lo es en la vida pública y ello se añade al racismo cotidiano, a las discusiones en los autobuses y metros, a los estados de ánimo. El laicismo francés es una patraña. Dejemos de arrojarlo contra las población musulmana como el argumento invencible.

Actualmente existen dos bestias inmundas
En la medida que no estemos en condiciones de poder superar todo esto, de tener la capacidad, en tanto que corrientes políticas de izquierda, para darle la vuelta a esta situación, de pesar suficientemente en el debate público y de convertirnos en candidatos al poder, corremos el riesgo de que mañana nos encontremos ante una rebelión juvenil en los suburbios (provocada por una acción policial), alimentada aquí y allá por corrientes fundamentalistas que tendrán en frente el llamamiento a las milicias de autodefensa de la extrema derecha. ¿Qué haremos nosotros, si no contamos más que con nuestra prensa y nuestras octavillas para distribuirlas en los mercados el domingo a la mañana?

Así pues tenemos nuestra pequeña parte de responsabilidad, por haber sido incapaces, todas las corrientes incluidas, de existir en estos barrios y haber construido una respuesta social alternativa. El balance es duro. Estos dos actos terroristas y las maniobras gubernamentales del día 11 constituyen una nueva y grave derrota para las clases populares. Un eslabón más en la confusión, el veneno mediático y en la apropiación indebida de la realidad. Como decía Bertolt Brecht: "¡Todavía es fecundo el vientre que parió el suceso inmundo!" Solo que hacia adelante el suceso inmundo tiene dos caras, la de la extrema derecha racista y la de la alineación mística asesina.

De ahí que, desgraciadamente, haber ido o no a la manifestación es un problema secundario. El verdadero problema comienza el día 12 a la mañana, una vez que empecemos a padecer las imágenes y los comentarios de los medias sobre esta falsa "unión nacional". ¿Qué hacemos?

Traducción: VIENTO SUR

Notas:

2/ Poeta, novelista

Francia. Lo más peligroso es la islamofobia

jueves, 8 de enero de 2015 · 0 comentarios

Santiago Alba Rico. Rebelión

El atentado fascista en París contra la redacción del semanario Charlie Hebdo, que ha arrebatado la vida a 12 personas, entre ellas a los cuatro dibujantes Charb, Cabú, Wolinsky y Tignous, deja una doble o triple sensación de horror, pues está agravada por una especie de eco amargo y sucio y por una sombra de amenaza inminente y general. Está sin duda el horror de la matanza misma por parte de unos asesinos que, con independencia de sus móviles ideológicos, se han situado a sí mismos al margen de toda ética común y por eso mismo fuera de todo marco religioso, en su sentido más estricto y preciso.

Pero está también el horror de que sus víctimas se dedicaran a escribir y a dibujar. No es que uno no pueda hacer daño escribiendo y dibujando -enseguida hablaremos de esto-; es que escribir y dibujar son tareas que una larga tradición histórica compartida sitúa en el extremo opuesto de la violencia; si se trata además de la sátira y el humor, nadie nos parece más protegido que el que nos hace reír. En términos humanos, siempre es más grave matar a un bufón que a un rey porque el bufón dice lo que todos queremos oír -aunque sea improcedente o incluso hiperbólico- mientras que los reyes sólo hablan de sí mismos y de su poder. El que mata a un bufón, al que hemos encomendado el decir libre y general, mata a la humanidad misma. También por eso los asesinos de París son fascistas. Sólo los fascistas matan bufones. Sólo los fascistas creen que hay objetos no hilarantes o no ridiculizables. Sólo los fascistas matan para imponer seriedad.

Pero hay un tercer elemento de horror que tiene que ver menos con el acto que con sus consecuencias. Ahora mismo -lo confieso- es el que más miedo me da. Y es urgente advertir de lo que nos jugamos. Lo urgente no es impedir un crimen que ya no podemos impedir; ni tampoco condenar asqueados a los asesinos. Eso es normal y decente, pero no urgente. Tampoco, claro, espumajear contra el islam. Al contrario. Lo verdaderamente urgente es alertar contra la islamofobia, precisamente para evitar lo que los asesinos quieren -y están ya consiguiendo- provocar: la identificación ontológica entre el islam y el fascismo criminal. La gran eficacia de la violencia extrema tiene que ver con el hecho de que borra el pasado, el cual no puede ser evocado sin justificar de alguna manera el crimen; tiene que ver con el hecho de que la violencia es actualidad pura, y la actualidad pura está siempre preñada del peor futuro imaginable. Los asesinos de París sabían muy bien en qué contexto estaban perpetrando su infamia y qué efectos iban a producir.

El problema del fascismo y de su violencia actualizadora es que se trata siempre de una respuesta. El fascismo está siempre respondiendo; todo fascismo se alimenta de su legitimación reactiva en un marco social e ideológico en el que todo es respuesta y todo es, por tanto, fascismo. El contexto europeo (pensemos en la Alemania anti-islámica de estos días) es la de un fascismo rampante. En Francia concretamente este fascismo blanco y laico tiene algunos valedores intelectuales de mucho prestigio que, a la sombra del Frente Nacional de Le Pen, llevan calentando el ambiente desde púlpitos privilegiados a partir del presupuesto, enunciado con falso empirismo y autoridad mediática, de que el islam mismo es un peligro para Francia. Pensemos, por ejemplo, en la última novela del gran escritor Houellebecq, Sumisión (traducción literal del término árabe “islam”), en la que un partido islamista gana al Frente Nacional las elecciones de 2021 e impone la “charia” en la patria de Las Luces. O pensemos en el gran éxito de las obras del ultraderechista Renaud Camus y del periodista político del diario Le Figaro Eric Zemour. El primero es autor de Le grand remplacement, donde se sostiene la tesis de que el pueblo francés está siendo “reemplazado” por otro, en este caso -obviamente- compuesto de musulmanes extraños a la historia de Francia. El segundo, por su parte, ha escrito El suicidio francés, un gran éxito de ventas que rehabilita al general Petain y describe la decadencia del Estado-Nación, amenazado por la traición de las élites y por la inmigración. Hace unos días en Le Monde el escritor Edwy Plenel se refería a estas obras como depositarias de una “ideología asesina” que “está preparando Francia y Europa para una guerra”: una guerra civil- dice- “de Francia y Europa contra ellas mismas, contra una parte de sus pueblos, contra esos hombres, esas mujeres, esos niños que viven y trabajan aquí y que, a través de las armas del prejuicio y la ignorancia, han sido previamente construidos como extranjeros en razón de su nacimiento, su apariencia o sus creencias”.

Este es el fascismo que estaba ya presente en Francia y que ahora “reacciona” -puro presente- frente a la “reacción” -pura actualidad asesina- de los islamistas fascistas de París. Da mucho miedo pensar que a las 7 de la tarde, mientras escribo estas líneas, el trending topic mundial en twitter, tras el tranquilizador y emocionante “yo soy Charlie”, es el terrorífico “matar a todos los musulmanes”. La islamofobia tiene tanto fundamento empírico -ni más ni menos- que el islamismo yihadista; los dos, en efecto, son fascismos reactivos que se activan recíprocamente, incapaces de hacer esas distinciones que caracterizan la ética, la civilización y el derecho: entre niños y adultos, entre civiles y militares, entre bufones y reyes, entre individuos y comunidades. “Matad a todos los infieles” es contestado y precedido por “matad a todos los musulmanes”. Pero hay una diferencia. Mientras que se exige a todos los musulmanes del mundo que condenen la atrocidad de París y todos los dirigentes políticos y religiosos del mundo musulmán condenan sin excepción lo ocurrido, el “matad a todos los musulmanes” es justificado de algún modo por intelectuales y políticos que legitiman con su autoridad institucional y mediática la criminalización de cinco millones de franceses musulmanes (y de millones más en toda Europa). Esa es la diferencia -lo sabemos históricamente- entre el totalitarismo y el delirio marginal: que el totalitarismo es delirio naturalizado, institucionalizado, compartido al mismo tiempo por la sociedad y por el poder. Si recordamos además que la mayor parte de las víctimas del fascismo yihadista en el mundo son también musulmanas -y no occidentales- deberíamos quizás medir mejor nuestro sentido de la responsabilidad y de la solidaridad. Pinzados entre dos fascismos reactivos, los perdedores son los de siempre: los inmigrantes, los izquierdistas, los bufones, las poblaciones de los países colonizados. Una de las víctimas de los islamistas, por cierto, era policía, se llamaba Ahmed Mrabet y era musulmán.

Del yihadismo fascista no espero sino fanatismo, violencia y muerte. Me repugna, pero me da menos miedo que la reacción que precede -valga la paradoja einsteiniana- a sus crímenes. El “matad a todos los musulmanes” está de algún modo justificado por los intelectuales que “preparan la guerra civil europea” y por los propios políticos que responden a los crímenes con discursos populistas religiosos laicos. Cuando Hollande y Sarkozy hablan de “un atentado a los valores sagrados de Francia” para referirse a la libertad de expresión, están razonando del mismo modo que los asesinos de los redactores del Charlie Hebdo. No acepto que un francés me diga que defender los valores de Francia implica necesariamente defender la libertad de expresión. Por muy laica que se pretenda, esa lógica es siempre religiosa. No hay que defender Francia; hay que defender la libertad de expresión. Porque defender los valores de Francia es quizás defender la revolución francesa, pero también Termidor; es defender la Comuna, pero también los fusilamientos de Thiers; es defender a Zola, pero también al tribunal que condenó a Dreyfus; es defender a Simone Weil y René Char, pero también el colaboracionismo de Vichy; es defender a Sartre, pero también las torturas de la OAS y el genocidio colonial; es defender mayo del 68, pero también los bombardeos de Argel, Damasco, Indochina y más recientemente Libia y Mali. Es defender ahora, frente al fascismo islamista, la igualdad ante la ley, la democracia, la libertad de expresión, la tolerancia y la ética, pero también defender la destrucción de todo eso en nombre de los valores de Francia. Da mucho miedo oír hablar de “los valores de Francia”, “de la grandeza de Francia”, de ”la defensa de Francia”. O defendemos la libertad de expresión o defendemos los valores de Francia. Defender la libertad de expresión -y la igualdad, la fraternidad y la libertad- es defender a la humanidad entera, viva donde viva y crea en el dios que crea. La frase de “los valores de Francia” pronunciada por Le Pen, Hollande, Sarkozy o Renaud Camus no se distingue en nada de la frase “los valores del islam” pronunciada por Abu Bakr Al-Baghdadi. Son en realidad el mismo discurso frente a frente, legitimado por su propia reacción asesina, que bombardea inocentes en un lado y ametralla inocentes en el otro. Pierden los de siempre, los que pierden cuando dos fascismos no dejan en medio ni el más pequeño resquicio para el derecho, la ética y la democracia: los de abajo, los de al lado, los pequeños, los sensatos. De eso sabemos mucho en Europa, cuyos grandes “valores” produjeron el colonialismo, el nazismo, el estalinismo, el sionismo y el bombardeo humanitario.

Mal empieza 2015. En 1953, “refugiado” en Francia, el gran escritor negro Richard Wright escribía contra el fascismo que “temía que las instituciones democráticas y abiertas no sean más que un intervalo sentimental que preceda al establecimiento de regímenes incluso más bárbaros, absolutistas y pospolíticos”. Protegernos del fascismo islamista es proteger nuestras instituciones abiertas y democráticas -o lo que queda de ellas- del fascismo europeo. La islamofobia fascista, en Europa y en las “colonias”, es la gran fábrica de islamistas fascistas y una y otro son incompatibles con el derecho y la democracia, los únicos principios -que no “valores”- que podrían aún salvarnos. Buena parte de nuestras élites políticas e intelectuales están más bien interesadas en todo lo contrario.

Descansen en paz nuestros alegres y valientes compañeros bufones del Charlie Hebdo. Y que nadie en su nombre levante la mano contra un musulmán ni contra el derecho y la ética comunes. Esa sí sería la verdadera victoria de los fascismos de los dos lados.

Por razones de ciudadanía

jueves, 1 de enero de 2015 · 0 comentarios

Iosu Perales

A mi juicio lo identitario no debe ser la razón que determine el derecho a decidir. Pero lo identitario es condición para ejercer como ciudadanía el derecho a decidir. La raíz democrática del derecho a establecer un tipo de relación de una comunidad de ciudadanos y ciudadanas con el estado, encuentra en el hecho diferencial la explicación del por qué las poblaciones de Euskadi y Catalunya son sujetos de ese derecho, en tanto que por ejemplo Cantabria o Extremadura no lo son. Para mi modo de pensar, no es la historia ni las características culturales y lingüísticas, las que nos otorgan un derecho positivo, pero sí las que configuran una realidad en la que se forja una ciudadanía que por razones democráticas sólo delega en sí misma el derecho de cómo quiere organizarse políticamente, como estado o como parte de un estado.

Las razones de ciudadanía son razones democráticas de los hombres y mujeres de hoy, no un legado que nos enviste de un derecho inalienable. Queremos decidir y tener la posibilidad de ser independientes porque lo afirmamos expresamente de un modo libre y democrático no por un atributo que nos viene de la antigüedad o porque somos de una determinada manera.

Ahora bien, las razones democráticas son variadas. En lo que a mí respecta, tienen que ver con la conjunción de dos elementos: a) la creencia de que en nuestro caso, en tanto que nación, la promesa democrática de libertad e igualdad es más alcanzable en el marco de una comunidad política con estado propio; b) la convicción de que el problema llamado España y que viene de siglos no tiene solución en términos de verdadero reconocimiento del hecho plurinacional, al estar secuestrada por un centralismo atávico que responde a una conciencia colectiva pre-democrática, estancada en un españolismo hegemónico dominante que está en su ADN. No es un hecho anecdótico que España no haya aprovechado las dos repúblicas ni la propia transición para reconocer un verdadero estado plurinacional.

En lo que respecta a la primera variante admito que con otra España, radicalmente democrática, un diálogo entre iguales podría dar lugar a un acuerdo de asociación, a un encaje satisfactorio de Euskadi en un nuevo estado. ¿Por qué no? Lo cierto es que no vislumbro un cambio tan radical. Lógicamente estoy haciendo referencia a mi propia posición.

En cuanto a la segunda variante, suelo encontrarme con el reproche de cómo puedo tener preferencia por un pequeño estado cuando el mundo avanza hacia grandes espacios políticos como es el caso de la Unión Europea. En realidad pienso que se trata de una crítica muy pobre, más propia de un raca raca aprendido que de una reflexión profunda sobre la verdad de lo que ocurre en la globalización. Trataré de explicarme.

Para empezar la separación de España, en mi pensamiento, incluye trabajar por otra globalización y por otra Unión Europea. No son aceptables ni la una ni la otra tal y como están representadas en la actualidad. No hablo de marcharnos de las realidades económicas y políticas sino de cambiarlas. Es cierto que la Unión Europea ha restado poder a las soberanías, pero éstas siguen siendo (y seguirán) el marco donde se libran batallas sociales y políticas decisivas. Es una realidad asimismo que en la reducción de los espacios soberanos hay una intencionalidad con frecuencia perversa, consistente en querer imponer gobiernos tecnocráticos o de partidos clásicos de probado servilismo.
Las elecciones del 25 de enero en Grecia se presentan bajo el chantaje de la Troika y el Fondo Monetario Internacional una posible victoria de Syriza.

La globalización actual contiene aspectos muy positivos, por ejemplo en los campos de la comunicación, del transporte, de la universalización de los DDHH, de las redes sociales, del debate sobre la democracia planetaria, etc. Pero contiene también aspectos amenazantes para la propia democracia. Así por ejemplo la separación creciente entre las esferas de poder y la ciudadanía, tanto en el ámbito económico como en el político.

Si a estos se añade el hecho de que la política, los gobiernos en general y la propia Unión, obedecen a los poderes económicos y financieros, podemos afirmar que el escenario de la actual integración europea no ofrece facilidades a la fiscalización ciudadana y si debilita la soberanía popular. Cuando más alejado se encuentre el poder político de la ciudadanía más se complica la posibilidad de un empoderamiento real.

En esta misma línea la Unión Europea es un artefacto alejado de la gente de a pie, hasta el punto de que pocas personas corrientes podrían nombrar a un solo comisario de un órgano que es el gobierno de la Unión. Conocer quién toma las decisiones, incluidos sus rostros, es un derecho ciudadano básico para poder dar seguimiento crítico a los que deciden. Además, esta Unión Europea es sobre todo un gran mercado neoliberal y poco tiene de verdadera unidad política. En esencia responde a un proyecto de mal desarrollo en su propia lógica, ya que está basado en una idea de eficiencia que trata de maximizar resultados reduciendo costes para el logro de una acumulación incesante de capital. No es un proyecto centrado en las personas y sin embargo se nos hace creer que sus decisiones son incuestionables, un mandato divino, que nos obliga a su cumplimiento a menos que queramos hundirnos en el aislamiento y en el más profundo de los atrasos.

De manera que la tesis de que no es rentable la separación de España porque ello nos dejaría fuera de la actual globalización, aislados, es una tesis errática pues apunta a lo que no es. En lugar de separarnos, una Euskadi independiente debería comprometerse a trabajar por otra globalización y por otra Europa posible, que responda en su forma de organizarse a una democracia renovada. Si la actual globalización está construida desde las elites, desde arriba, de lo que se trata es de reconstruirla desde abajo, desde los pueblos, desde la ciudadanía. No es un asunto que empieza y acaba en lo moral, sino que tiene que ver con un proyecto político sostenible al servicio no de los mercados sino de las personas. Por otra parte, lo que está en juego es la resignificación de la palabra democracia para devolver la acción y la palabra a la gente.

Creo firmemente que es irreal que Europa vaya dar la espalda a una Catalunya o a una Euskadi independiente. Ambas naciones contienen un dinamismo del que Europa no puede prescindir. La propaganda enfocada para generar temor en las ciudadanías de ambos países es para consumo de la catetada. Si algo es la UE es que es pragmática.

El enfoque desde el cual sectores cada vez más amplios de la ciudadanía catalana y vasca se inclinan por el derecho a decidir e incluso por la independencia, ha dejado de ser unívoco. Indudablemente hay muchas personas que lo hacen desde una conciencia nacionalista. Otras por razones, tal vez, económicas. Pero cada vez más lo hacen, lo hacemos, por razones democráticas. Ocurre además que una gran cantidad de personas que no tenían una posición opuesta a España se suman al movimiento general del derecho a decidir al comprobar que enfrente, las instituciones y los partidos unionistas, lejos de abordar las diferencias con respeto y de asumir los derechos de quienes piensan distinto como la base para un diálogo honesto, se dedican a amenazar e insultar, a descalificar, desde una posición arrogante, inmovilista y de nacionalismo español dominante.  La cuestión es que hoy, por el derecho a decidir están sectores sociales que forman parte de una diversidad de identidades culturales y lingüísticas. Se trata de una diversidad que dibuja el pluralismo de una Euskadi real, al que hay que agregar con pleno derecho aquellas otras identidades que optan y seguirán optando por ser parte de España.

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