¿De qué hablamos cuando hablamos del derecho a decidir?

martes, 30 de junio de 2015 · 2 comentarios

Mario Zubiaga

Para acotar un poco lo que es el derecho a decidir, yo creo que habría que hablar en primer lugar de la soberanía y de la evolución de este concepto a lo largo del tiempo. El concepto de soberanía surge aproximadamente en el siglo XVII y en esa época es entendido fundamentalmente como la capacidad de decidir que tienen los estados o los monarcas identificados con el Estado. Luego, a lo largo de los siglos XVII-XIX, el concepto se extiende de forma que la soberanía estatal se va legitimando con la idea de soberanía nacional y popular: es decir, son los pueblos y las naciones los que al final deciden, no el rey. Y en el siglo XX, y ya en el XXI, la soberanía se individualiza, se entiende como la capacidad de decidir de cada uno de nosotros. Esta es una evolución ideológica muy profunda que se está dando en el ámbito occidental básicamente y define una forma más personalizada de entender la vida política, que se traduce en que somos los ciudadanos y ciudadanas los que tenemos la capacidad de decidir sobre todo; define, en última instancia, el marco teórico de lo que hoy entendemos como “derecho a decidir”. Sin negar ni superar el concepto de poder político como “actuar juntos”, se subraya la importancia de la voluntad individual, de cada persona, en la formación de la voluntad colectiva de la comunidad

Y a partir de esa idea, podemos decir que Euskal Herria está nuevamente en sintonía con lo que ocurre en el mundo y especialmente en el ámbito europeo.


En Euskal Herria, se ha pasado de reclamar el derecho de autodeterminación a reivindicar el derecho a decidir. ¿Supone esto una rebaja en los presupuestos?, ¿es cuestión, únicamente, de terminología?
El derecho a decidir es un concepto que, desde el punto de vista teórico, está en formación todavía; no es un concepto asentado. Jaume López, profesor de la Universidad Pompeu Fabra y uno de los principales expertos en el tema, dice que el derecho a decidir es el «derecho de autodeterminación 2.0». Es decir, una adaptación del derecho de autodeterminación a contextos democráticos avanzados.

El derecho de autodeterminación, tradicionalmente, ha estado ligado a procesos de descolonización. O está ligado como tal concepto a situaciones de opresión, de vulneración de derechos de los pueblos, de guerra abierta... Situaciones, digamos, de cierta excepcionalidad política. De esa forma, cuando tienes espacios políticos que están más o menos institucionalizados democráticamente, la capacidad de decidir sin cortapisas y sin límites es muy difícil que se pueda vehicular a través del derecho de autodeterminación, por lo anterior, porque en la doctrina internacional está ligado a situaciones de excepcionalidad política. Cuando no se dan esas circunstancias de forma indiscutible, el derecho a decidir es un concepto más adecuado, porque lo único que afirma es que hay un demos [pueblo] y que ese demos, que ya está relativamente institucionalizado y funcionando de forma democrática, desea llevar hasta el límite su capacidad de autogobierno.

Esta conceptualización, desde mi punto de vista, es más adecuada para situaciones como la escocesa, la catalana o la de Euskal Herria. Pero yo no entiendo que sean planteamientos absolutamente enfrentados; estamos hablando de una adaptación del derecho de autodeterminación clásico a un nuevo contexto. Por eso tampoco entiendo, como ocurre muchas veces en el debate político en este país, que el derecho a decidir se vea como un eufemismo menor, una forma de llamar a la autodeterminación que realmente no supondría reivindicar lo mismo que antes se reivindicaba, es decir, una bajada de pantalones... En fin, ese debate creo que es un debate que no tiene mucho sentido. El derecho a decidir es una expresión directa del principio democrático que se libera de la necesidad de probar una situación de opresión, una identidad nacional coherente históricamente en un territorio homogéneo, una situación de guerra o un mar que te separe de la metrópoli. No niega la posibilidad de que realmente existan algunos de esos elementos, simplemente no los pone como condición previa del derecho. Ahora lo fundamental es la voluntad democrática de una ciudadanía institucionalizada.

En conexión con esto último, además tiene una ventaja, y esa es la diferencia fundamental respecto al derecho de autodeterminación clásico. La ventaja fundamental es que el derecho de autodeterminación siempre va ligado, como derecho, al reconocimiento del mismo por una instancia externa: alguien te tiene que reconocer el derecho de autodeterminación, alguien tiene que decirte: «Tienes ese derecho» y puedes ejercitarlo, ya sea el Estado matriz, ya sea la comunidad internacional.


Dice que en el caso del derecho de autodeterminación tiene que haber una instancia externa que lo reconozca. ¿Y el derecho a decidir? La realidad demuestra que desde el poder establecido en el Estado español tampoco reconocen el derecho a decidir planteado desde Euskal Herria o Catalunya.
Aunque evidentemente es mejor que sea asumido por los actores políticos a los que se apela –el Estado matriz y la comunidad internacional–, el derecho a decidir no tiene por qué ser reconocido como tal para que pueda ser ejercido. Y esa es una diferencia fundamental. Desde tu ámbito institucional democrático, tú puedes tomar decisiones –y tomar eventualmente una decisión radical en clave de “derecho a decidir”, es decir, una decisión que te autodetermine como país o como comunidad política– sin que nadie tenga que reconocerte nada desde fuera, porque estás ejercitando un principio democrático. A Catalunya, para poder decidir, no hace falta que nadie le diga «Tiene usted derecho a decidir», basta con que en un momento determinado decida; luego, evidentemente, será reconocida o no como Estado. Será reconocida por unos y quizás, me extraña, no por otros, pero eso no le impide ejercitar ese derecho, porque está apelando a la voluntad democrática de su ciudadanía. Por eso, el derecho a decidir conecta naturalmente con la idea de unilateralidad: para ejercer un derecho democrático no hace falta que nadie te reconozca nada, tú da pasos y no estés esperando a que la otra parte diga: no, sí, puedes hacerlo, pero con estas condiciones... Si te basas en mayorías democráticas y respetas los derechos y libertades de todos, no hay límite para seguir adelante.

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Lo social debe ser central

sábado, 20 de junio de 2015 · 2 comentarios

Adolfo Muñoz, "Txiki"

Al igual que Artur Mas, el Lehendakari Urkullu sabe que con el Estado español (y sus fuerzas políticas principales) no es posible reforzar el autogobierno vasco; mucho menos con horizonte autodeterminista. Más aún, si analizamos lo acontecido durante años, concluiremos que el Estado está en franca involución en todos los órdenes, también en materia de autogobierno. Esto es así tanto con el PP como con el PSOE.

Vayamos a otros ámbitos nacionales. El SNP escoces no ganó el referéndum por la independencia en 2014; sin embargo, su estrategia política no perdió. Tres meses antes de celebrarse aquel referéndum ELA estuvo con el líder del SNP Alex Salmond y le preguntamos sobre qué estrategia pensaba que era la más efectiva para alcanzar la soberanía. ¿Qué sacamos en conclusión? Aquella que tuviera en cuenta elementos identitarios (historia, cultura, idioma…), democráticos (derecho a decidir) y... el modelo de sociedad. Los tres, y juntos. Salmond sabía que solo con lo identitario no ganaba. Era consciente, además, de la fuerza democrática del “derecho a decidir” en un mundo en el que instancias antidemocráticas condicionan de forma muy negativa nuestras vidas. Y, por último, nadie discute que el modelo de sociedad del SNP en Escocia es más progresista que el de conservadores y laboristas en Londres.

El 7 de mayo de 2015 se celebraron las elecciones al Parlamento de Westmister en Londres. Hubo dos claros ganadores. El conservador Cameron y el SNP escocés. Cameron es un producto en serie del thatcherismo, de esos que abundan en Europa. El SNP ha obtenido 56 de los 59 representantes que se elegían en Escocia. El Partido Laborista ya había dicho que si perdían Escocia, donde tenían 41 representantes y se han quedado con uno, no ganarían en Gran Bretaña. Acertaron. Los analistas coinciden en que la razón de esa pérdida está en que sus históricos votantes no distinguen a los laboristas de los conservadores. Es el legado que la inexistente “tercera vía” de Tony Blair. Blair un “conservador disfrazado” que en la actualidad acumula fortuna dando conferencias al servicio del poder económico.

El SNP tiene que gestionar, con sabiduría, una nueva situación. No podrá lograr en Londres una alianza progresista para poner coto a las políticas neoliberales. Cameron tiene mayoría absoluta y ha anunciado una agenda muy dura contra lo social; una agenda que tendrá repercusiones en la Unión Europea. Prometió un referéndum sobre la permanencia en la UE y, si se produce una negociación para evitarla, lo más probable es que el resultado conlleve otra vuelta de tuerca de políticas antisociales y mano dura en políticas migratorias extra e intracomunitarias. Cameron tiene pendiente, además, cumplir las promesas de mayor autogobierno que hizo a los escoceses para que no apoyaran la independencia. Son temas importantes que, gestionados con audacia, pueden fortalecer un proyecto soberanista en Escocia. En Escocia la política está viva.
Desde Euskal Herria deberíamos sacar algunas conclusiones. La primera, en nuestra opinión, que la confrontación con Londres, unida a la firmeza en las convicciones políticas y a la fuerza de la pedagogía política y el militantismo político y social, da resultados. Da resultados y orienta dinámicas políticas y sociales hacia la gente que tiene que apoyar ese proceso. Sin embargo, en nuestro país la confrontación política con Madrid se rehuye. El Gobierno Vasco debería explicar a la sociedad vasca el balance del autogobierno desde que se elaboró la LOAPA hace más de 30 años. Se gestiona, magnificando transferencias devaluadas, la involución española y se da relevancia a hipótesis políticas ineficaces, salvo que las mismas se basen en la renuncia política por parte vasca. La constitución de una Ponencia para el análisis del autogobierno en el Parlamento de Gasteiz recuerda “El día de la marmota”. Algo ya visto, ya experimentado y… fracasado ¿Se ha olvidado el portazo que el PP y PSOE dieron en Madrid al Estatuto Político? El camino no es agotar legislaturas con los mismos referentes políticos que ya fracasaron.

La segunda conclusión, la fuerza transversal de un modelo de sociedad más justo y solidario. Más, si cabe, cuando las desigualdades sociales, también en Euskal Herria, aumentan sin cesar al debilitar gobiernos y patronales los instrumentos que ayudan a repartir de manera más justa la riqueza (fiscalidad, gasto social, negociación colectiva...). Una apuesta, la social, capaz de convertir en independentistas a personas que no son nacionalistas. Sí, muchos votantes históricos laboristas votaron a favor de la independencia. Muchos de ellos, escoceses desengañados con su Labour Party de toda la vida. Otros, que no viven en Escocia, han lamentado no poder votar al SNP porque no se presentaba en sus circunscripciones.

La agenda política vasca tiene hoy otras prioridades. En ella, desgraciadamente, no está la suma soberanista. Las prioridades se sitúan en la legítima disputa electoral, en los pactos de gobernabilidad, en la certificación y homologación institucional de opciones políticas antes ilegales, en la agenda de normalización enquistada por la posición de los estados español y francés, en la aceptación –aunque de esto no se quiera hablar- de un marco institucional que impone políticas de ajuste… Lo inmediato absorbe casi todo sin dejar pausa para reflexionar sobre elementos estratégicos.

Es muy difícil recorrer el camino al soberanismo con políticas antisociales que no cuestionan las políticas de ajuste. En Gasteiz y en Iruña. El neoliberalismo no suma. Pensamos que mientras la prioridad social no esté presente en el proceso soberanista, éste no atraerá a la mayoría social. Es ahí, donde el sindicalismo abertzale debiera jugar un papel sindical, social y político con plena autonomía de partidos y Gobiernos. El PP sabe que, aplicando sus políticas neoliberales, no cambia nada esencial en la política vasca. En España, referentes políticos y mediáticos (hasta un editorial de El País), plantean que hay que acabar con el sistema “privilegiado” del Cupo vasco. Miguel Sanz, en Navarra, habla de que con el nuevo Gobierno no sucederá “nada extraordinario” porque “deberá cumplir las leyes” que dicta España.

Para quienes nos fijamos en Cataluña, no debería pasar desapercibido que el eje social ha sido incorporado como elemento de trabajo tanto por la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC), como por Omnium Cultural. Nos parece un gran acierto que movimientos sociales y culturales que tienen claro que su función consiste en interpelar a la política, hagan suyo ese objetivo. En Euskal Herria por el momento somos incapaces de compartir un diagnóstico sobre la fase involutiva que practica el Estado. Son debates imprescindibles que no se ganan por elevación. ELA, con todas estas preocupaciones muy presentes, llama a acudir a los actos de Gure Esku Dago, este próximo domingo.

El PNV y el régimen de la transición del 78

jueves, 11 de junio de 2015 · 0 comentarios

Joseba Barriola

El PNV es un partido del régimen surgido de la transición. Junto con el PP, el PSOE, CiU, el PNV es, hoy día, uno de los sostenes del régimen monárquico-parlamentario español. Dos partidos que jugaron un papel fundamental en la instauración de este régimen, se hundieron en el empeño: UCD, que desapareció y en lo fundamental se integró en el PP y el PCE de Santiago Carrillo, que sumió en el desconcierto y desesperación a miles de militantes comunistas antifranquistas heroicos. 

Ciertamente hay diferencias entre todos ellos: el PP porta sobre sí toda la herencia franquista: los llamados poderes fácticos, que se convirtieron (sin arrepentimiento ni perdón ni suelos éticos ni nada) a la religión democrática, es decir, al uso de mecanismos partidistas electorales, manteniendo el poder conformado en el franquismo intacto y su querencia hacia el autoritarismo y la dictadura de Franco.

El PSOE, profundamente realista, interesadamente capitalista e imperialista, de la mano de la socialdemocracia del “occidente otánico” (Partido Socialista Alemán), rechazó el marxismo, abrazó el consenso atado y bien atado de los reformistas franquistas, se encaprichó con los ricos, ensalzó a la Monarquía y a la condesa de Alba, pasteleó con la Jerarquía Católica, celebró como un evento cultural progresista la conquista y colonización de América, sacrificó a los trabajadores industriales para dar gusto a la Europa de las multinacionales, nos ofreció como base de apoyo de la organización que produce más terror en el mundo: la OTAN. Olvidó su Aberri Eguna del año 1978 tras la pancarta que decía “Autodeterminación en la Constitución” y a los pocos meses fracturaba Hego Euskal Herria, separando con sus votos a Navarra y las tres provincias de lo que resultó Comunidad Autónoma Vasca (organización territorial que nadie había reivindicado en las luchas antifranquistas).

CiU, partido de medianos y grandes burgueses catalanes que hicieron su agosto con Franco, se arrogó catalanismo neoliberal, y fue un fiel defensor de la gobernabilidad y consolidación del Régimen del 78. Gobernabilidad con premios generosos en contratos públicos, facilidades privadas y corrupción impune.

El PNV es diferente. Todo lo ha tragado, fiel a su compromiso central: buscarse un hueco en el entramado político de la Transición. Ha actuado dentro del consenso “atado y bien atado” de la Transición. Consenso que se extiende a la “amnistía” (ilegal en el orden internacional)  para los crímenes del franquismo; a los Pactos de la Moncloa (firmados por Ajuriagerra); marginado de la comisión de “Padres de la Constitución”, se abstuvo en el referendum de la Constitución y luego aceptó la sumisión a la misma (tras el Tejerazo y la LOAPA) y la parcial rebeldía de Ibarretxe, fue boicoteada por el sector dominante del PNV; cuando inmensas movilizaciones exigían el cierre de Lemoniz, Arzalluz hacía el ridículo hablándonos del peligro de que Euskadi se convirtiera en Albania; el PNV apoyó entusiásticamente la entrada en la Europa de las multinacionales, de la Troika y de la austeridad; el PNV apoyó sin fisuras la entrada en la OTAN. Cuando gobernaba el PSOE (a pesar, por ejemplo del GAL) buscó acuerdos con el poder; cuando gobernaba Aznar (a pesar de la guerra de Irak) buscó acuerdos con el poder. En la lucha contra ETA, fue destacado impulsor y defensor de la dispersión, nunca tuvo reparo en llamar y ser y sentirse parte del campo democrático habitado por gales, torturadores condecorados, terroristas de grandes guerras (NATO-Afganistan-Iran). En todas las grandes decisiones del consenso de la Transición, el PNV ha estado con el Régimen actual. ¿Cuál es, pues, su diferencia?

En primer lugar, extraña que con su número de diputados (5-8) sea de tanta consideración y peso el PNV. ¿Qué explicación? Creo que la explicación fundamental no es ni su fuerza ni su diplomacia ni su astucia; la explicación fundamental es que le era necesario al gran Consenso entre franquistas y oposición de poltrona democrática, para conseguir pacificar y dominar el territorio más rebelde contra la Constitución, contra Europa y contra la OTAN. Esta calificación está refrendada no sólo en los tres referendums correspondientes, sino en las luchas contra la central nuclear de Lemoiz, por la Amnistía, contra el desmantelamiento industrial, contra la mili y por la insumisión, por los derechos de las mujeres, por lo movimientos vecinales, por la red de gaztetxes, radios libres, por los resultados electorales, y por el peso y apoyo social de la lucha armada, que llevó a Aznar (entrados en los 90) a calificar a la izquierda abertzale como movimiento vasco de liberación nacional. El PNV fue solicitado para aplacar el movimiento rebelde de Euskal Herria a favor del consenso franquista reformista. Aceptó ese papel, incluso después del Tejerazo y la LOAPA. Aceptó el papel por un plato de suculentas lentejas (poderes autonómicos, legislativos y económicos). Pero de esa manera se convirtió necesariamente en el bufón con corbata del opresor.

Luego, como tal, se vio forzado a hacer ejercicios de prestidigitación: Arzallus cantaba ante los juzgados de Bilbao el “Eusko Gudariak” brazo y paraguas en alto, pero a la vez apoyaba el PNV la dispersión de los presos y Jaurlaritza disparaba chorros de agua contra la ikurriña que presidía una manifestación por los derechos de los presos. Mientras la gente sabía y decía que la jerarquía del PSOE estaba implicada en el montaje del GAL, el PNV firmaba con ese mismo PSOE pactos de gobierno, bipartitos y pactos “antiterroristas” de Ajuria Enea. Mientras Anasagasti pone a caldo al rey Juan Carlos, el PNV no se define ante la sucesión de Felipe VI. Ortuzar y Egibar no se cansan de decir que Bildu todavía no es suficientemente democrático (la ertzaina sí lo es) y que tiene demasiados sueños de justicia (robar Kutxabank es realismo), y ocultan que ellos quieren mantener con algún retoque el pasado Régimen de la Transición “que le llaman democracia y no lo es”, y sobre todo mantener el pasado de tiranía del mercado y de los grandes ricos amigos como BBV, Petronor, Confebasc o Kutxabank. Proponen un “estatus político” nuevo previo placet del estado, pero les molesta mencionar el nombre de Ibarretxe, y se apresuran a apoyar el TTIP que es la muerte de toda soberanía. Se las dan de eficaces gestores, pero nunca explican que en su gestión los ricos son más ricos y los de abajo más pobres. Se las dan de gestores honestos, pero honesta y legalmente hacen el expolio de convertir Kutxabank en propiedad  privada de 15 banqueros elegidos por el tandem PNV-PP-PSOE, y poco a poco van apareciendo casos de corrupción así definidos por jueces de este sistema. No es de extrañar el mutis del PNV en la denuncia de la corrupción. Tenían prisa de volver a pisar las alfombras, no vaya a salir porquería indeseable que pudiera hacerse pública.

Justamente la actitud ante el Régimen del 78, y no otra cosa fue el detonante de la escisión entre EA y PNV. Quizás, acaso, la pugna personal entre Arzallus y Garaikoetxea (¿); la discusión sobre el papel de las instituciones centrales vascas o de las diputaciones etc… se mezclaron en las discusiones – pero la explicación de fondo de la escisión entre EA y PNV es la actitud ante el Régimen del 78. Tras el Tejerazo EA entendió que estábamos ante una involución definitiva del Régimen del 78, con apoyo de todo el arco parlamentario. Era el triunfo del PSOE. EA votó en contra de la OTAN. No aceptó seguir de marionetas de un poder que considera enemigo el deseo de libertad del pueblo vasco.

Así las cosas, mientras las grietas del edificio del Régimen de la 78 se amplian y ahondan, mientras en Nafarroa se da un salto mayúsculo frente al régimen, el PNV logra un resultado exitoso en las últimas elecciones municipales y forales. También las tuvo el PP hace cuatro años. Si logramos terminar con el Régimen de la democracia falaz, ¿qué pasará con un PNV sostén fiel de ese Régimen? ¿No estaremos ante el canto del cisne? Herriaren esku dago.

Maroto, el PNV y su responsabilidad de país

jueves, 4 de junio de 2015 · 0 comentarios

Iosu Perales

El  jugador o jugadora de ajedrez, cuando mueve ficha tiene en su cabeza el ulterior desarrollo de la partida, podrá perder pero sólo así podrá ganar. Algo muy parecido sucede con los pactos y/o acuerdos postelectorales. Al hacerlos, los partidos deben calcular las consecuencias en el conjunto del territorio e incluso del país. Digo esto para reconocer que no es fácil tomar una decisión o la contraria, pues en cualquiera de los casos los balances no son únicamente positivos.

Así pues, con todo respeto al PNV y a sus decisiones, creo firmemente que en el caso de la alcaldía de Gasteiz debe prevalecer una responsabilidad de país. Los resultados de Javier Maroto parecen haber premiado una campaña que cabe calificar de sectaria y xenófoba, opuesta a la idea de cohesión social y convivencia política. Sorprende hasta cierto punto que sea así, pero sucede con frecuencia que la apelación a las bajas pasiones, a lo peor de la condición humana, al egoísmo y a la insolidaridad, da frutos electorales. Es algo que debe hacernos reflexionar sobre el estadio en que se encuentra el género humano.

Puede decirse que Maroto se ha convertido en la esperanza blanca del Partido Popular. La propia Arantza Quiroga ha reconocido tras la debacle de su partido que Maroto es justamente la nueva referencia  de su partido con la vista puesta en su recuperación. Y este es justamente el serio peligro con lo que no cabe jugar: que el discurso racista, xenófobo, de criminalización de comunidades migrantes se convierta en el vector del PP en el conjunto de la CAV en su búsqueda desesperada de un caladero de votos.
No es una exageración o una banalidad lo que planteo. Es, desgraciadamente, algo muy plausible a la vista de cómo la dirección del PP vasco ha secundado el discurso de Maroto al comprobar sus rentabilidad electoral. De tal manera, es ahora cuando hay que cortar de raíz lo que mañana puede ser un monstruo. De ninguna manera se puede jugar con esa posibilidad cierta.

Impedir que Maroto siga siendo alcalde de Gasteiz es más que una necesidad para la ciudad, que lo es. Una ciudad partida por un discurso que hace sospechosas a comunidades enteras es una mala alternativa. Hay voces como la del PSE que repiten que no desean formar un frente anti-Maroto. Es un juego de palabras. Pongamos otras como “Un acuerdo democrático para impedir el desarrollo de un discurso y una política infame”. Más allá de los títulos que se puedan poner a un acuerdo para impedir que un señor con claros rasgos de racismo siga siendo el alcalde de la ciudad, lo que importa es el fondo del problema que hay que resolver.

Problema que tiene una dimensión nacional vasca. Y es por eso que un partido como el PNV, que por su tamaño y valor electoral está llamado a velar por un país cohesionado en el que no quepan discursos y políticas generadoras de odios raciales y culturales, debe asumir su responsabilidad. Este enfoque es compatible con procurar un gobierno municipal fuerte y estable, resultado de un acuerdo democrático. Lo que no cabe es hablar de estabilidad y gobernanza y dejar la alcaldía a quien viene haciendo un discurso confrontativo, que divide gravemente a la sociedad. La pregunta ¿estabilidad para qué política? no es una mala pregunta.

Es cierto que Javier Maroto ha logrado 35.000 votos, pero es que otros 85.000 no le han votado. La mayoría amplia de la ciudad quiere y tiene derecho a un cambio. Por otra parte, el criterio de lista más votada es evidente que juega un papel muy secundario en comparación a la mayoría de suma aritmética como se está viendo nada más cerrarse las urnas. En todo caso, lo que está en juego es nada más y nada menos que evitar que la alcaldía de Gasteiz y su alcalde se conviertan en la inspiración práctica de un deslizamiento del PP vasco hacia posiciones abiertamente retrógradas, fuente de violencias contra sectores sociales vulnerables.


La posición de Maroto, por cierto, al colocar a la ciudadanía autóctona por encima de la ciudadanía emigrante a la hora de tener derechos, hace gala de un nacionalismo rancio, antidemocrático, abanderado de la desigualdad, de la injusticia y de la persecución. El suyo es un nacionalismo ario que jerarquiza a razas y culturas, al que no debe darse ni el beneficio de la duda ni la ventaja de ser la lista más votada. El PP vasco debe saber que por el camino de Maroto no alcanzará cuotas de poder. Y para dejar claro este mensaje no bastan las palabras, hacen falta hechos ejemplares.

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