¿Qué pasa con Grecia?

sábado, 18 de julio de 2015 · 2 comentarios

Joxe Iriarte, Bikila. Miembro de Alternatiba.

Ni reír ni llorar, ¡comprender! Es lo que nos han aconsejado los clásicos en los momentos donde la incertidumbre y la confusión abren las puertas a la  desmoralización, la rabia incontrolada o al llanto; o en su lado contrario, la sonrisa estúpida, arrogante y dogmática de quienes ya tenían vaticinado el fatal desenlace de los acontecimientos.

 Empezare dando la razón a Stathis Kouvelakis (miembro de la Dirección de Syriza y destacado miembro de la Plataforma de Izquierdas) al desmarcarse respecto a los que afirman “lo que hemos visto en Grecia no  nos sorprende en absoluto; se trata de la vieja historia del reformismo; la traición a la clase trabajadora.… nada nuevo, sigamos adelante”. Este punto de partida no nos permite entender un proceso harto complejo jalonado de duras batallas con una correlación de fuerzas muy desfavorable (a escala europea) aunque esta fuese diferente a nivel naciónal en Grecia.

Según nos explica Kouvelakis. “Syriza llegó al poder con un mandato popular en apariencia bastante claro y simple: romper con las políticas de austeridad y liberar al país de una deuda injusta e insostenible. Sus compromisos incluían lo que podemos denominar, según nuestra tradición, un programa transitorio, que era el programa de Tesalónica: un conjunto de objetivos sobre cómo romper completamente con la política de austeridad, tal como fue aplicada en Grecia de una manera realmente agresiva con los memorándum de los últimos 5 años. Esta estrategia se apoyaba en dos pilares. Por un lado, se basaba en una disociación de la cuestión de la deuda y la cuestión de la austeridad. En el caso de la deuda, se trataba de renegociar la deuda sobre el modelo de la conferencia de Londres de 1953 para la deuda alemana, pero sin excluir medidas unilaterales en caso de que fracasaran las negociaciones”.

Pero para ello hacia falta desarrollar un plan B (demandado por la izquierda de Syriza) como previsión ante un posible fracasó de las negociaciones. Una opción complicada, salirse de la euro zona, pero según la corriente de izquierdas “realizable, que no representa un fin en si mismo, sino la primera etapa de un proceso de transformación social, de restablecimiento de la soberanía nacional y de progreso económico que conjuntaría crecimiento y justicia social. Tal orientación sería parte de una estrategia de conjunto que se apoya en la reorientación productiva, el estímulo de las inversiones, así como la reconstitución del Estado social y del Estado de derecho”.

Expertos economistas de izquierda han afirmado que las autoridades griegas tienen la posibilidad de crear una moneda electrónica para el uso interno en el país. El gobierno podría igualmente emitir títulos en papel bajo la forma de IOY (I owe you: yo le debo), para hacer frente a la escasez de billetes en circulación.

El tema de las alternativas ha sido y es el quid a dilucidar, sobre todo frente a quienes desde el otro extremo (el posibilista)  afirman que  Tsipras ha hecho todo lo que se podía hacer y ha logrado lo máximo posible (si bien se reconoce que es muy poco frente a lo que se ha cedido) dado que la opción de abandonar el euro grupo no era de recibo.

Coincido con Eduardo Garzón cuando señala que “que el gobierno de Syriza ha preferido claudicar y aceptar las imposiciones de la troika (incluso aunque fuesen más duras que las de borradores anteriores) antes que arriesgarse a una salida del euro.”.

Claudicación, tanto menos entendible, tras la aplastante victoria del referéndum a favor del no. El pueblo griego sorprendió a Europa y al mundo respondiendo masivamente al llamamiento del gobierno y, en condiciones sin precedentes según los estándares de posguerra de cualquier país europeo, votando “no” de forma masiva a las propuestas coercitivas y humillantes de los prestamistas.

El gobierno griego ha antepuesto sus miedos a la opinión de la gente, y ha convertido la consulta popular en papel mojado. Y con ello toda su estrategia basada en la defensa de un plan antiausteridad sin salirse del euro ha terminado con un estrepitoso fracaso.

Aun así, es tremendamente difícil de defender (por no decir imposible) que el gobierno haya firmado un acuerdo que es bastante más nocivo para la ciudadanía griega que el acuerdo que esa misma ciudadanía rechazó mayoritariamente en referéndum.

Hay un debate sobre si la salida del euro debía de haber sido planteado desde el principio o haber esperado a que las condiciones madurasen. Soy de la segunda opinión. Al inicio de la andadura gubernamental no era posible plantearse tal opción dado que la mayoría de la sociedad griega no lo deseaba y el peligro de desafección era grave. Una vez que el pueblo griego se vio obligado a posicionarse  ante el chantaje de la troika (¿Si no para que se le consulto?) y voto ¡no! no quedaba mas opción que, o bien la troika abandonaba sus exigencias, o se imponía la salida. Si fuese necesario, convocando nuevas elecciones para logar una nueva mayoría en torno al "Grexit", cosa que no se dio en las anteriores elecciones.

Es de esperar una fuerte reacción social, y nos queda la esperanza que ello legitime y refuerce a la mayoría del Comité Central de Syriza, contraria a la claudicación, para obligar a Tsipras y sus partidarios a cambiar de rumbo o dimitir. Malo sería, que una vez más, se repitiese la triste historia de la imposición del líder carismático, quien para acallar su claudicación ante el enemigo, se imponga de forma antidemocrática y punitiva a quienes no están de acuerdo con él.

Lo que esta ocurriendo en Grecia supone un duro golpe para toda la izquierda trasformadora europea, tanto para sus alas más posibilistas (la dirección de Syriza y o la de Podemos) como par las más radicales (las que han venido defendiendo la salida de la euro zona) porque pueden salir más beneficiados son los sectores ultranacionacionalistas xenófobos y su versión antieuropeísta.

Por ello, urge plantearse un proyecto europeísta diferente a la de los mercaderes y sus agentes, pero que no suponga un retroceso hacia el nacionalismo de derechas.

Debe replantarse así mismo la dialéctica entre lo institucional (entendido como un frente de batalla) y el empoderamiento ciudadano o contrapoder popular movilizado y organizado en defensa de sus reivindicaciones. De tal forma que los gobiernos, además de observar respeto y obediencia a sus dictados (algo parecido al obedecer mandando que dirían los zapatistas) se basen en los mismos, para no ceder a los chantajes o extorsiones de las instituciones del capital y sus gobierno.

Por último, si lamentable es lo ocurrido en Grecia, no lo es menos, la miserable actuación de una izquierda europea (de la que formamos parte)  moralmente solidaria, pero prácticamente inútil, atónita, desmovilizada e incapaz de entender que la batalla de Grecia, igual que la del 36 en el estado español, tiene dimensiones europeas e históricas.

Declaración de la Plataforma de Izquierda de la bancada parlamentaria de Syriza

martes, 14 de julio de 2015 · 2 comentarios

En el momento crucial como el que vivimos, el gobierno de Syriza no tiene otra opción que rechazar el chantaje de las “Instituciones” [la troika constituida por el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el FMI] que quieren imponer un plan de austeridad, de desregulaciones así como de privatizaciones.

El gobierno debe declarar a las “Instituciones” y proclamar al pueblo griego que, incluso en el último momento, sin un compromiso positivo que encarne en un programa que ponga fin a la austeridad, que inyecte suficiente liquidez en la economía, impulsando la recuperación económica e incluyendo una reducción sustancial de la deuda, está dispuesto a seguir un curso alternativo progresista, que ponga en cuestión la presencia de nuestro país en la zona euro e implique el cese del pago de la deuda.

Con el fin de hacer frente a las presiones y a las exigencias inaceptables de los acreedores, el proceso que hubiese podido llevar a Grecia fuera de la zona euro en tanto empresa seria y compleja que es, el gobierno y Syriza hubieran debido prepararlo de modo sistemático. Es así que prevaleció un bloqueo trágico sobre esta cuestión tanto en el seno del gobierno como en el seno del partido, que impidió que esta tarea fuera llevada a buen término.

Mientras tanto, el gobierno puede y debe, desde ahora mismo, responder a los chantajes de las “Instituciones” colocándolas frente a una alternativa consistente en un programa sin nuevas medidas de austeridad, que proporcione liquidez y conduzca a la anulación de la deuda injusta e insostenible.:

Si las circunstancias lo exigen, el gobierno tiene la posibilidad, incluso hoy mismo –pues dispone de un mínimo de liquidez necesaria-- de poner en marcha un programa transitorio hacia una moneda nacional, que le permitiría cumplir sus compromisos con el pueblo griego, adoptando en especial las medidas siguientes:
1) Una reorganización radical del sistema bancario, su nacionalización bajo control social y su reorientación hacia objetivos de crecimiento.

2) Un rechazo absoluto de todo tipo de austeridad presupuestal (ya sea bajo la forma de excedentes primarios o de presupuestos equilibrados) con el fin de responder de manera eficaz a la crisis humanitaria, de satisfacer las necesidades sociales, de reconstruir el Estado social y de sacar a la economía del círculo vicioso de la recesión.

3) La puesta en práctica de las primeras medidas que conduzcan a la salida del euro, así como la anulación de la mayor parte de la deuda. Existe un margen de maniobra que puede conducir a un nuevo modelo económico orientado a la producción, el crecimiento así como a un cambio de la relación de fuerzas social que beneficiaría a los trabajadores y a las clases populares.

En las condiciones presentes, la salida de la zona euro es un proceso difícil pero realizable, que permitirá al país avanzar sobre un curso diferente, lejos de las medidas inaceptables que representa el plan Juncker.

Debemos poner el acento sobre el hecho de que la salida del euro no representa un fin en si mismo, sino la primera etapa de un proceso de transformación social, de restablecimiento de la soberanía nacional y de progreso económico que conjuntaría crecimiento y justicia social. Tal orientación sería parte de una estrategia de conjunto que se apoya en la reorientación productiva, el estímulo de las inversiones, así como la reconstitución del Estado social y del Estado de derecho.

Frente a la actitud intransigente de los acreedores, cuyo objetivo es llevar al gobierno de Syriza a la capitulación total, la salida del euro es una elección justa tanto desde el punto de vista político como ético.
Esta salida, ciertamente significa un curso que implica una confrontación con poderosos intereses tanto al nivel nacional como internacional. Es por ello que el factor más importante en la resolución de las dificultades que surgen y surgirán es la determinación de Syriza de poner en práctica su programa.

Con el fin de precisar esta perspectiva, enumeramos a continuación algunos aspectos positivos de una salida del euro:

* El restablecimiento de la soberanía monetaria, que significa automáticamente la recuperación de la capacidad de inyectar liquidez en la economía. No hay otra forma de romper el dominio del BCE sobre Grecia.

* La elaboración de un plan que se apoye en la inversión pública, que no impedirá por otra parte el desarrollo paralelo de la inversión privada. Grecia tiene necesidad de un relación nueva y productiva entre los sectores público y privado para emprender la vía de un desarrollo duradero. La realización de un proyecto así pasa necesariamente por el restablecimiento de la liquidez aparajeda con el ahorro nacional. 

* La reconquista del mercado interno y la retracción de las importaciones redimensionarán y reforzarán el papel de las PME, que siempre han constituido la palanca fundamental de la economía griega. Al mismo tiempo las exportaciones serán estimuladas por la introducción de una moneda nacional.

* El estado se librará de la coraza de la Unión Económica y Monetaria (UEM) en materia de políticas fiscal y monetaria. Podrá estar en posición de aligerar sensiblemente el peso de la austeridad sin que al mismo tiempo se restrinja el suministro de liquidez. Esta política le permitirá al Estado también adoptar medidas de justicia fiscal y de redistribución de la riqueza y los ingresos.

* La recuperación del crecimiento acelerado después de los primeros meses difíciles. Los recursos inactivos como consecuencia de siete años de recesión podrán ser rápidamente movilizados con el fin de eliminar la desastrosa política de los memorándums, a condición de disponer de la liquidez suficiente, así como del estímulo de la demanda. Todo ello hará posible la disminución sistemática de la tasa de desempleo y un aumento de los ingresos.

Finalmente, al dejar la UEM Grecia no será menos europea, sólo seguirá un curso diferente al que siguen los países centrales de la UE, una opción que ya es de hecho seguida desde hace tiempo por una serie de países como Suecia o Dinamarca. No solamente la salida de la UEM no aislará a nuestro país, sino al contrario, nos permitirá desempeñar un nuevo papel en la escena internacional; un papel basado en la independencia y la dignidad, bien lejos de la posición de paria insignificante, que nos han impuesto las políticas neoliberales de los memorándums.

El proceso de la salida del UEM exige evidentemente una legitimidad política y un apoyo popular. El referéndum mostró la voluntad del pueblo de rechazar de una vez por todas la austeridad, desafiando con decisión los obstáculos erigidos en el camino por las élites nacionales e internacionales.

Es claro en el momento actual que nuestro gobierno ha sido puesto fuera del euro en razón del rechazo definitivo, de parte de la Unión Europea, de la aceptación de las propuestas razonables al respecto de un aligeramiento de la deuda, del fin de la austeridad y del rescate de la economía y la sociedad griegas, como lo ha demostrado el nuevo ultimátum enviado en la secuela del referéndum.

Discurso del Papa Francisco en el II EMMP

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Papa Francisco

Expo Feria, Santa Cruz de la Sierra (Bolivia).Jueves 9 de julio de 2015

Hermanas y hermanos, buenas tardes.

Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y en mis oraciones. Y me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.

Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz, que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.

Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: las famosas tres “t”, tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.


1. Primero de todo. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, también de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:

—    ¿Reconocemos, en serio, que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?

—    ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?

Entonces, si reconocemos esto, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.

Ustedes –en sus cartas y en nuestros encuentros– me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de exclusionesNo están aisladas, están unidas por un hilo invisible. ¿Podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que esas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que ese sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?

Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.

Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y de la indiferencia.

Quisiera hoy reflexionar con Ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Ustedes saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir- redentor. Porque lo necesitamos. Sé que Ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.

El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace ya desde mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la tierra, a los pueblos y a las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea –uno de los primeros teólogos de la Iglesia- llamaba “el estiércol del diablo”. La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es “el estiércol del diablo”. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común, la hermana y madre tierra.

No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.

¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas? Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de “las tres t”, ¿de acuerdo? (trabajo, techo y tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!


2. Segundo. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: “proceso de cambio”. El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Hay que cambiar el corazón. Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar procesos y no por ocupar espacios. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por “vivir bien”, dignamente, en ese sentido.

Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos “rostros y esos nombres” se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos, todos nos conmovemos… Porque “hemos visto y oído”, no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.

Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas, ya desde Buenos Aires, y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata. Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a “las tres t”: tierra, techo y trabajo.

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