La vieja España no quiere cambiar

jueves, 31 de diciembre de 2015 · 0 comentarios

Borja de Riquer i Permanyer

Por julio del año 1937, en plena Guerra Civil, Pere Bosch Gimpera pronunció en la Universitat de València un lúcido discurso sobre la necesidad de revisar el concepto de España, dado que la persistencia de su versión más ortodoxa había sido un factor de graves tensiones políticas. Hacía falta, según Bosch, hacer una modificación sustancial de la historia y de la idea de España y aceptar la existencia de un conjunto de pueblos variados que las superestructuras políticas siempre habían escondido.

Bosch era historiador y político y conocía perfectamente que la idea de nación era un producto intelectual creado con la pretensión de cohesionar sentimientos identitarios y proyectos de futuro que necesitaba de un discurso histórico para justificarse y arraigar. Y sabía que, en el caso español, se había construido una historia ortodoxa de matriz castellana que primero quiso ignorar la existencia de pueblos con personalidad propia, y después, cuando algunos de ellos pre­tendieron “cristalizar políticamente”, se negó a aceptarlos.

Los últimos 75 años, y en buena parte condicionados por la experiencia de la Guerra Civil y la dictadura franquista, los historiadores y los políticos españoles han tenido que enfrentarse con el concepto de España. Pero así como entre los primeros, con no pocas disputas, se han ido imponiendo visiones abiertas sobre “la invención” de la nación, entre los políticos, en cambio, nunca ha habido un ­debate sincero sobre la idea de España. Para ellos, esta temática forma parte de las creencias, de aquellas “verdades” que se tienen que aceptar e imponer como algo incuestionable. La realidad es que los políticos, desde la transición hasta ahora, nunca han querido revisar a fondo el concepto de España fabricado por la ortodoxia nacionalista conservadora a finales del siglo XIX. De hecho, casi todos se han identificado más con la tesis esencialista de Cánovas del Castillo –“ España, obra de Dios o de la naturaleza”– que no en la visión positivista de Pi i Margall.

La creación del Estado de las autonomías tendría que haber significado un incentivo para modificar el concepto y buscar una alternativa en la nación única, heredada del franquismo y del jacobinismo liberal. Pero entonces sólo se divulgó la bienintencionada tesis de la nación de naciones, que nunca fue desarrollada conceptualmente ni encontró ninguna resonancia política. (Josep Pulido)

Por el contrario, el artículo 2 de la Consti­tución del 1978 significó una contundente reafirmación en la visión más­ ortodoxa del nacionalismo español.

Durante los años ochenta y noventa los socialistas españoles abandonaron la reflexión crítica sobre el pasado para centrarse obsesivamente en defender la normalidad europea del itinerario histórico español. Y cuando se produjo la contraofensiva nacionalista de Aznar, a partir de 1996, con aquella segunda transición que tenía que corregir “los excesos autonomistas e izquierdistas” de la primera, las izquierdas fueron incapaces de reaccionar. Aznar recuperaba “la verdad” de la nación española configurada en tiempos remotos. Aquello era el nacionalismo español desacomplejado, frente al cual los socialistas sólo supieron refugiarse en la tradición jacobina y apoyar a la derecha. No dejaba de ser una curiosa ironía que los que no habían querido construir un nuevo concepto de la España del siglo XXI en cambio defendieran la necesidad de construir una nueva idea de Europa.

El año 2006, Pasqual Maragall, con el nuevo proyecto de Estatut protagonizó, tal vez, el único intento serio de modificar aquella vieja idea de España. Recordad sus palabras: “Con el Estatut en la mano, ahora vamos a cambiar España. No vamos a inventar una nueva Catalunya, que es más vieja que España, sino que vamos a intentar inventar una nueva España”. Este era un elemento sustancial de la propuesta maragalliana: desde Catalunya se intentaba ir hacia la idea de una España plural que reconociera las diferencias identitarias existentes. Pero a Maragall lo dejaron solo. No lo apoyó, por supuesto, el PSOE, ni buena parte del mismo PSC. La derecha, evidentemente, sacó toda su artillería esencialista para atacarlo, mientras que gran parte de los nacionalistas catalanes hacían ver que aquello no iba con ellos.

Lo que ha pasado los últimos cinco años no ha sido más que la confirmación de esta incapacidad intelectual de los políticos españoles para abordar con valentía esta cuestión. Pese al callejón sin salida del Estado de las autonomías y la rebelión catalana, los dirigentes del PP, del PSOE y de Ciudadanos persisten en no considerar necesario renovar el concepto de España para adaptarlo a la realidad: la vieja visión ortodoxa y esencialista ya les va bien.

No debe extrañar, así, que los resultados de las elecciones del día 20 evidencien que la mayor parte de los catalanes quieren decidir el futuro por su cuenta y que incluso un sector significativo de ellos opte por una vía propia al margen de España. La famosa “ conllevancia” predicada por Ortega ya se ha acabado.

Cinco argumentos a favor del decrecimiento

domingo, 13 de diciembre de 2015 · 0 comentarios

El decrecimiento es un “concepto misil” que abre el debate silenciado debido al irrefutable consenso que existe en torno al desarrollo sostenible.

Giorgos Kallis

El desarrollo sostenible y su reencarnación más reciente, el crecimiento verde, prometen la imposible hazaña de continuar el crecimiento económico sin dañar el medioambiente. Los defensores del decrecimiento, a diferencia, no pretenden apostar por un desarrollo mejor ni más verde, sino idear y aplicar una visión alternativa al desarrollo moderno basada en el límite al crecimiento.

El decrecimiento hace vacilar la mirada de sentido común que ve al crecimiento como algo bueno. Como decía la autora estadounidense de ciencia ficción, Úrsula K. le Guin, se trata de “obstaculizar con un cerdo la vía del tren que nos lleva a un futuro de una única dirección, el crecimiento.” O, dicho de otra forma, el decrecimiento es un “concepto misil” que abre el debate silenciado debido al irrefutable consenso que existe en torno al desarrollo sostenible.

1. El decrecimiento es subversivo

La primera crítica común contra el decrecimiento es que este representa un punto de vista pesimista y limitado –más una pesadilla que un sueño–. Pero esto depende de la perspectiva personal. Para los 3 500 participantes que asistieron a la última conferencia sobre el decrecimiento, el crecimiento es una pesadilla, el decrecimiento, un sueño. El crecimiento tiene más coste social que beneficios, como documentó Herman Daly, y es actualmente anti-económico. Nos acerca al desastre climático como muestran Kevin Anderson y Naomi Klein Siendo así, ¿por qué tendríamos que proteger las ideas de crecimiento como si se tratara de una visión optimista?

Principalmente por dos razones. La primera que el decrecimiento asusta a mucha gente que aún cree que el crecimiento es beneficioso. La segunda porque el decrecimiento es políticamente ‘imposible’. Muchos dicen que no se puede hablar de decrecimiento en medio de una crisis.

Si nuestro papel como científicos y educadores fuera complacer a la opinión pública y satisfacer a aquellos que están en el poder, la tierra seguiría siendo plana. El decrecimiento, tal y como lo plantea Serge Latouche, es una afirmación secular contra el dios del Crecimiento. El crecimiento ha sustituido a la religión en las sociedades modernas, dando así sentido a todos los esfuerzos colectivos. El decrecimiento está pensado para ser subversivo. El decrecimiento modifica la percepción de los bueno y la percepción de los malo. En un principio, puede que el término “decrecimiento” no suene bien en una u otra lengua. Entonces, el objetivo es hacer que suene bien. A juzgar por un artículo reciente en The Guardian, que sostiene que el decrecimiento es una “palabra preciosa”, los defensores del decrecimiento lo están consiguiendo.

El decrecimiento no es un objetivo final. La “economía solidaria”, los “bienes comunales” o la “conviencialidad” son visiones optimistas impulsadas por la comunidad defensora del decrecimiento. Aun así, si este futuro llega, vendrá acompañado de una reducción drástica en la extracción de materiales y energía, junto con una “forma de vida” que se simplificará de forma radical. El obstáculo principal en el camino hacia una Gran Transición de este tipo es la obsesión por el crecimiento. Vencer el miedo al decrecimiento y revertir la aprensión a vivir con menos en alegría, es un primer paso.


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