Alepo, la tumba de la izquierda

viernes, 23 de diciembre de 2016 · 0 comentarios

Al aceptar un falso yugo geoestratégico y sin entender el nuevo desorden global, se ha entregado el pueblo sirio a un dictador asesino, a la Rusia de Putin, al Irán de los ayatolás, al Estado Islámico y a las teocracias del Golfo.

Santiago Alba Rico *
Para matar a gran escala, lo sabemos, hay que mentir y además insultar y despreciar a las víctimas. Eso es lo que hizo EEUU en Iraq o lo que ha hecho siempre Israel en Palestina. Toda la izquierda compartió en 2003 esta denuncia al lado de la gente normal y decente; y se indignó y se condolió al lado de la gente normal y decente tras los bombardeos de Bagdad o de Gaza.

Pues bien, ocurre que eso que tanto nos duele y enrabieta cuando son EEUU o Israel los verdugos se ha convertido en la rutina mental de la izquierda en su relación con Siria. Hemos aceptado mentir a gran escala para que el régimen de Asad y sus aliados ocupantes —Rusia, Irán y Hezbollah— maten a gran escala; y al hacerlo no sólo hemos abandonado y despreciado a las víctimas, sino que nos hemos separado de la gente normal y decente. Una buena parte de la izquierda mundial se ha situado, en efecto, al margen de la ética y al lado de los dictadores y de los muchos imperialismos que doblegan la zona. En una Europa en la que crece el neofascismo –y el terrorismo islamista— a velocidad acelerada, este nuevo error, sumado a tantos otros, nos puede costar muy caro.

Para permitir a Asad matar a gran escala ha hecho falta mentir mucho: ha hecho falta negar que el régimen sirio fuera dictatorial y afirmar, aún más, que es antiimperialista, socialista y humanista; ha hecho falta negar que hubo una revolución democrática muy transversal, no sectaria, en la que participaban millones de sirios, muchos de ellos de izquierdas, que no se reconocían en una dirección o un partido (una especie de 15M gigantesco cristalizado en Consejos y Coordinadoras Locales); ha hecho falta negar la represión brutal de las manifestaciones, las detenciones, las torturas, las desapariciones; ha hecho falta negar la legitimidad del Ejército Libre Sirio (ELS); ha hecho falta negar los bombardeos con barriles de dinamita y el uso de armas químicas por parte del régimen; ha hecho falta negar o justificar los bombardeos masivos de la Rusia de Putin; ha hecho falta negar la tolerancia de todos (Asad, Rusia, Irán, EEUU, Arabia Saudí, Turquía) hacia el crecimiento del ISIS; ha hecho falta negar la ocupación iraní de Siria; ha hecho falta negar el imperialismo ruso y su excelente relación con Israel; ha hecho falta negar la indiferencia errática de EEUU, que sólo ha intervenido para dejar el paso libre al mismo tiempo al régimen sirio y a Arabia Saudí; ha hecho falta negar el embargo de armas, que ha dejado la rebelión en manos de los sectores más radicales, tan contrarrevolucionarios como el propio régimen; ha hecho falta negar la existencia de manifestaciones simultáneas contra Asad y contra el ISIS (u otras milicias yihadistas) en pueblos y ciudades destruidos y asediados; ha hecho falta negar la ausencia del ISIS en Alepo, expulsado por el ELS en 2014; ha hecho falta negar el sufrimiento y terror de la población alepina bajo asedio; pero ha hecho falta –lo peor— negar el heroísmo, el sacrificio, la voluntad de lucha de miles de jóvenes sirios que se parecen a nosotros y quieren lo mismo que nosotros; ha hecho falta –aún peor y peor— despreciarlos, calumniarlos, insultarlos, convertirlos en terroristas, mercenarios o enemigos de la “libertad”.

Nunca la izquierda, frente a una revolución popular, se ha comportado de un modo tan innoble: no sólo no se ha solidarizado con ella ni —una vez derrotada— ha honrado a sus héroes y lamentado el desenlace, sino que les ha escupido en la cara y ha celebrado su muerte y su derrota. Coherentes con este negacionismo típicamente imperialista (o estalinista) se ha situado al lado de la extrema derecha europea y ha reprimido además las movilizaciones en nuestras ciudades, criminalizando para colmo a la izquierda sensata que, al lado de la gente normal y decente, ha denunciado los crímenes de Asad y sus aliados sin dejar de denunciar asimismo los de Arabia Saudí, Turquía y EEUU ni –por supuesto— el fascismo intolerable, en todo equivalente al del régimen, del ISIS o del Frente-al-Nusra.

Como dice el comunista Yassin Al Haj Saleh, preso 16 años en las cárceles del régimen y uno de los más grandes intelectuales vivos, Siria revela el estado de la vieja izquierda y certifica su muerte. Cuando hace seis años estalló una revolución democrática mundial cuyo epicentro fue el “mundo árabe”, la izquierda no estaba preparada ni para protagonizarla ni para aprovecharla; ni siquiera para entenderla. Hoy, cuando las contrarrevoluciones victoriosas extienden las redivivas “dictaduras árabes” a EEUU y Europa, la izquierda ha quedado fuera de juego como resistencia y como alternativa. Incomodados o molestos, todos los actores abandonaron o combatieron a las fuerzas democráticas sirias y todos –gobiernos, organizaciones fascistas y partidos comunistas— han acabado por coincidir en el relato del “mal menor” que condena a Siria a la dictadura eterna, a la región a la violencia sectaria y a Europa al terrorismo sin fin.

Esta teoría del “mal menor” (¡mal menor el asesino de cientos de miles de sirios, bombardeados, torturados o desaparecidos!) ha sido la matriz histórica de esa “estabilidad” regional, opresora y mortal para los pueblos, que justificó durante la segunda mitad del siglo XX el apoyo occidental a todas las dictaduras de la zona. Tras una revolución malograda, ese modelo del siglo pasado vuelve ahora con ferocidad redoblada, embragado y lubricado por un sector de la izquierda que aplaude y se entusiasma con “la gran victoria” de Bachar Al Asad; un modelo hasta tal punto perteneciente al siglo pasado que se diría que algunos la viven –esa “gran victoria”— como si, 25 años después y gracias a Putin, la URSS hubiera ganado finalmente la Guerra Fría. Una cosa es segura: los que la han perdido también esta vez, en Siria y en Europa, y en Rusia y en América Latina, son la democracia y la justicia, las únicas soluciones posibles frente a los autoritarismos, los imperialismos y los fascismos —yihadistas o pardoeuropeos—, hermanos trillizos que van ganando terreno sin resistencia, que se reclaman recíprocamente y que, por tanto, sólo podrán ser vencidos si se los combate al mismo tiempo.

¿Cómo definir esas “revoluciones árabes” que hoy mueren definitivamente en Alepo con la complicidad del yihadismo y la complacencia de la amplia alianza internacional, de derechas y de izquierdas, volcada contra Siria? Esas revoluciones fueron, sobre todo, una revuelta contra el yugo de la geopolítica que mantenía congeladas, como bajo el ámbar, las desigualdades y resistencias de la zona desde hacía al menos 70 años. En un mundo de relaciones de fuerza desiguales entre naciones-Estado, la geopolítica impone siempre límites a toda política emancipatoria de izquierdas. La geopolítica –es decir— no es de izquierdas y, si hay que tomarla en cuenta para hacer mínimos progresos realistas frente a los imperialismos y en favor de la soberanía, no podemos llegar al punto de contradecir los principios elementales asociados al carácter universal de toda ética de la liberación: eso que antes se llamaba “internacionalismo”, cuyo impulso es necesario recuperar en una versión no-identitaria y democrática.

El llamado “mundo árabe” (que es kurdo y amazigh y bereber y tubu, etc.) es el ejemplo más doloroso de una entera región, rehén de sus propias riquezas petroleras, sacrificado al interés común de potencias y subpotencias en liza: la así llamada “estabilidad”. Cuando los pueblos de la zona se rebelaron en 2011 contra este “equilibrio” monstruoso, sin pedir permiso a nadie y al margen de todos los intereses inter-nacionales, la geopolítica les cayó encima, como una camisa de fuerza, y la izquierda corrió, al lado de sus enemigos, a anudarle las mangas y apretarle los botones de hierro.

En un contexto en el que la hegemonía de los EEUU se debilita, en el que otras potencias igualmente imperialistas se independizan de su hegemonía para imponer sus propias agendas y en el que el campismo de la 2ª mitad del siglo XX es sustituido por un avispero de intereses reaccionarios contrapuestos muy parecido al de la 1ª Guerra Mundial –también porque no hay ahí ni una sola fuerza o proyecto anticapitalista o emancipador— la izquierda, sin entender nada del “nuevo desorden global” ni de su musculatura reaccionaria, se ha precipitado a entregar el pueblo sirio, atado de pies y manos, a un dictador asesino, a la Rusia de Putin, al Irán de los ayatolás y, de paso, al Estado Islámico y a las teocracias suníes del Golfo. Es decir, a lo que muy justamente Pablo Bustinduy ha llamado “la geopolítica del desastre”. No lo hace ahora y en nombre del “mal menor” (¡Franco y Pinochet un mal menor!). Molesta y desbordada por esas intifadas populares que no entendía (salvo un puñado de “trotskistas” que eran “trotskistas” sólo porque sí las entendían y las apoyaban), la izquierda mundial reaccionó desde el principio de la misma manera que los gobiernos y la extrema derecha: apoyando a los dictadores. Para los imperialistas eso no ha supuesto jamás un problema (“nuestros hijos de puta”) pero sí debería plantear alguno a la gente que se dice “de izquierdas”, que han acabado por renunciar a comprender el mundo al tiempo que a sus principios éticos y políticos. Para abandonar a nuestros afines sobre el terreno, apoyar a sus verdugos y dejar matar a gran escala, decíamos, ha hecho falta deshacerse de la verdad y someterse a los mismos clichés culturalistas, racistas e islamófobos de la peor derecha europea.

Apostando por un esquema geopolítico superado que impide abordar el “nuevo desorden global”, la izquierda ha abandonado, en efecto, sus principios éticos a cambio de nada; o, mejor dicho, para favorecer así el regreso, en versión expandida y agudizada, de las dictaduras, los imperialismos y los yihadismos. Este gran éxito geoestratégico se ha alcanzado a costa de aceptar una triple contradicción, incompatible con la universalidad de la ética de la liberación y brutalmente occidental y orientalista.

Aceptar este yugo geoestratégico –por lo demás ilusorio y mal fundamentado— supone, en primer lugar, declarar sin vergüenza que un madrileño tiene derecho a combatir una monarquía insuficientemente democrática y un bipartidismo corrupto y a desear, sin arriesgar la vida, más democracia y más justicia social para su país mientras que un sirio debe en cambio soportar una dictadura que lo encarcela, lo tortura y lo asesina y renunciar a todo atisbo de democracia y de justicia social.

Aceptar este falso yugo geoestratégico supone, en segundo lugar, declarar también que es mucho más grave que encarcelen a Andrés Bódalo en España que a Yassin Al Haj Saleh o a Salama Keile o a Samira Khalil, todos comunistas, en Siria; o que es mucho más grave la detención de unos titiriteros o el procesamiento de un concejal en Madrid que el asedio por hambre y el bombardeo de un entero país.

Aceptar este falso yugo geoestratégico supone, finalmente, reclamar con toda naturalidad el derecho de los españoles (o los latinoamericanos) a decidir si y cuándo y de qué manera pueden rebelarse los “árabes” contra sus dictadores. Los sirios, al parecer, deben hacer lo que les indique desde fuera una izquierda que se ha revelado impotente, inútil y ciega en sus propios países. Eso implica, además, vivir como una amenaza, y no como una esperanza, la voluntad democrática y las luchas sociales de los otros pueblos: los que luchan en condiciones más difíciles por lo mismo que nosotros se convierten no en compañeros sino en enemigos, no en valientes afines con los que hay que solidarizarse sino en criminales “terroristas”, ese término que tan justamente denunciamos o relativizamos cuando lo utilizan nuestros jueces o nuestros gobiernos “imperialistas”.

Una buena parte de la izquierda árabe, europea y latinoamericana –en resumen— ha sacrificado el internacionalismo a un orden geoestratégico en el que los pueblos y sus luchas democráticas no tienen ya ningún amigo y en el que, fuera de juego y en claro retroceso, esa izquierda ha dejado avanzar sin resistencia, ahora en todo el mundo, los regímenes contra los que se alzaron los “árabes” en 2011. No hemos comprendido nada, no hemos ayudado nada, hemos entregado al enemigo todas las armas, incluso la conciencia. La democracia retrocede desde Siria en todo el planeta. Alepo es, sí, la tumba de los sueños de libertad de los sirios, pero también la tumba de la izquierda mundial. Justo cuando más la necesitamos.

* Santiago Alba Rico es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. El último de sus libros se titula Leer con niños

Y en eso se fue Fidel

miércoles, 30 de noviembre de 2016 · 0 comentarios

Santiago Alba Rico *

Ha habido que esperar al año 2016 para que acabara el siglo XX. Ocurrió ayer, cuando Fidel Castro, el Comandante inmortal de la revolución cubana, libró y perdió su última batalla -como cumple a todo ser humano- a los 90 años de edad. Desde 2006 no era ya presidente de su país y desde 2010 tampoco máxima autoridad del ejército: en esa fecha se ascendió a sí mismo a “soldado de las ideas”. Pasó los últimos años retirado de la vida pública leyendo periódicos sin parar, obsesionado por el destino de la humanidad como especie. A los 90 años, genio o jardinero, ministro o camionero, uno se convierte irremediablemente en un “abuelito”. Con más memoria en su cabeza que algunos ordenadores y más historia en su cuerpo que muchas bibliotecas, Fidel tenía, sí, preocupaciones de “abuelito” planetario y, retirado del ejercicio directo del poder, volcado en sus “reflexiones”, había ido alejándose de la geopolítica, cuyos arcanos manejó como ningún otro estadista del siglo pasado, para concentrar toda su atención en la amenaza nuclear, el cambio climático y los progresos de la ciencia. La última vez que lo escuché en La Habana cerró su intervención en tono apocalíptico y, al mismo tiempo, combativo: “Si a la Humanidad le quedan diez años, habrá que ponerse a luchar, no a llorar”.

Fidel encabezó una revolución “clásica” del siglo XX y, en las condiciones más adversas, mientras América Latina sucumbía al imperialismo estadounidense y a sus dictaduras ancilares, logró superar invasiones y bloqueos para dejar ahora, 58 años después, una Cuba descascarillada, pero viva, que duda entre el abandono y la revisión de su legado. Por el camino han quedado algunas contradicciones económicas y políticas mal resueltas en medio de una historia de dificultades, alivios y tropiezos: el cepo soviético y la crisis de los misiles, el “quinquenio gris” y su represión cultural (1971-1975) , el hundimiento económico del “período especial” (1991-1994), las crisis migratorias, el providencial gobierno de Chávez en Venezuela, la doble moneda, los “lineamientos económicos” que reintrodujeron en 2010 las relaciones de mercado, el retorno de miles de cubanos que habían abandonado el país, las reformas de consecuencias imprevisibles conducidas por la misma clase dirigente que hizo la revolución y a espaldas de esas nuevas generaciones que reclaman protagonismo, el restablecimiento -en fin- de relaciones diplomáticas con EEUU, hito inseparable de muchas promesas y muchas amenazas. La gran victoria de Fidel ha sido la supervivencia de Cuba a 58 años de acoso imperialista, una victoria rubricada en la última Asamblea General de las Naciones Unidas, donde por primera vez no hubo un solo voto -ni siquiera el de Washington- a favor del bloqueo. Fidel, que sobrevivió a 11 presidentes estadounidenses, ha visto cómo se debilitaba, al mismo tiempo que su salud, la hegemonía mundial del gigante imperialista que ha marcado la vida, en la isla y en Miami, de varias generaciones de cubanos.

El siglo XX acabó ayer y Fidel -junto con Lenin y Churchill– constituye sin duda su figura más señera e influyente. Nunca un país tan pequeño habrá dejado tanta huella en el mundo a través de un solo hombre. Nunca un anciano superviviente en mil refriegas habrá dejado a sus espaldas tanta admiración y tanta nostalgia, como si fuera -en la estela del Che o de Camilo Cienfuegos– un joven héroe precozmente muerto en la batalla. El siglo XX de la descolonización, de la dignidad recuperada del llamado Tercer Mundo, de las luchas anti-imperialistas, no puede entenderse sin él. Fidel es para América Latina lo que Mandela para África, lo que Ho Chi Min para Asia, lo que Nasser para el mundo árabe y, si los sobrevivió a todos ellos, su sombra se alarga también más lejos. Si miramos hacia atrás desde la exacta y tramposa perspectiva de la hamaca sin tiempo, podemos señalar los errores y las limitaciones, pero nadie con un mínimo de decoro -ese sustantivo tan martiano- podrá negar, repasando algunas acciones decisivas, que esas acciones estuvieron “bien” (como pensó Dios del mundo recién creado) o que, de haber estado vivos y con conciencia en esa época, también nosotros las hubiéramos celebrado, acompañado o apoyado: había que estar en el Moncada, había que estar en Sierra Maestra, había que estar en Playa Girón; y había que estar, luego, en la lucha contra el apartheid en África y en las misiones médicas del Sáhara, de Venezuela o de Pakistán; y había que estar siempre en la resistencia contra el bloqueo y sus crímenes cotidianos; y en la defensa cotidiana de la sanidad y la educación. Con esa mampostería Fidel levantó en la isla un asidero para la utopía, un rompeolas contra el imperialismo y una humanísima chapuza social. Su grandeza tiene que ver con su resistencia frente a un enemigo omnipotente; y también con su capacidad para convertir su pequeño país, a veces a expensas de su propia gente, en un ejemplo “universal” para todos los pueblos sufrientes del mundo. Sin Fidel y sin Cuba hay ciertas cosas que no se podrían ni siquiera haber pensado: la legitimidad de la rebelión, la dignidad de los subalternos, la soberanía de los pequeños. Más que el Fidel real, de una astutísima inteligencia bien ceñida a la orografía de la Guerra Fría, fue esta hormigueante mirada desde abajo -de los que luchaban y luchan por la soberanía- la que lo convirtió en una leyenda viva y, a los ojos de EEUU, en una amenaza que había que destruir. Cuba, con su ejército de médicos y su arsenal de vacunas solidarias, siempre fue mucho más amenazadora para EEUU que al revés. Es Obama quien ha comprendido por fin -a la espera del imprevisible Trump- que unos EEUU debilitados sólo pueden vencerla con turistas y no con misiles.

La victoria de Fidel, ya imborrable, es la inversión de las proporciones: la hazaña de llegar a ser el más grande representando a los más pequeños, el más duradero representando a los más frágiles. Fidel, sin embargo, también fracasó. Su fracaso tiene que ver con la construcción fallida de un “hombre nuevo” que necesitaría dormir y comer tan poco como él, que correría tan deprisa como él y que soportaría, como él, todos los sacrificios. Buena parte del pueblo cubano lo adoraba y lo admiraba -lo adora y lo admira- pero no se parece a él. Bajo su mando Cuba construyó, eso sí, una vanguardia admirable de atletas morales -militantes e intelectuales- que, como me decía en una ocasión el gran periodista Enrique Ubieta, habían asumido la tarea “agobiante” de conciliar un “ideal” con la defensa de un Estado “real” siempre en peligro. Esa tensión es admirable, pero imposible en el tiempo, y más en condiciones de subdesarrollo económico y agresión exterior; y de la mano de una burocracia entrometida y “vieja” (en edad y en concepción). Fidel fracasó, como no podía ser de otro modo, a la hora de resolver esa paradoja eterna que el helenista marxista Luciano Canfora señalaba en uno de sus libros: “el impulso revolucionario no se transmite, ni por vía genética ni por vía pedagógica. Simplemente se pierde. Ya que la experiencia a lo sumo se puede explicar, pero no transmitir: es individual e irrepetible. Cuando obstinadamente se intenta prolongar por vía pedagógica su vitalidad de generación en generación, muy pronto esa pedagogía es percibida como retórica y, por tanto, rechazada”. Fidel siguió creyendo que todo era cuestión de pedagogía y de ejemplaridad y fue incapaz por eso mismo de imaginar una Cuba revolucionaria sin revolucionarios. Una cuba revolucionaria sin tutela fundacional. Una Cuba revolucionaria sin él. Para Cuba, podemos decir, el problema ha sido paradójicamente que, en la tensión entre el Ideal y el Estado, Fidel impuso muchas veces el “ideal” sobre el Estado.

Después de aguantar cincuenta años Fidel fue el primero en darse cuenta de que lo único que habían hecho en cincuenta años era eso: aguantar. No es poco; y es mucho -y hasta una proeza política y moral- a 120 millas de Florida y en medio del naufragio del continente. Pero en su famoso discurso de noviembre de 2005 en la Universidad de la Habana Fidel se atrevió a decir lo que otros escamoteábamos o amagábamos: que aún no tenemos ni idea de qué es eso del “socialismo”. Fidel se ha muerto sin haber hecho el socialismo y sin decirnos cómo se hace el socialismo. Sabemos lo que es el capitalismo, el fascismo, el racismo, el patriarcado, pero no el socialismo. Su revolución fue del siglo XX y no se puede repetir. Nos legó un ejemplo pero no un sistema. Deja huérfanos incluso a sus enemigos en un mundo en el que Cuba, en pleno reflujo de América Latina y del planeta entero, no es ya el modelo. Lo jodido es que tampoco tenemos otro. Urge, pues, articularlo y proponerlo, recordando quizás la formulación sintética que precisamente un gran historiador cubano, Julio César Guanche, defensor hasta la crítica de su revolución, nos propone en uno de sus libros: “la posibilidad de desplazar la «política» hacia el mundo de la  distribución democrática de la economía contra la explotación del trabajo y contra la monopolización de fuentes materiales de existencia social y personal y hacia la distribución democrática de la propia «política» a favor de la acumulación de poder popular ciudadano contra la acumulación de cualquier tipo de poder burocrático y/o mercantil”. A esto lo llamo «socialismo», pero otras personas pueden llamarlo simplemente «democracia»”. En Cuba, en España, en EEUU, en Siria, seguir esa senda -llamémosla “democracia”- será la mejor manera de recordar a Fidel y mejorar su legado. Hasta siempre, Comandante.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.

“Estado de Derecho: Entre Cuba y el mundo”: Carlos Fernández Liria

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La pupila insomne

Supongo que todos estaremos de acuerdo en que no basta con que la Constitución diga que hay Estado de Derecho para que admitamos que, en efecto, lo hay. Fundamentalmente, decimos que una sociedad está en Estado de Derecho cuando en ella hay una división de poderes, es decir, cuando el poder que legisla, el poder que juzga y el poder que gobierna son independientes entre sí, de modo que, por ejemplo, el gobierno puede ser llevado a los tribunales para ser juzgado con arreglo a unas leyes que no han hecho ni jueces ni gobernantes.Pero esto es una cosa que decimos, igual que puede decirlo la Constitución. Lo difícil no es estar más o menos de acuerdo con esa definición. Lo difícil es averiguar lo que ponemos en juego para distinguir una sociedad que dice estar en estado de Derecho, de una sociedad que efectivamente lo esté. Así por ejemplo, en el 17 de abril de 1989, Pinochet declaró que Chile ya estaba lo suficientemente maduro para volver a ser un Estado de Derecho, que él ya había matado a suficientes marxistas, comunistas e izquierdistas y, que, por tanto, ya podían convocarse elecciones sin peligro de que ganaran las izquierdas, aunque, desde luego –advirtió-, “si gana una opción de izquierdas o se toca a uno solo de mis hombres, se acabó el Estado de Derecho”. El 17 de abril de 1989, por tanto, los medios de todo el planeta celebraron la vuelta de Chile a la democracia. Y, desde entonces, ha habido democracia y Estado de Derecho en Chile, ya que, puesto que no ha ganado las elecciones ninguna opción de izquierdas, no ha sido necesario volver a dar un golpe de Estado. En 1990 ganó Patricio Alwyn, un antiguo golpista democristiano y, cuando han ganado los socialistas, han seguido, como si tal cosa, haciendo lo que mandaba el FMI, porque durante los dieciséis años de dictadura ya aprendieron eso de que quien manda, manda, y que si no, ya se sabe, “se acabó el Estado de Derecho”.

El caso es que, puesto que se celebran elecciones y no ganan las izquierdas y por tanto no hay golpes de Estado, podemos decir que en Chile hay Estado de Derecho. Lo mismo ocurre en Colombia durante estas últimas décadas, los paramilitares se han ocupado de matar a tiempo –a veces “justo a tiempo”, el día antes- a todos los que siendo de izquierdas podían ganar las elecciones, de modo que luego los comicios electorales se han podido celebrar sin sacar los tanques a la calle, a causa de lo cual podemos decir en nuestra prensa democrática que Colombia es una democracia y está más o menos en Estado de Derecho (al contrario, ya se sabe, que Cuba). En Haití dejó de haber Estado de Derecho en 1990, a causa de que, por abrumadora mayoría, había ganado las elecciones el peligroso cura izquierdista Aristide, que amenazó en seguida con subir el salario mínimo 20 centavos, por lo que, ante semejante fallo del sistema democrático, se hizo necesario dar un golpe de Estado, implantar una dictadura y matar a varios miles de personas, entre torturas horrorosas; como resulta que no se mató a los suficientes, en el 2000 volvió a ganar las elecciones Aristide, por lo que se hizo necesario otro golpe de Estado en julio de 2001, que, como fracasó, hizo necesario otro más, en diciembre de 2001, que fracasó también, por lo que se recurrió a bloquear todas las ayudas de Banco Interamericano de Desarrollo y todos los créditos del FMI,, hundiendo la economía haitiana en un abismo sin fondo, y así hasta el golpe de Estado de este año 2004, que ha triunfado por fin, con la complicidad, por cierto de toda Europa; en cuanto se haya matado a todos los que tengan el propósito electoral de subir el salario mínimo de las Alpha Industries, en Haití se podrá restaurar, sin riesgo, el Estado de Derecho.

La historia de Latinoamérica está plagada de casos así. Pero, los paladines de la democracia y las libertades, como Mario Vargas Losa, no ven nada raro en todo esto. Sin ir más lejos, aunque Chavez ganó en cuatro años ocho consultas electorales, a sus ojos y los de nuestra prensa democrática no ha cabido duda, en todo este tiempo, de que es un dictador -ya que es de izquierdas. Si hubiera triunfado el golpe “cívico-militar” del 2002, si se hubiera asesinado a Chávez y se hubieran exterminado a unas cuantas decenas de miles de bolivarianos, de modo que ya no se corrieran riesgos electorales, no cabe duda de que a los ojos de nuestros bienaventurados medios de comunicación se habría dejado a Venezuela bien madurita para la democracia y la división de poderes. De hecho, como se recordará, el golpe de Estado de abril del 2002 que colocó por 24 horas al jefe de la patronal en el poder, fue celebrado por El País, El mundo y todos las televisiones españolas y europeas como una “tranquila” “restauración de la democracia”.

Cuento todo esto que siempre suelo contar para que se vea que con semejantes criterios no hay manera de averiguar si las sociedades que dicen estar en Estado de Derecho realmente lo están, de modo que habrá que poner manos a la obra para buscar otro criterio, al menos si no queremos estar hablando por hablar (aunque bien es verdad que es una actividad bastante bien pagada en el Grupo PRISA, en tanto resulte eficaz para impedir que se hable de lo que hay que hablar). En España, por ejemplo, la última vez que ganó una opción electoral lo suficientemente de izquierdas como para molestar un poco a los Botín y los March, fue en 1936, y el desliz se pagó tan caro como todos sabemos. Lo mismo pasó en Grecia (1967). Y en Italia no pasó, porque EEUU ya se encargó de advertir que como pasara invadirían el país. Uno no se puede cansar de repetir que, en toda la historia del siglo XX no ha habido ni una sola vez en que una opción electoral de izquierdas haya podido intervenir en los asuntos del capital sin que el experimento no haya sido corregido por un pinochetazo.

Así ha sido nuestro tan cacareado Estado de Derecho: un Estado de Derecho en el que las izquierdas jamás han tenido derecho a ganar las elecciones. Las izquierdas han tenido derecho -como lo tienen, por ejemplo, hoy día en toda Europa- a intentar ganar las elecciones, eso sí. Pero no a ganarlas, porque entonces se monta la de Dios y “se acabó el Estado de Derecho”. Esto es una cosa que la historia del siglo XX ha grabado en el alma de los votantes con sangre y con fuego: si se quiere que haya democracia y Estado de Derecho, hay que votar a las derechas. También se puede votar a las izquierdas que hagan políticas de derechas. Pero no a las izquierdas que hagan políticas de izquierdas. Así pues, no es que las izquierdas de izquierda se hayan empeñado en ser revolucionarias. De ninguna manera. Es que no se les ha dejado, jamás, otra opción. La opción no ha sido nunca, o Castro o Allende, la opción ha sido o Castro vivo o Allende muerto.

*Fragmento del libro A quien corresponda. Sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo, publicado en 2005. Texto íntegro en La Jiribilla

Argi ilunak

martes, 15 de noviembre de 2016 · 0 comentarios

Joxe Iriarte “Bikila”- Alternatibako kidea

Hauteskunde emaitzak kontuan (aurrekoak ikusita) EHBildukideok baditugu arrazoi nahikoak pozik egoteko. Arazoak arazo, hori argi utzi nahi dut. Alde batetik eta kontuan izanik Podemos hor dagoela, gure emaitza propioak onak izan direlako eta, batez ere, kanpainan zehar azaldutako aurrerapenak nabarmen hobetu direlako. Eta bestetik, oro har, konstituzionalismoaren ikur nagusiak (alegia 78ko erregimenaren zutabeak), larri eta estu dabiltzalako gurean. Eta hori berez ona da hartzen dugun aldetik hartzen dugula. Azkenik, ezker eraldatzailearen parlamentari kopurua handitu egin da. Lehen 21 (EH Bildu) orain 28 (EH Bildu + Podemos)

Alabaina, distiratzen duen oro ez da urre, eta berri on horiek badute bere itzalak. Izan ere, EAJren nagusigoaren atzean dagona da, krisian ere azken finean gu ez gaudela Espainian bezain gaizki eta hori bere kudeaketaren esker dela sinistearena (bultzaturiko murrizketa sozialak, erraustegia inposatzea,  Kutxabank ustiatzea, AHT, Kukutza, eta abarren ondorio kaltegarriak ezkutatuz edo mozorrotuz). Beraz, EH Bildu ez da gai izan uste ustel hori agerian usteko, ezta Europar Batasunean nagusia den eta EAJk bere egiten duen modelo neoliberalaren nondik norakoak azaltzeko (Troikaren aginduei men egitea, TTIP-rekin bat egitea…).  EAJk ez aipatzeak EU-rekiko morrontza, arazoak saihesteko duen trebetasuna adierazten du, baina gure aldetik gaia ez ateratzeak ahuldadea. Eta ezintasun horrek asko kamuztu eta epeldu du EH Biduren (eta Podemosema zer esanik ez) kontrakotasuna. Adierazgarria Argiako azalak zioena, “giro epelean boterea- alegia EAJ- goxo” eta eroso.

Eta oso eroso dabilenez, aurreko legealdiaren parametro berberetan jarraituko du Estatuko gobernuarekin, tratante negartiaren moduan. Hauteskunde kanpainan adierazi duen PPrekiko ezezkotasunak ez du iraungo Moncloan ate joka hasten denean. Joera hori pisu hila da edozein prozesu eraldatzailerako, zeren teorian posible dena (erabaki eskubidearen aldekoen nagusitasuna gauzatzea) praktikan indargabetzen delako borondate ezagatik… baldin eta gizarte zibilak (Katalunian bezala) behartzen ez badu. Hor datza gure esperantza. Sindikatuen, Gure esku dago, eta mugimendu sozialen suspertzea. Ikuspuntu horrekin bat eginez, sindikatu eta eragile sozialekin lan egiteko proposamena da “herri akordioaren” alderik interesgarriena. Jakina, proposamen horren helburu minimoak ezin dira inoiz izan sindikatu eta eragile sozialek patronalari eta jaurlaritzari egiten dizkietenak baina apalagoak. Are, ausartagoak izan beharko lirateke.

Horregatik, ez dut ondo ikusten, kanpainan enplazamendu orokor gisan erabilitako hiru alderdien arteko (PNV, Podemos eta EH Bildu) paktu edo hitzarmenaren proposamenarekin bere horretan jarraitzea, eta batez ere,  EH Bilduren ordezkari batzuei entzutea “gobernagarritasuna eta herrialde mailako akordioak erraztearen alde gaudela”. Gobernagarritasuna erraztu? Alderantziz deritzot!

Hots. Ados nengoke, segun ze gaitetan ezker soberanista eta independentistak gai izatea bai EAJrekin, eta baita PSErekin, adostasunak lortzeko. Baina, huts egingo dugu adostasun hori gobernu izaera edo legealdirako paktu izaera hartzen badu. Seguru beraiek ez dutela nahiko, baina hori ez da kontua, gure aldetik ere garbi utzi behar dugu, gaur egun,  EAJrekin ezta PSErekin ezin dela hitzartu paktu iraunkor edo funtsezkoak, beren estrategia gurearen aurkakoa delako, eta akordio taktikoetan izan ezik, gu kontra egin behar diegulako irmoki. Bai Espainian zein Euskal Herrian, egonkortasuna esan nahi du sistemak ez duela desengortuko duen areriorik, eta horrek herritarren desegituraketa dakarrela.

Ez dut ukatzen ere, koiunturaren baitan proposamen orokorren edo gai zehatzen inguruan “enplazamientoak” egitea, baina tentuz. Adibidez, EAJren aldetik borondaterik izanez gero herri akordio bat posible litzatekeela behin eta berriro azpimarratzeak,  ilusio faltsuak sortzen ditu, eta horrek ez dio mesederik egiten gure estrategari.

Kontraesan itzela da, LAB eta ELAk esatea EAJ ren garaipena patronalarena dela, eta gu Gobernu horrekin paktu orokor bat egin nahi izatea. Ez dut ulertzen nola uztar daitezkeen zerua asaltoan hartzeko asmoa eta egonkortasuna eta gobernagarritasuna (EAJrena) errazteko asmoa. Gurean ez dago Katalunian bezala, independentzia helburu duen haustura prozesu bat zeinean bertako burgesiaren zati batek talka egiten duena Espainiar estatuarekin eta bere faktikoekin, paktu herritar trasbertsala justifikatzeko. Erkidekoan ez dago ere, Nafarroan bezala, urtetan izaniko indar atzerakoien erresumarekin bukatzeko laukoen paktu baten beharra (kontuan izanik gainera, Nafarroa bai eta EAJ ez dela gauza bera). Erkidegoan, EAJk ordezkatzen du sistema,  “kasta”ren (nahiz eta modu trebeaz ezkutatu) zati bat da, inondik inora aldaketarako indarra (honekin ez dut esan nahi EAJ eta UPN gauza bera direnik) eta gure helburua egoera horrekin bukatzea dela argi eta garbi ez badugu aldarrikatzen, jai dugu alternatiba gisa. Eta bide horretan gure aliatua, oraingoz bakarra, Podemos da, nahiz eta bere anbiguotasuna oztopo handia izan. Oso frustrantea izan da Podemosen  azken hilabetetako bilakaera (noraeza) zeinak EAJ garaitzeko asmoa aldarrikatzetik oposizio zintzoa egitera mugatuko dela esateak adierazten duenak, eta gainera PSErekin adostasuna egitea proposatu.

Gure zintzotasuna herritarrei zor diegu, ez dinamika instituzionalari. Hitzetan eta kontzeptuetan ematen ari den (des) egokitze horri oso penagarria deritzot.

Azken finean, ezkerrak, errealitatea aldatzea izan behar du helburu. Ezin du dagoena ondo kudeatzera mugatu, edo mundu injustu batean egokitu edo goxo egin. Ezin du alternantziaren (gaur zu, bihar ni) itsas lamien kantuei amore eman.

Horregatik, hauteskunde mailan oraingoz nagusitasuna ez lortzeak ez gaitu urduri jarri behar. Pazientzi inpazientea izan behar du gurea, errealista borrokatzeko orduan eta aldi berean egoerarekiko egoskorra. Behar dugun jauzi kualitatiboa gizartean, aldaketatik etorriko da, “EAJren herrialde miresgarriaren ipuinetatik” jendeak siniskeri uzten duenean. Baina hori ez da lortuko EAJren atean deika ibiliz.

Zaila dela? Jakina, baina Espainiako Podemosen estrategak bezala sinistea plano diskurtsibo soilean eta alor mediatikoan posible dela alternatiba bat lortzea, ikuspuntu estrategikotik akatsa larria izateaz gaian (helburu eraldatzaile ikuspegitik, bederen) gainera ezinezkoa da (Espainian ikusi denez zein erraz sortu zioten neurriko arerioa). Eremu horretan beraiek beti irabazten dute. Aukera bakarra egoera desengorkortzean datza. Beraiek Gipuzkoan guri egin ziguten bezala. Instituzional alorrean kontrakotasun gogorra, eta kalean gogorrago.

La “ingobernabilidad” vino para quedarse… bajo la tutela de la UE. ¿Y Catalunya?

jueves, 4 de agosto de 2016 · 0 comentarios

30/07/2016 | Jaime Pastor

Después de haberse librado a última hora de la multa europea, gracias al esfuerzo de alguien que se ha ensañado tanto con el pueblo griego -el ministro alemán Schäuble-, Rajoy acaba de manifestar que “acepta el encargo” de formar gobierno por parte de Felipe VI pero, al parecer, sin poner fecha y sin mucha confianza en poder contar con los votos necesarios para ser investido como presidente del gobierno. La concesión de la UE, como han declarado sus portavoces, no puede ocultar que se hace porque “después de los sacrificios que han hecho…, los ciudadanos dudan de Europa”; o sea, reconociendo la creciente crisis de legitimidad que sufre esta UE austeritaria. Pero ya le han dejado claro a Rajoy que sigue pendiente el recorte presupuestario de 10 000 millones de euros en los próximos dos años y que la decisión sobre la congelación o no de los fondos estructurales se tomará en otoño. Así pues, si recordamos la vieja máxima de que la política es “la expresión más concentrada de la economía”, ya sabemos bajo qué mando va a estar el nuevo gobierno durante el próximo bienio.

La buena noticia de la ausencia de multa se producía casualmente después de que se supiera que una jueza había decidido procesar al PP por el escándalo de la destrucción de los discos duros con información sobre la caja B de ese partido durante la etapa de Luis Bárcenas como tesorero. Decisión que confirma una vez más la naturaleza corrupta y criminal de ese partido, pese a que, por desgracia, siga habiendo alrededor de 8 millones de votantes que, sin pretender generalizar pero tampoco ignorar los estragos producidos por la cultura del cinismo político y los contravalores del neoliberalismo, le han “perdonado” ese “pecado” por considerar que sigue siendo la única alternativa frente a “los malos” (ya se sabe, Podemos) o, simplemente, porque garantiza la tan cacareada “estabilidad”. Una “estabilidad” que amenaza con no serlo precisamente para las pensiones de las que dependen muchas y muchos de quienes forman parte de su electorado más fiel, a la vista del saqueo que el PP está haciendo del Fondo de Reserva de la Seguridad Social.

En un momento de crisis de la UE post Brexit, en vísperas de una probable crisis bancaria y política en Italia –el referéndum en ese país en octubre en torno a una contrarreforma constitucional puede convertirse en un boomerang contra Renzi- y ante la presión de ser cómplice de nuevos recortes sociales, no sorprende que incluso el partido más afín al PP, Ciudadanos (C’s), se resista a dar el voto favorable a Rajoy. Algo comprensible puesto que el partido de Albert Rivera es consciente de que, pese a su relativa juventud fuera de Catalunya, se encuentra ya amenazado por un estrechamiento creciente de su espacio político en medio de una polarización que puede acentuarse en el futuro. El riesgo de seguir el camino que en el pasado reciente sufrió UPyD sería muy real si, una vez frustrada su aspiración a ser el relevo de la vieja derecha, pone por delante su contribución a la “gobernabilidad” en detrimento de la “regeneración” que le sirvió como plataforma de lanzamiento para un “populismo de derechas”.

Nos encontramos así, utilizando la clasificación empleada recientemente por Marcos Sanz/1, con que C’s quiere mantenerse en la posición de limitarse a ejercer el “poder de legitimar” el derecho del PP a formar gobierno, pero sin dar el paso de “reforzarle” mediante un voto a favor que podría significar un desgaste enorme –con mayor razón si es bajo la presidencia de Rajoy- y le podría convertir definitivamente en “muleta” de ese partido. Una posición que desde un espacio relativamente distinto y por razones diferentes –evitar dejar a Podemos el liderazgo de la oposición al PP una vez frenado el “sorpasso”- también desea mantener Pedro Sánchez, pese a las declaraciones públicas de Felipe González y compañía emplazándole a anteponer la “responsabilidad de Estado” a los intereses de partido.

Sin embargo, en las próximas semanas ambas formaciones políticas se van a encontrar con la fuerte presión de los grupos vinculados al Ibex 35 y la troika para que cambien de actitud y lleguen a algún tipo de pacto de investidura que permita la formación de un gobierno y evitar así unas terceras elecciones. Con todo, no va a ser fácil que ese pacto garantice que todas las fuerzas políticas ganen con él, dada la relación de fuerzas asimétrica entre ellas. Además, posiblemente tendría que incluir algún compromiso de moción de confianza a medio plazo (¿cumplidos los dos años de mandato de la troika?), ya que en caso contrario difícilmente se podrá echar al nuevo gobierno mediante una moción de censura constructiva que exigiría una candidatura alternativa. En todo caso, un paso del PSOE a la abstención ante la investidura de Rajoy (aunque fuera solo con una parte de su grupo parlamentario para impedir que salga el No) podría tener un coste nada despreciable en un sector de su electorado.

La alternativa propuesta recientemente en un Manifiesto “Por un gobierno de progreso. Por un acuerdo de PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos” ( www.gobiernodeprogreso.es ), al margen de la buena voluntad pero también de la lamentable evolución política que se refleja en algunas de las personas firmantes, no tiene, como ya hemos visto, ninguna posibilidad de convertirse en realidad. Caben, por supuesto, otras hipótesis, incluida una nueva oferta de Podemos al PSOE pero, como ha reconocido Pablo Iglesias, no parece que pueda tener mucho recorrido.

A la espera de cómo evolucionan los acontecimientos en este verano lleno de especulaciones y, en particular, de cuál sea el comportamiento final del PSOE, parece evidente que solo Podemos y las confluencias, junto con ERC y Bildu, ofrecen garantías de mantener su “poder de rechazar” al PP y a sus políticas en el nuevo parlamento.

En medio de este panorama de incertidumbre gubernamental y ante una legislatura que se anuncia inestable y tensa, irrumpe de nuevo la cuestión catalana. Se podrá disentir o no de la decisión –y de los motivos y su oportunidad- de llevar al pleno del Parlament las conclusiones de la Comisión que acordó proponer el inicio de un proceso de “desconexión” con el Estado español que deberá ser sometido a ratificación o no de la sociedad catalana. Con todo, quien esto escribe no duda de la legitimidad del paso dado tras la repetida constatación del bloqueo tanto del gobierno como del Tribunal Constitucional/2 a la petición reiterada del traslado de la competencia para poder convocar un referéndum sobre la independencia al Parlament.

Rasgarse las vestiduras una vez más frente al “desafío independentista”, poco después además de que el partido candidato a formar gobierno en el Estado no haya tenido rubor alguno en contar con los votos de la antigua Convergència para la conformación de la Mesa del Congreso, supone de nuevo volver al viejo discurso de “se rompe España”, justamente cuando está archicomprobado que el mismo contribuye al aumento del independentismo en esa Comunidad. Porque si bien es discutible que esa opción cuente hoy con el apoyo de una mayoría de la sociedad catalana (aunque un reciente sondeo confirma su ascenso frente a otras opciones), no nos cansaremos de repetir que la mejor forma de verificarlo sería mediante un referéndum que fuera resultado de un pacto entre el Estado y el Parlament, como propone En Comù-Podem. El problema está en que esa vía aparece hoy y en esta nueva legislatura como una vía muerta. En esas condiciones, ¿qué otra vía queda que no sea la de la desobediencia civil e institucional para forzar al Estado y a la UE a cambiar de actitud? ¿Hace falta recordar otra vez que tanto en el caso de Quebec como en el de Escocia se llegó a un acuerdo sobre la convocatoria de referendos similares al que se reclama desde Catalunya sin que en los parlamentos respectivos fueran mayoría los partidos independentistas/3?

Estamos, por tanto, ante un escenario que confirma que la crisis de régimen no se ha cerrado y que la inestabilidad sociopolítica que genera mantiene abierta la ventana de oportunidad para seguir apostando por el “Cambio”. Una ventana por la que, de manera difusa desde las movilizaciones del 15M y luego en el ámbito mediático, electoral e institucional con herramientas como Podemos y las confluencias, hemos ido entrando durante estos años pero sin haber llegado hasta el punto de poder “ganar” las elecciones generales del 20D y, después, del 26J.

En esta nueva fase no se trata de renunciar a aspirar a ser alternativa de gobierno, pero sí de ser conscientes de que actualmente no existe la relación de fuerzas necesaria –no solo electoral- para poder serlo. Por eso sería un error continuar dejándose llevar por la lógica electoralista que ha predominado en el equipo dirigente de Podemos y que algunos de sus miembros pretenden reforzar ahora afirmando que esta formación “tiene que cambiar… para gobernar”. Una propuesta que además parece ignorar que, como hemos visto entre el 20D y el 26J, este joven partido no tiene todavía un electorado fiel y corre el riesgo de nuevo de aparecer como un partido más de la “vieja política”, por querer aplicar una transversalidad sin “líneas rojas” y con “ambigüedad calculada” permanente,. Una orientación, en suma, en la que el programa se seguiría adaptando a un discurso cambiante en función de la presión mediática y de las encuestas, con lo que probablemente acabaría perdiendo apoyos en distintos segmentos de su electorado potencial.

Podemos tiene que cambiar, pero para refundarse como partido no convencional (alejado, por tanto, del “modelo” de Vistalegre), siendo capaz de caminar hacia una “construcción colaborativa” de alternativas creíbles, viables y factibles que a su vez no se limiten a ofrecer programas de mera gestión de lo “realmente existente”. Porque ése es el riesgo que existe ya en el ámbito municipal y que debemos esforzarnos por superarlo, a la vez que evitemos que se extienda a escala autonómica negándonos a participar en gobiernos encabezados por el PSOE. Nuestra tarea está en mirar más allá del “realismo capitalista” (Mark Fisher), de ese sentido común neoliberal que insiste en que “el capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable”: tenemos que ir construyendo frente al mismo “utopías reales”, como las llama Erik Olin Wright o, con el viejo lenguaje que recientemente empleaba Manolo Monereo, programas de transición que superen la también vieja oposición entre el programa mínimo y el programa máximo. Y esto afecta directamente, por ejemplo, a cuestiones clave como la Unión Europea, el Pacto Fiscal o la deuda, respecto a las cuales las principales portavocías de Podemos fueron conscientemente ambiguas o simplemente mudas durante la campaña electoral.

No se trata, por tanto, de construir un nuevo proyecto “socialdemócrata”: el bloque histórico contrahegemónico no puede ser pensado y llevado a la práctica en esta etapa de “guerra de posiciones” como un problema dependiente de las relaciones con el PSOE o con la autodenominada socialdemocracia europea. Tiene que ir construyéndose mediante un trabajo en la sociedad civil y desde las instituciones que busque la reactivación de los movimientos sociales y el aprendizaje y extensión de experiencias de sindicalismo social, como la PAH y las mareas, contribuyendo así a la emergencia de nuevos actores y actrices sociales, políticos y culturales a favor del “Cambio”. Será a medida que avancemos por ese camino como el PSOE y los principales sindicatos deberán replantearse unas estrategias que siguen presas de la nostalgia por un neocorporativismo y unos “consensos” de Estado que ya no volverán.

Ese bloque histórico, además, debe ser repensado también en el marco de nuestra realidad plurinacional. No se debería concebir en términos de la construcción de “un pueblo” sino de varios pueblos, entendidos como distintos demoi, o sea, como sujetos políticos propios voluntariamente (con)federados pero no superpuestos ni subalternos unos de otros. Junto con la necesaria removilización social que esperemos se desarrolle en otoño contra las políticas austeritarias y por la democracia, las próximas elecciones gallegas y vascas pueden ser una oportunidad para ir madurando ese proyecto en común reivindicando con claridad y firmeza la soberanía de ambos pueblos, y con ella la de todos los pueblos con o sin Estado, frente a un despotismo oligárquico cada vez más omnipresente. O sea, democracia frente a un estado de excepción, financiero y securitario, que se puede ir convirtiendo en permanente.

Jaime Pastor es profesor de Ciencia Política y editor de VIENTO SUR

Notas
1/ “Gobiernos compartidos”, El País, 14/07/2016
2/ Un Tribunal Constitucional que se está reafirmando como una verdadera “tercera cámara”, declarando inconstitucionales algunas leyes sociales aprobadas por el parlamento catalán y avalando en cambio la exclusión por el gobierno del PP del derecho a la asistencia sanitaria a las personas extranjeras con residencia estable pero en el limbo legal (Sebastián Martín, “Tribunal Constitucional y desmantelamiento del Estado social”, cuartopoder.es, 28/07/2016, http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/07/28/tribunal-constitucional-desmantelamiento-del-estado-social
3/ Martí Caussa, “La desobediencia, sus alternativas y sus desafíos”, Viento Sur, 15/11/2015, http://www.vientosur.info/spip.php?article10691
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La independencia solo puede ser unilateral

lunes, 20 de junio de 2016 · 0 comentarios

Eso es obvio. No está excluido que aquel de quien quieres independizarte te conceda la independencia de buen grado. Pero es bastante extraño. Lo habitual y esperable es que se oponga con uñas y dientes y hasta te persiga y encarcele por luchar por tu derecho a gobernarte por tu cuenta. Aquí mi artículo de esta semana en elMón.cat sobre este asunto y titulado RUI vs. DUI.

Ahora bien, si en cuanto al fondo de la cuestión, la unilateralidad, hay acuerdo, puede no haberlo en cuanto a la forma. Así hay quien dice (la CUP) que la independencia debe alcanzarse mediante un Referéndum Unilateral de Independencia (RUI) y quien dice (CDC) que debe hacerse mediante una Declaración Unilateral de Independencia (DUI). A primera vista, parecerían lo mismo, pero no lo son. El RUI busca "quemar etapas", ir directamente a la confrontación con el Estado, plantear un escenario de conflicto, mientras que la DUI trata de proceder de modo paulatino, gradual, de evitar la confrontación, mantener cuanto más tiempo mejor la legalidad y acabar en un proceso judicial internacional con garantías para ambas partes de que, el final, la solución será aceptable para todos.

Los pros y contras de ambas posiciones se tratan en el citado artículo de elMón.cat, versión castellana es la siguiente: 


RUI vs. DUI

Por fin aparece Cataluña en un debate en la televisión entre las principales fuerzas parlamentarias del Estado y lo hace para escenificar la fuerza y la voluntad del “no” al derecho de los catalanes a la autodeterminación. El nacionalismo español de derechas y el de izquierdas renovaron su voluntad unitaria jacobina con el aplauso del catalanismo hispánico de Rivera, encantado de encontrar tan favorable eco. 

Hasta Podemos clarificó el alcance de sus propuestas catalanas, que tanta confusión han causado en el Principado en donde los votantes de En Comú-Podem no tienen claro exactamente qué estarán votando. Ayer pudieron verlo: estarán votando a favor de un referéndum que se hará en toda España y que tampoco es evidente que se haga porque no será línea roja en las negociaciones para la formación de un gobierno nacional español. Es decir, no estarán votando nada.

Parece llegado el momento de la confusión. Suele pasar en los trayectos prolongados y difíciles. Luego del no de la CUP a los presupuestos de la Generalitat y, sin duda, como remedio para no quedar encajada en el papel de aguafiestas por una sola causa, la organización asamblearia ha decidido ampliar y profundizar los motivos de la discrepancia y darle mayor empaque. Además de seguir gobernando con presupuestos prorrogados y por lo tanto desajustados a los objetivos perentorios que el gobierno quiere alcanzar, es preciso acelerar la hoja de ruta para que no haya desfallecimiento. ¿Cómo? Mostrando la clara e inequívoca voluntad de avanzar hacia la independencia. ¿No se acusa a la CUP de no querer la independencia en el fondo, razón por la cual se rechazaron los presupuestos? Pues ahora ha de quedar patente quién es quién en la vía independentista. Quién quiere la independencia y quién la finge.

¿La fórmula? Que se organice un referéndum unilateral de independencia (RUI) ya. Las autoridades se olvidan de planificar una declaración unilateral de independencia (DUI) y se pronuncian por el RUI. El caballo de batalla se llama ahora RUI. Siempre hay que tener un caballo cuando se quiere ir a la batalla y este cumple la función de clarificar las cosas y poner a cada cual en su sitio. La CUP no es el furgón de cola del tren de la independencia, sino la locomotora.

Sobre todo cumple la función de prolongar la práctica de la extorsión frente al gobierno independentista de la Generalitat, a base de ponerlo en la incertidumbre de tomar una decisión que lo enajene de una parte importante de su apoyo social. La independencia es un objetivo del conjunto de la sociedad catalana. Transversal se dice ahora. No solamente de sus sectores más radicales o combativos que no por serlo tienen necesariamente que ser los más sinceros. También lo es de aquellos otros que tratan de conseguir los cambios políticos y sociales no por la confrontación sino para la reforma y la transición paulatinas.

Un RUI y un RUI inmediato tiene todos los elementos de una ruptura repentina, algo que no se concilia con la fórmula reiteradamente invocada de Puigdemont de ir “de la ley a la ley”. Un RUI implica un salto en el vacío en el que, sin duda, podrá saberse quién está dispuesto a todo para conseguir el objetivo de una vez y quienes prefieren hacerlo paulatinamente. Es como un procedimiento de prueba de limpieza de sangre patriótica. Pero estratégicamente no parece lo más acertado. Al contrario, presenta tal cantidad de riesgos que bien puede entenderse como una maniobra más de extorsión con la finalidad última de que descarrile el proceso. El perfil de la buena conciencia se alza frente a la lentitud de todo procedimiento pragmático. 


Está claro que un RUI lleva a la confrontación directa con el Estado en una situación de ilegalidad que será muy difícil explicar en el exterior, ante la comunidad internacional de la que, en muy buena medida depende el proceso. Por el contrario, una DUI, siendo tan ilegal como el referéndum tiene un ámbito judicial natural en el que puede sustanciarse de inmediato, que es la Corte Internacional de la Haya. En lugar de una confrontación directa en la calle en una escalada de acción/reacción entre el Estado y Cataluña estaremos en un terreno en el que ambas partes, teniendo sus derechos reconocidos, podrán aducir sus argumentos ante un órgano imparcial.

La Ley El Khomri comienza a crujir

sábado, 4 de junio de 2016 · 0 comentarios

León Crémieux *

La inteligencia de decenas de miles de militantes que en la mayoría de las ciudades del país dirigen el movimiento contra la Ley El Khomri ha superado hasta hoy (1 de junio) todos los obstáculos que se le han puesto delante.

El 10 de mayo, el gobierno Valls la hizo aprobar por la fuerza en la Asamblea nacional utilizando el Artículo 49.3 al ser incapaz de lograr una mayoría de escaños a favor de su proyecto de Ley [ahora está debatiéndose en el Senado y luego vuelve a la Asamblea].

Ese mismo día estallaron manifestaciones espontáneas en decenas de ciudades. Sobre todo, en Paris donde Nuit Debout llamó a manifestarse frente la Asamblea Nacional, pero también en Nantes, Rennes, Toulouse… Varias sedes del Partido Socialista (PS) fueron abroncadas por los manifestantes al grito de "Valls dimisión" o "P de podridos, S de salaud (cabrón), abajo el PS", que fueron ampliamente coreadas.

Valls esperaba entonar el fin del movimiento con el rechazo que obtuvo la moción de confianza del día 12 [moción que presentó la derecha y que no fue apoyada por los 56 diputados -del PS y FdG- que no lograron presentar la suya propia a falta de 2 votos]. Para ello se empeño en una utilización profusa de la represión: apaleamiento indiscriminado de la gente, utilización de pelotas de goma y los gases lacrimógenos a discreción… Un nivel de violencia jamás alcanzado desde hace años, ordenando claramente utilizar de forma sistemática gases lacrimógenos y granadas de dispersión. En Rennes, Toulouse y Paris, sobre todo, resultaron heridas decenas de manifestantes, hubo numerosos arrestos y denuncias judiciales. Los días siguientes, para cerrar el ciclo, las cadenas de televisión (convertidas en altavoces de la propaganda gubernamental) se hicieron eco de las declaraciones de Valls sobre la "inadmisible violencia" de los alborotadores y numerosas concentraciones de Nuit Debout fueron dispersadas por la policía.

El objetivo era claro: tratar que los dirigentes de la CGT y de FO se desolidarizaran con las y los jóvenes manifestantes, disuadirlos de no continuar con las manifestaciones, abrir una brecha divisoria en el movimiento, quebrar las concentraciones de Nuit Debout y poner fin a la movilización que comenzó a primeros de marzo.

Por un momento, algunos llegaron a pensar que la maniobra tendría éxito. La Intersindical nacional convocó dos nuevas movilizaciones el 17 y el 19 de mayo, mientras que las federaciones del ferrocarril convocaban huelga esos mismos días contra la integración de las decisiones de la SNCF (cambiar el estatuto base de los trabajadores y trabajadoras del sector) en el nuevo convenio colectivo. En la SNCF, las federaciones de la CFDT y UNSA rechazaron de forma explícita ir a una huelga reconducible [huelga que se prolonga día a día] tras el 19, para evitar que las y los ferroviarios no se convirtieran en el motor de una huelga general contra la Ley del Trabajo. Los militantes de SUD Rail que intentaban dar continuidad al movimiento se encontraron en minoría. Por otra parte, tras las vacaciones de Pascua, tampoco hubo movilizaciones en la escuela secundaria y en la universidad, donde los estudiantes estaban presionados por los exámenes parciales. Con los ferroviarios y los estudiantes a un lado, está claro que el gobierno pensaba poder ganar el pulso.

Pero el relevo vino de la mano de los trabajadores y trabajadoras del transporte por carretera, de los puertos, de las refinerías y de los depósitos de carburante. El 17 y 18 de mayo los bloqueos se multiplicaron en las afueras de las principales ciudades, y sobre todo, en decenas de depósitos de carburante en gran parte del Oeste del país. Las tres federaciones de transporte por carretera, CGT, FO y SUD, lanzaron una llamamiento a una huelga reconducible, conscientes de que la ley El Khomri modifica a la baja el pago de sus horas extras [acarreándoles pérdidas de hasta un 20%].

Ahora bien, si las manifestaciones del 17 fueron más flojas en la mayoría de los sitios, esa jornada de movilización marcó un punto de inflexión con el bloqueo de los puertos, de las refinerías y de los depósitos de carburante. Estos bloqueos fueron el resultados de decenas de reuniones intersindicales a nivel local en las que se agrupaban sindicalistas de CGT, FO y Solidaires y activistas de Nuit Debout. Esta coordinación de militantes determinados a luchar por la retirada de la ley El Khomri es la que, en ese momento, asegura la continuidad del movimientos en numerosas ciudades. La firmeza que muestra el líder nacional de FO, Jean-Claude Mailly y, sobre todo, el de la CGT, Philippe Martinez, no se puede comprender sin este empuje permanente de federaciones enteras en el seno de sus sindicatos, determinadas a ir hasta el final. A partir de ahí, la intransigencia que presenta Manuel Valls apenas deja margen de maniobra.

Para tratar de aflojar esta creciente presión, el Secretario de Estado para el Transporte, garantizó por escrito a las y los transportistas de carretera que la ley El Khomri no pondría en cuestión el monto de sus horas extraordinarias. Se tratada del segundo paso atrás del gobierno tras el compromiso alcanzado con los intermitentes del espectáculo unas semanas antes.

Pero este anuncio llegaba tarde a causa de las dos jornadas de huelga del 17 y 19 de mayo, con bloqueo de los depósitos y el creciente pánico entre las y los automovilistas, sobredimensionado por el hecho de que el 30% de las estaciones de servicio estarían al límite a principios de la semana siguiente… Había fracasado totalmente la apuesta a favor de que la movilización se extinguiría y se abría una brecha mas en la crisis política.

En ese contexto, Valls, con el apoyo de los media, se dedica a cargar contra la CGT, que reemplaza a los alborotadores como objetivo a derribar. Philippe Martinez aparece no sólo como jefe de la contestación sino, también, de la oposición política al gobierno. En todas partes, el estado de ánimo y la combatividad de las y los militantes del movimiento se reafirma y la movilización del 26 de mayo fue muy superior a las anteriores. En cuanto a la dirección de FO, sobre la que el gobierno presionaba para que se disociara de los "extremistas" de la CGT, no solo mantiene el pulso, sino que su federación de transportes anuncia la convocatoria de una huelga reconducible a partir del 30 de mayo.

En paralelo, mientras que el Presidente de la República seguía sin decir ni mu, el gobierno y el PS comenzaban a vacilar. El autoritarismo guerrero de Valls se vuelve contra él, aislándole en su propio campo. El jefe del grupo parlamentario socialista, Bruno Le Roux, y numerosos electos y electas del PS -que nada tienen que ver con los críticos- e incluso Michel Sapin, Ministro de Economía, comienzan a emitir públicamente dudas sobre la intransigencia de la que da muestras Valls y piden la reescritura de la Ley. Son muchos quienes temen un derrota fuerte en las elecciones de 2017 y no quieren "morir por Valls". Solo el líder de la CFDT, Laurent Berger, negociador de la ley El Khomri, subía el tono exigiendo el mantenimiento íntegro de la Ley.

El problema político es doble: Valls ha vinculado su suerte y la del gobierno a la ley El Khomri y a una victoria frente al movimiento huelguístico. Gran admirador de Georges Clemenceau, dirigente radical socialista del principios del siglo XX, sueña con una carrera política parecida. Clemenceau llegó a la Presidencia del Consejo en 1906 tras haber reprimido violentamente, las huelgas obreras impulsadas por la CGT tras la catástrofe en la mina de Courrières (1000 muertos).

Una actitud acompañada con el deslizamiento, desde enero de 2015, hacia un Estado policial, con un amplio arsenal de medidas seguritarias relacionadas con el mantenimiento del estado de excepción y el incremento del poder de la policía, a la que se dota de armas orientadas a herir gravemente a las y los manifestantes. En paralelo, el gobierno alimenta la criminalización de las manifestaciones al tiempo que la impunidad y la glorificación de la policía, legitimando incluso una vieja reivindicación de la extrema derecha: la "legitima defensa preventiva".

Por el momento, el gobierno ha logrado aflojar la presión abriendo el acceso a los depósitos de carburante mediante la intervención policial… pero las plantillas continúan en huelga. Total y la patronal del sector han puesto en pie una noria de camiones y de distribuidores de carburante por oleoductos de los países limítrofes para realimentar el suministro.

La semana que acaba de comenzar es, una vez más, decisiva. Estos últimos días, siguiendo las ordenes presidenciales, Valls ha tenido que cambiar de tono. Oficialmente ha telefoneado a Philippe Martinez para decirle que su puerta estaba abierta.

Varios sectores ya están o van a estar en huelga en los próximos días. Los asalariados y asalariadas de los centros de tratamiento de residuos de Ile de France (Región parisina), cuyas principales empresas están bloqueadas. Las plantillas de las refinerías continúan en huelga. Las acciones de bloqueo de los puertos en el Oeste del país se mantienen. Los controladores aéreos también saldrán a la huelga, al igual que en el metro y los trenes de cercanía en Paris. Los pilotos de Air France, también están a punto de programar una huelga para los días próximos. En fin, las tres principales federaciones del ferrocarril (CGT, SUD, UNAS) comienzan hoy una huelga reconducible. Para la CGT y SUD la huelga tiene que ver con la ley El Khomri, pero está vinculada al futuro del convenio colectivo del sector ferroviario. Ahí también el gobierno, pasando por encima del presidente de la SNCF, intenta jugar a bombero intentando garantizar, contra la opinión de la dirección de la empresa, la conservación de determinadas conquistas importantes para los agentes de la SNCF. La CFDT se apresuró a desmarcarse del llamamiento, pero el resto de federaciones y numerosos ferroviarios y ferroviarias comprendieron bien que ante la introducción de la competencia en el sector, es preciso imponer derechos comunes y no derogaciones cuya protección será temporal. También, en el plazo de 48h, el gobierno ha accedido a determinadas reivindicaciones sectoriales y acaba de desbloquear más de 1500 millones para investigadores y enseñantes.

Detrás de la serenidad que muestra en los medios existe un verdadero pánico y la crisis política se prolongo con un gobierno desacreditado y un respaldo mayoritario a la retirada de la ley.

La franja militante del movimiento sabe bien que el pulso contra Valls y su gobierno es un pulso fuerte y prolongado. La única arma que tiene el movimiento para ganarlo es llegar a la generalización de los bloqueos y la huelga reconducible en varios sectores, sobre todo en el transporte. Tras las fisuras que se han abierto en el campo del adversario, hay que aumentar la presión. Hay un elemento que puede favorecer la relación de fuerza de las y los huelguistas. El inicio del Euro2016 [campeonato de fútbol] que acoge Francia a partir del 10 de junio. Lejos de ser un obstáculo para el movimiento, este acontecimiento puede pesar a la hora imponer un retroceso a un gobierno situado a la defensiva en un contexto mediático internacional.

A diferencia de otras movilizaciones anteriores (2003, 2010), en esta existe una conciencia real de lo que está en juego con la ley El Khomri que trata de alinear Francia a otras legislaciones idénticas [muy desfavorables] existentes en otros países de Europa. También existe una red militante construida desde hace tres meses entre sindicalistas, la juventud, los militantes políticas que constituyen el cemento de las acciones y de las manifestaciones. Es lo que hasta ahora ha hecho posible la firmeza de las posiciones de los dirigentes confederales de la CGT y de FO.

Si en las manifestaciones, al lado de la exigencia de la retirada de la ley, está omnipresente la exigencia de la dimisión de Valls, la cuestión que se plantea es cuál es la alternativa. Evidentemente, todo el mundo comprende que en la Asamblea actual no hay una mayoría alternativa capaz de desarrollar una política antiausteridad.

Así pues, la cuestión que se plantea es la de la disolución de la Asamblea, haciendo saltar por los aires el calendario previsto para 2017 [elecciones presidenciales y legislativas] y la preeminencia de la elección presidencial. Pero todo el mundo es consciente, también, que la cuestión no es sólo de una nueva Asamblea, moldeada por el marco constitucional actual. Su naturaleza, su elección, las reglas de funcionamiento de las instituciones…, constituyen en sí mismas un obstáculo por muchas razones (tipo de escrutinio, presidente de la república…) En un momento en el que en las plazas y en la calle se discute la cuestión de la democracia real, del control y de la decisión popular en torno a todas las opciones que afectan a la sociedad, la forma de decidirlo no puede dejarse en manos de un sistema totalmente antidemocrático.

La Constitución actual fue impuesta por De Gaulle tras su golpe de Estado de extrema derecha en 1958: sin constituyente, sin debate popular, ventilada en dos meses por sus "expertos", con un plebiscito formal… De eso hace ya 60 años. Y en sus reglas de funcionamiento es la más antidemocrática de la cinco. Toda la sociedad debe tener el derecho y los medios para debatir democráticamente sus reglas de funcionamiento. Así pues, la cuestión que se plantea es la de una nueva Constituyente, elegida democráticamente, además de enviar al museo dela historia el edificio reaccionario de la V República.

* Militante del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) de Francia

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