La política ciega, o sobre el Ayuntamiento de Madrid

viernes, 12 de febrero de 2016 ·

Joxe Iriarte "Bikila"

No hace mucho, un casi todopoderoso Jiménez Losantos, artista, periodista, antiguo Mao, y por ello conocedor de todos los vicios y flaquezas de la extrema izquierda, podía torcer la dirección del principal partido del país, el PP. Lo hacía con ocurrencias como la de “maricomplejines”. Casi a diario, el periodista azotaba a Mariano Rajoy, por su manifiesta incapacidad de defender “sin complejos” la política de una nueva derecha. Por fortuna para Losantos, en lugar de Rajoy, Esperanza Aguirre le cogió el testigo. Y efectivamente durante más de una década, los neocon aguirristas fueron los verdaderos artífices de la política madrileña.

Ese tiempo pasó. Lo quebró el 15M inaugurando una época en la que la consigna se escribía con las letras D-E-M-O-C-R-A-C-I-A. No obstante, aquellos días “oscuros” nos dejaron algunas lecciones que no debiéramos olvidar. La primera es que lo que llamamos derecha en Madrid (el bloque oligárquico político-empresarial) es un conglomerado complejo e inteligente de componentes diversos, que pueden funcionar con completa autonomía: neocatólicos conservadores, tardofranquistas, pero también antiguos extremoizquierdistas y ultraliberales republicanos, una panoplia social que comprende desde grandes empresarios hasta sectores populares convenientemente movilizados por el resentimiento. La segunda reside en saber que la nueva derecha se mueve en un terreno que no es sólo el del gobierno, sino el de los medios de comunicación convencionales, pero también de los nuevos media (blogs, redes sociales) e incluso de los movimientos sociales. De hecho, es precisamente esa red de “contrapoderes” la que otorgó autonomía y capacidad de iniciativa a un gobierno que, como el de Esperanza, mostró una notable predilección por la desobediencia institucional. Y la tercera es que en Madrid, toda forma de gobierno a través de lo “progre” –o si se quiere de los sutratos culturales de la izquierda de clase media– que probó el último zapaterismo, ha sido destruida por la máquina neocon. Que el 15M se representara como “ni de izquierdas ni de derechas” tiene mucho que ver con esta ruina de la izquierda, y principalmente del “culturalismo progre”.

Ninguna de estas lecciones parece haber sido asimilada por los actuales estrategas de la nueva política madrileña. Se trata de una afirmación que vale tanto para Ahora Madrid como para Podemos. La crisis de este fin de semana (crisis enésima) nos ha vuelto a recordar la capacidad de maniobra neocon con toda su radical crudeza. Un breve resumen:

El viernes se “echa” una obra de títeres de cachiporra dentro del marco de los Carnavales del barrio de Tetúan patrocinados por el Ayuntamiento. En el espectáculo se siguen una serie de escenas que muchos consideran de mal gusto y que finalmente terminan con la entrada de unos peluches con una pancarta con el rótulo “Gora Alka ETA”. A muchos padres les resulta indignante. Y al menos uno decide llamar a la policía. Ésta interviene deteniendo a los actores de la compañía. Hasta aquí lo que sólo podría ser un escándalo en una población inferior a los 5.000 habitantes, o todo lo más una nota en la gaceta del barrio.

Pero sin embargo es en paralelo a la detención cuando comienza el estrambote. El mismo bloque mediático neocon huele a sangre y decide aprovechar el caso. El Mundo, El Español y toda la recua (OKDiario, Libertad Digital, etc.), con la inestimable ayuda de El País, sueltan los perros. La acusación de enaltecimiento del terrorismo se eleva a fundamento de un ataque contra el gobierno de Ahora Madrid y, según un guión ya probado, con la exigencia de dimisión de la concejala de cultura. La reacción del Consistorio: susto, susto, parálisis, pánico, pánico.

La alcaldesa ha sido incapaz de ponerse al lado de la defensa de las libertades civiles. El error es estratégico, de bulto

Los errores del Ayuntamiento se suceden uno tras otro. Un nota de retractación por el espectáculo. El anuncio de una querella que luego resulta ser una rescisión de contrato. El cese de los comisarios artísticos –en estas crisis, ya se sabe, siempre “tienen que rodar algunas cabezas”–. Y finalmente un comunicado insustancial sobre el valor de la sátira política y la libertad de expresión. En ese momento, las seis de la tarde del sábado, ya había dos chicos camino de Soto del Real; la prensa y las redes ardían contra el abuso judicial. Durante ese mismo día, tampoco faltaron los comentarios de algunos estrategas de Podemos que hacían equiparaciones entre los dos daños y las dos (ir)responsabilidades: la de los titiriteros y el ayuntamiento. Por su parte nuestra alcaldesa (¡bien!) se dejó querer en la gala de los Goya, obviamente sin decir ni mú.

Pero ¿qué se ha dirimido en esta crisis? A diferencia de lo que algunos piensan, en estos días no nos hemos enfrentado a la disyuntiva entre libertad de expresión (principismo) y la necesidad de salvar el Ayuntamiento (estrategia). Lo ocurrido este fin de semana muestra sencillamente la incapacidad de los actual gobierno, empezando por la alcaldesa, ya no de emplear el gobierno municipal como palanca de transformación, sino simplemente de conservarlo. Vayamos por partes.

1. El episodio que llegaremos a conocer como la “crisis de los titriteros” no se ha salvado por los grandes ajedrecistas en nómina del Ayuntamiento, como tampoco por los de Podemos en la Comunidad de Madrid. Fue el sistema-red 15M (centenares de cuentas, colectivos, grupos) el que activó una lectura inteligente del caso, señalando la desmesura respuesta policial-judicial y construyendo un relato de los hechos radicalmente distinto al que ofrecieron los medios. Fue también ese mismo sistema-red el que empujó a buena parte del periodismo a escribir en contra del “escándalo”. Y fue, en definitiva, ese sistema-red el que creo la “atmósfera” que ha conseguido dar la vuelta a una situación que era de acoso y derribo del gobierno de Ahora Madrid en una campaña por la las libertades civiles. Como era de esperar aquellos con más olfato político (primero los críticos de Podemos, luego Pisarello, Colau, Echenique, Mayoral y el propio Iglesias) acabaron posicionándose durante la tarde del sábado a favor de esta ola.

No obstante, la prueba del retardo político del Consistorio es que –salvo las declaraciones de los seis concejales tradicionalmente díscolos y una breve nota de la concejala de cultura–, todavía no ha habido una declaración oficial clara en contra de la prisión de los titiriteros. Hoy lunes por la mañana, en rueda de prensa, la alcaldesa Manuela Carmena se ha limitado a hablar de severidad judicial, de que existe un grande debate social y, en definitiva, de que no corresponde al Ayuntamiento valorar el trabajo de la justicia. En otras palabras, la alcaldesa ha sido incapaz de ponerse al lado de la defensa de las libertades civiles. El error es estratégico, de bulto.

Si durante el fin de semana el gobierno municipal no hubiera aceptado el marco cultural de la ofensiva neocon, y no se hubiera dejado vencer por el pánico, aterido a la única prioridad de mantener la cabeza de su concejala de cultura. Si el gobierno municipal hubiera aprendido de anteriores crisis (principalmente la del caso Zapata) que mostrar debilidad ante el lobby neocon es abrirle una brecha que siempre van a aprovechar. Si el gobierno municipal hubiera sumado 2 + 2, para entender que el objetivo de la ofensiva no era una presa tan ridícula como un concejal, sino desviar el fuego mediático que recibe estos días con más de cincuenta concejales imputados en Valencia, la posibilidad de que sea “prohibido” en esa comunidad y la declaración de Aguirre por la Gürtel. Si todo ello hubiera estado al alcance de la inteligencia del Consistorio, hoy estaría encabezando una campaña con notable fuerza y capacidad de éxito contra un Partido Popular que se siente acorralado y reacciona a la deseparada. Basta decir que el PP está siendo abandonado por buena parte de los poderes reales del país debido a su incapacidad para actuar como el “partido de la reforma necesaria”, de ahí su agresividad, más propia de una bestia herida y desesperada que de la vieja inteligencia neocon. Pero el Ayuntamiento no sólo ha sido incapaz de entender la situación, sino que además se ha enajenado el apoyo de un buen número de colectivos que, cada vez más y con buenas razones, desconfían del mismo.

2. La política es siempre conflicto. Y el conflicto requiere de estrategas, contrapoderes, movimientos sociales y una amplia red de procesos situados más allá del gobierno. En este frente deben existir “comunicólogos”, pero su papel nunca podrá asimilarse al de una “dirección política”. Me explico: ninguna competencia política ha sido más premiada en este año de “cambio institucional” que la de community manager, experto en comunicación política o simplemente “comunicologo”. La razón reside en que buena parte del éxito del 15M estuvo en el uso virtuoso de las redes sociales. Posteriormente, desde la emergencia de Podemos, y con el añadido de algún picante intelectual (desde Laclau a Lakoff), se ha ido asentando la idea (mágica) de que la política consiste hoy en una suerte de comunicación directa con la masa / espectador / votante medio, o en otras palabras con la “gente” / “ciudadanía”.

La política de los comunicólogos, propensa a gratificar la moderación social, los conduce a un terreno en el que son presa fácil de los “comunicadores neocon”

El resultado es paradójico. De una parte, esta forma política tiende a estar pendiente únicamente de los “gestos” y de la “construcción mediática”, de “argumentario” y “discurso”, y esto de una forma más obsesiva y banal que lo que era corriente en los viejos partidos. De otra, la atención de esta política parece incapaz de volcarse en otra cosa que no sea la representación mediática, lo que produce sobreestimulación, sobreexposición y entre los “nuevos liderazgos” una posición oscilante entre el delirio narcisista y la paranoia. A falta de imágenes complejas de la sociedad sobre la que se quiere intervenir, de organizaciones políticas fuertes –una renuncia clara y decida por parte de Podemos y AM– y de elementos complejos de análisis de economía política, la dirección política de los comunicólogos acaba en esperpentos como los de este fin de semana. Por resumir: la búsqueda de la “gente” construye imágenes sociales moderadas y planas (el centro político) y esto lleva a rehuir el conflicto en los lugares en los que hay que darlo.
Así la cosas, la política de los comunicólogos, centrada en los gestos y propensa a gratificar la moderación social, los conduce a un terreno en el que inevitablemente son presa fácil de los “comunicadores neocon”: las guerras culturales. Si tu única defensa descansa en cierta identidad cultural y de discurso, te puedes encontrar que esta no supone defensa alguna. En el caso de Ahora Madrid, esta afirmación es doblemente cierta, por un lado por el descrédito merecido de la “ideología progre” –sencillamente irrecuperable–; por otro, por la especialización de los medios neocon en este tipo de batallas. Desde Irving Kristol en EEUU, y tras la experiencia de Jiménez Losantos en Madrid, resulta imposible gobernar sobre la base de batallitas discursivas.

Dicho de otro de modo, si no se emprende una política de cambio real que genere adhesiones reales, si no se construyen organizaciones fuertes capaces de soportar los embates políticos, si no se cuenta con una amplia red de contrapodres autónomos y aliados, el gobierno acabará por ser un títere, un barquito de papel al capricho de los poderes reales. Esta es cada vez más la situación del gobierno municipal de Madrid.

3. Jamás se puede gobernar para todos (y todas). Se puede y se debe “administrar” una serie de servicios con criterios de equidad, solidaridad y garantía jurídica, pero gobernar es sencillamente otra cosa. Gobernar es una actividad que consiste en poner los medios de gobierno a favor de un determinado proyecto o idea política. Y esto supone siempre asumir que se está “de parte”, asumir que se está sumergido en un conflicto entre intereses contrarios.

Por volver al acaso del Ayuntamiento de Madrid, el gobierno municipal tiene que asumir que para realizar una política social y de democratización auténtica, debe derruir los pilares que han cimentado el poder del bloque oligárquico y que siguen enquistados en los presupuestos municipales, como muestran las deudas contraídas por veinte años de políticas neoliberales. Y no sólo. El gobierno debe saber reconocer dentro de la propia arquitectura institucional que elementos trabajan en su contra. Un ejemplo evidente en esta crisis: difícilmente se explica la velocidad de la respuesta de los media neocon y también de la denuncia por “enaltecimiento del terrorismo”, sin conexiones periodístico-políticas con elementos de la policía municipal. Enfrentarse a lo que normalmente suele ser un “poder corporativo autónomo” requiere de perseverancia e inteligencia, pero resulta inevitable si se quiere hacer política. Como en tantas otras cosas, se ha preferido la “paz interna”, una situación en la que inevitablemente se pierde por incapacidad de asumir un conflicto necesario.

Muchos hemos actuado estos días todavía con el objeto de salvar el papelón de un Ayuntamiento en permanente crisis

De igual modo, gobernar es favorecer los contrapoderes autónomos que tienen que llevar la iniciativa cuando el gobierno no puede, y en los que definitivamente descansa toda democracia real. Si estos días no se hubieran activado esos contrapoderes –en este caso el sistema-red 15M– seguramente estaríamos asistiendo a una serie de dimisiones municipales ¡por un espectáculo de peluches y bolas de trapo! Sin un política que facilite la multiplicación y autonomía de estos contrapoderes, estaremos tarde o temprano en una situación política que enfrentará a gobierno y movimientos.

Muchos hemos actuado estos días todavía con el objeto de salvar el papelón de un Ayuntamiento en permanente crisis, con una dirección inoperante y que se muestra de forma recurrente muy por debajo de la altura de los retos para los que se construyó la candidatura. Muchos pensamos que, caso de que no se produzca un giro de 180 grados, esta vez también será la última. 

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