Y en eso se fue Fidel

miércoles, 30 de noviembre de 2016 · 0 comentarios

Santiago Alba Rico *

Ha habido que esperar al año 2016 para que acabara el siglo XX. Ocurrió ayer, cuando Fidel Castro, el Comandante inmortal de la revolución cubana, libró y perdió su última batalla -como cumple a todo ser humano- a los 90 años de edad. Desde 2006 no era ya presidente de su país y desde 2010 tampoco máxima autoridad del ejército: en esa fecha se ascendió a sí mismo a “soldado de las ideas”. Pasó los últimos años retirado de la vida pública leyendo periódicos sin parar, obsesionado por el destino de la humanidad como especie. A los 90 años, genio o jardinero, ministro o camionero, uno se convierte irremediablemente en un “abuelito”. Con más memoria en su cabeza que algunos ordenadores y más historia en su cuerpo que muchas bibliotecas, Fidel tenía, sí, preocupaciones de “abuelito” planetario y, retirado del ejercicio directo del poder, volcado en sus “reflexiones”, había ido alejándose de la geopolítica, cuyos arcanos manejó como ningún otro estadista del siglo pasado, para concentrar toda su atención en la amenaza nuclear, el cambio climático y los progresos de la ciencia. La última vez que lo escuché en La Habana cerró su intervención en tono apocalíptico y, al mismo tiempo, combativo: “Si a la Humanidad le quedan diez años, habrá que ponerse a luchar, no a llorar”.

Fidel encabezó una revolución “clásica” del siglo XX y, en las condiciones más adversas, mientras América Latina sucumbía al imperialismo estadounidense y a sus dictaduras ancilares, logró superar invasiones y bloqueos para dejar ahora, 58 años después, una Cuba descascarillada, pero viva, que duda entre el abandono y la revisión de su legado. Por el camino han quedado algunas contradicciones económicas y políticas mal resueltas en medio de una historia de dificultades, alivios y tropiezos: el cepo soviético y la crisis de los misiles, el “quinquenio gris” y su represión cultural (1971-1975) , el hundimiento económico del “período especial” (1991-1994), las crisis migratorias, el providencial gobierno de Chávez en Venezuela, la doble moneda, los “lineamientos económicos” que reintrodujeron en 2010 las relaciones de mercado, el retorno de miles de cubanos que habían abandonado el país, las reformas de consecuencias imprevisibles conducidas por la misma clase dirigente que hizo la revolución y a espaldas de esas nuevas generaciones que reclaman protagonismo, el restablecimiento -en fin- de relaciones diplomáticas con EEUU, hito inseparable de muchas promesas y muchas amenazas. La gran victoria de Fidel ha sido la supervivencia de Cuba a 58 años de acoso imperialista, una victoria rubricada en la última Asamblea General de las Naciones Unidas, donde por primera vez no hubo un solo voto -ni siquiera el de Washington- a favor del bloqueo. Fidel, que sobrevivió a 11 presidentes estadounidenses, ha visto cómo se debilitaba, al mismo tiempo que su salud, la hegemonía mundial del gigante imperialista que ha marcado la vida, en la isla y en Miami, de varias generaciones de cubanos.

El siglo XX acabó ayer y Fidel -junto con Lenin y Churchill– constituye sin duda su figura más señera e influyente. Nunca un país tan pequeño habrá dejado tanta huella en el mundo a través de un solo hombre. Nunca un anciano superviviente en mil refriegas habrá dejado a sus espaldas tanta admiración y tanta nostalgia, como si fuera -en la estela del Che o de Camilo Cienfuegos– un joven héroe precozmente muerto en la batalla. El siglo XX de la descolonización, de la dignidad recuperada del llamado Tercer Mundo, de las luchas anti-imperialistas, no puede entenderse sin él. Fidel es para América Latina lo que Mandela para África, lo que Ho Chi Min para Asia, lo que Nasser para el mundo árabe y, si los sobrevivió a todos ellos, su sombra se alarga también más lejos. Si miramos hacia atrás desde la exacta y tramposa perspectiva de la hamaca sin tiempo, podemos señalar los errores y las limitaciones, pero nadie con un mínimo de decoro -ese sustantivo tan martiano- podrá negar, repasando algunas acciones decisivas, que esas acciones estuvieron “bien” (como pensó Dios del mundo recién creado) o que, de haber estado vivos y con conciencia en esa época, también nosotros las hubiéramos celebrado, acompañado o apoyado: había que estar en el Moncada, había que estar en Sierra Maestra, había que estar en Playa Girón; y había que estar, luego, en la lucha contra el apartheid en África y en las misiones médicas del Sáhara, de Venezuela o de Pakistán; y había que estar siempre en la resistencia contra el bloqueo y sus crímenes cotidianos; y en la defensa cotidiana de la sanidad y la educación. Con esa mampostería Fidel levantó en la isla un asidero para la utopía, un rompeolas contra el imperialismo y una humanísima chapuza social. Su grandeza tiene que ver con su resistencia frente a un enemigo omnipotente; y también con su capacidad para convertir su pequeño país, a veces a expensas de su propia gente, en un ejemplo “universal” para todos los pueblos sufrientes del mundo. Sin Fidel y sin Cuba hay ciertas cosas que no se podrían ni siquiera haber pensado: la legitimidad de la rebelión, la dignidad de los subalternos, la soberanía de los pequeños. Más que el Fidel real, de una astutísima inteligencia bien ceñida a la orografía de la Guerra Fría, fue esta hormigueante mirada desde abajo -de los que luchaban y luchan por la soberanía- la que lo convirtió en una leyenda viva y, a los ojos de EEUU, en una amenaza que había que destruir. Cuba, con su ejército de médicos y su arsenal de vacunas solidarias, siempre fue mucho más amenazadora para EEUU que al revés. Es Obama quien ha comprendido por fin -a la espera del imprevisible Trump- que unos EEUU debilitados sólo pueden vencerla con turistas y no con misiles.

La victoria de Fidel, ya imborrable, es la inversión de las proporciones: la hazaña de llegar a ser el más grande representando a los más pequeños, el más duradero representando a los más frágiles. Fidel, sin embargo, también fracasó. Su fracaso tiene que ver con la construcción fallida de un “hombre nuevo” que necesitaría dormir y comer tan poco como él, que correría tan deprisa como él y que soportaría, como él, todos los sacrificios. Buena parte del pueblo cubano lo adoraba y lo admiraba -lo adora y lo admira- pero no se parece a él. Bajo su mando Cuba construyó, eso sí, una vanguardia admirable de atletas morales -militantes e intelectuales- que, como me decía en una ocasión el gran periodista Enrique Ubieta, habían asumido la tarea “agobiante” de conciliar un “ideal” con la defensa de un Estado “real” siempre en peligro. Esa tensión es admirable, pero imposible en el tiempo, y más en condiciones de subdesarrollo económico y agresión exterior; y de la mano de una burocracia entrometida y “vieja” (en edad y en concepción). Fidel fracasó, como no podía ser de otro modo, a la hora de resolver esa paradoja eterna que el helenista marxista Luciano Canfora señalaba en uno de sus libros: “el impulso revolucionario no se transmite, ni por vía genética ni por vía pedagógica. Simplemente se pierde. Ya que la experiencia a lo sumo se puede explicar, pero no transmitir: es individual e irrepetible. Cuando obstinadamente se intenta prolongar por vía pedagógica su vitalidad de generación en generación, muy pronto esa pedagogía es percibida como retórica y, por tanto, rechazada”. Fidel siguió creyendo que todo era cuestión de pedagogía y de ejemplaridad y fue incapaz por eso mismo de imaginar una Cuba revolucionaria sin revolucionarios. Una cuba revolucionaria sin tutela fundacional. Una Cuba revolucionaria sin él. Para Cuba, podemos decir, el problema ha sido paradójicamente que, en la tensión entre el Ideal y el Estado, Fidel impuso muchas veces el “ideal” sobre el Estado.

Después de aguantar cincuenta años Fidel fue el primero en darse cuenta de que lo único que habían hecho en cincuenta años era eso: aguantar. No es poco; y es mucho -y hasta una proeza política y moral- a 120 millas de Florida y en medio del naufragio del continente. Pero en su famoso discurso de noviembre de 2005 en la Universidad de la Habana Fidel se atrevió a decir lo que otros escamoteábamos o amagábamos: que aún no tenemos ni idea de qué es eso del “socialismo”. Fidel se ha muerto sin haber hecho el socialismo y sin decirnos cómo se hace el socialismo. Sabemos lo que es el capitalismo, el fascismo, el racismo, el patriarcado, pero no el socialismo. Su revolución fue del siglo XX y no se puede repetir. Nos legó un ejemplo pero no un sistema. Deja huérfanos incluso a sus enemigos en un mundo en el que Cuba, en pleno reflujo de América Latina y del planeta entero, no es ya el modelo. Lo jodido es que tampoco tenemos otro. Urge, pues, articularlo y proponerlo, recordando quizás la formulación sintética que precisamente un gran historiador cubano, Julio César Guanche, defensor hasta la crítica de su revolución, nos propone en uno de sus libros: “la posibilidad de desplazar la «política» hacia el mundo de la  distribución democrática de la economía contra la explotación del trabajo y contra la monopolización de fuentes materiales de existencia social y personal y hacia la distribución democrática de la propia «política» a favor de la acumulación de poder popular ciudadano contra la acumulación de cualquier tipo de poder burocrático y/o mercantil”. A esto lo llamo «socialismo», pero otras personas pueden llamarlo simplemente «democracia»”. En Cuba, en España, en EEUU, en Siria, seguir esa senda -llamémosla “democracia”- será la mejor manera de recordar a Fidel y mejorar su legado. Hasta siempre, Comandante.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.

“Estado de Derecho: Entre Cuba y el mundo”: Carlos Fernández Liria

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La pupila insomne

Supongo que todos estaremos de acuerdo en que no basta con que la Constitución diga que hay Estado de Derecho para que admitamos que, en efecto, lo hay. Fundamentalmente, decimos que una sociedad está en Estado de Derecho cuando en ella hay una división de poderes, es decir, cuando el poder que legisla, el poder que juzga y el poder que gobierna son independientes entre sí, de modo que, por ejemplo, el gobierno puede ser llevado a los tribunales para ser juzgado con arreglo a unas leyes que no han hecho ni jueces ni gobernantes.Pero esto es una cosa que decimos, igual que puede decirlo la Constitución. Lo difícil no es estar más o menos de acuerdo con esa definición. Lo difícil es averiguar lo que ponemos en juego para distinguir una sociedad que dice estar en estado de Derecho, de una sociedad que efectivamente lo esté. Así por ejemplo, en el 17 de abril de 1989, Pinochet declaró que Chile ya estaba lo suficientemente maduro para volver a ser un Estado de Derecho, que él ya había matado a suficientes marxistas, comunistas e izquierdistas y, que, por tanto, ya podían convocarse elecciones sin peligro de que ganaran las izquierdas, aunque, desde luego –advirtió-, “si gana una opción de izquierdas o se toca a uno solo de mis hombres, se acabó el Estado de Derecho”. El 17 de abril de 1989, por tanto, los medios de todo el planeta celebraron la vuelta de Chile a la democracia. Y, desde entonces, ha habido democracia y Estado de Derecho en Chile, ya que, puesto que no ha ganado las elecciones ninguna opción de izquierdas, no ha sido necesario volver a dar un golpe de Estado. En 1990 ganó Patricio Alwyn, un antiguo golpista democristiano y, cuando han ganado los socialistas, han seguido, como si tal cosa, haciendo lo que mandaba el FMI, porque durante los dieciséis años de dictadura ya aprendieron eso de que quien manda, manda, y que si no, ya se sabe, “se acabó el Estado de Derecho”.

El caso es que, puesto que se celebran elecciones y no ganan las izquierdas y por tanto no hay golpes de Estado, podemos decir que en Chile hay Estado de Derecho. Lo mismo ocurre en Colombia durante estas últimas décadas, los paramilitares se han ocupado de matar a tiempo –a veces “justo a tiempo”, el día antes- a todos los que siendo de izquierdas podían ganar las elecciones, de modo que luego los comicios electorales se han podido celebrar sin sacar los tanques a la calle, a causa de lo cual podemos decir en nuestra prensa democrática que Colombia es una democracia y está más o menos en Estado de Derecho (al contrario, ya se sabe, que Cuba). En Haití dejó de haber Estado de Derecho en 1990, a causa de que, por abrumadora mayoría, había ganado las elecciones el peligroso cura izquierdista Aristide, que amenazó en seguida con subir el salario mínimo 20 centavos, por lo que, ante semejante fallo del sistema democrático, se hizo necesario dar un golpe de Estado, implantar una dictadura y matar a varios miles de personas, entre torturas horrorosas; como resulta que no se mató a los suficientes, en el 2000 volvió a ganar las elecciones Aristide, por lo que se hizo necesario otro golpe de Estado en julio de 2001, que, como fracasó, hizo necesario otro más, en diciembre de 2001, que fracasó también, por lo que se recurrió a bloquear todas las ayudas de Banco Interamericano de Desarrollo y todos los créditos del FMI,, hundiendo la economía haitiana en un abismo sin fondo, y así hasta el golpe de Estado de este año 2004, que ha triunfado por fin, con la complicidad, por cierto de toda Europa; en cuanto se haya matado a todos los que tengan el propósito electoral de subir el salario mínimo de las Alpha Industries, en Haití se podrá restaurar, sin riesgo, el Estado de Derecho.

La historia de Latinoamérica está plagada de casos así. Pero, los paladines de la democracia y las libertades, como Mario Vargas Losa, no ven nada raro en todo esto. Sin ir más lejos, aunque Chavez ganó en cuatro años ocho consultas electorales, a sus ojos y los de nuestra prensa democrática no ha cabido duda, en todo este tiempo, de que es un dictador -ya que es de izquierdas. Si hubiera triunfado el golpe “cívico-militar” del 2002, si se hubiera asesinado a Chávez y se hubieran exterminado a unas cuantas decenas de miles de bolivarianos, de modo que ya no se corrieran riesgos electorales, no cabe duda de que a los ojos de nuestros bienaventurados medios de comunicación se habría dejado a Venezuela bien madurita para la democracia y la división de poderes. De hecho, como se recordará, el golpe de Estado de abril del 2002 que colocó por 24 horas al jefe de la patronal en el poder, fue celebrado por El País, El mundo y todos las televisiones españolas y europeas como una “tranquila” “restauración de la democracia”.

Cuento todo esto que siempre suelo contar para que se vea que con semejantes criterios no hay manera de averiguar si las sociedades que dicen estar en Estado de Derecho realmente lo están, de modo que habrá que poner manos a la obra para buscar otro criterio, al menos si no queremos estar hablando por hablar (aunque bien es verdad que es una actividad bastante bien pagada en el Grupo PRISA, en tanto resulte eficaz para impedir que se hable de lo que hay que hablar). En España, por ejemplo, la última vez que ganó una opción electoral lo suficientemente de izquierdas como para molestar un poco a los Botín y los March, fue en 1936, y el desliz se pagó tan caro como todos sabemos. Lo mismo pasó en Grecia (1967). Y en Italia no pasó, porque EEUU ya se encargó de advertir que como pasara invadirían el país. Uno no se puede cansar de repetir que, en toda la historia del siglo XX no ha habido ni una sola vez en que una opción electoral de izquierdas haya podido intervenir en los asuntos del capital sin que el experimento no haya sido corregido por un pinochetazo.

Así ha sido nuestro tan cacareado Estado de Derecho: un Estado de Derecho en el que las izquierdas jamás han tenido derecho a ganar las elecciones. Las izquierdas han tenido derecho -como lo tienen, por ejemplo, hoy día en toda Europa- a intentar ganar las elecciones, eso sí. Pero no a ganarlas, porque entonces se monta la de Dios y “se acabó el Estado de Derecho”. Esto es una cosa que la historia del siglo XX ha grabado en el alma de los votantes con sangre y con fuego: si se quiere que haya democracia y Estado de Derecho, hay que votar a las derechas. También se puede votar a las izquierdas que hagan políticas de derechas. Pero no a las izquierdas que hagan políticas de izquierdas. Así pues, no es que las izquierdas de izquierda se hayan empeñado en ser revolucionarias. De ninguna manera. Es que no se les ha dejado, jamás, otra opción. La opción no ha sido nunca, o Castro o Allende, la opción ha sido o Castro vivo o Allende muerto.

*Fragmento del libro A quien corresponda. Sobre Cuba, la Ilustración y el socialismo, publicado en 2005. Texto íntegro en La Jiribilla

Argi ilunak

martes, 15 de noviembre de 2016 · 0 comentarios

Joxe Iriarte “Bikila”- Alternatibako kidea

Hauteskunde emaitzak kontuan (aurrekoak ikusita) EHBildukideok baditugu arrazoi nahikoak pozik egoteko. Arazoak arazo, hori argi utzi nahi dut. Alde batetik eta kontuan izanik Podemos hor dagoela, gure emaitza propioak onak izan direlako eta, batez ere, kanpainan zehar azaldutako aurrerapenak nabarmen hobetu direlako. Eta bestetik, oro har, konstituzionalismoaren ikur nagusiak (alegia 78ko erregimenaren zutabeak), larri eta estu dabiltzalako gurean. Eta hori berez ona da hartzen dugun aldetik hartzen dugula. Azkenik, ezker eraldatzailearen parlamentari kopurua handitu egin da. Lehen 21 (EH Bildu) orain 28 (EH Bildu + Podemos)

Alabaina, distiratzen duen oro ez da urre, eta berri on horiek badute bere itzalak. Izan ere, EAJren nagusigoaren atzean dagona da, krisian ere azken finean gu ez gaudela Espainian bezain gaizki eta hori bere kudeaketaren esker dela sinistearena (bultzaturiko murrizketa sozialak, erraustegia inposatzea,  Kutxabank ustiatzea, AHT, Kukutza, eta abarren ondorio kaltegarriak ezkutatuz edo mozorrotuz). Beraz, EH Bildu ez da gai izan uste ustel hori agerian usteko, ezta Europar Batasunean nagusia den eta EAJk bere egiten duen modelo neoliberalaren nondik norakoak azaltzeko (Troikaren aginduei men egitea, TTIP-rekin bat egitea…).  EAJk ez aipatzeak EU-rekiko morrontza, arazoak saihesteko duen trebetasuna adierazten du, baina gure aldetik gaia ez ateratzeak ahuldadea. Eta ezintasun horrek asko kamuztu eta epeldu du EH Biduren (eta Podemosema zer esanik ez) kontrakotasuna. Adierazgarria Argiako azalak zioena, “giro epelean boterea- alegia EAJ- goxo” eta eroso.

Eta oso eroso dabilenez, aurreko legealdiaren parametro berberetan jarraituko du Estatuko gobernuarekin, tratante negartiaren moduan. Hauteskunde kanpainan adierazi duen PPrekiko ezezkotasunak ez du iraungo Moncloan ate joka hasten denean. Joera hori pisu hila da edozein prozesu eraldatzailerako, zeren teorian posible dena (erabaki eskubidearen aldekoen nagusitasuna gauzatzea) praktikan indargabetzen delako borondate ezagatik… baldin eta gizarte zibilak (Katalunian bezala) behartzen ez badu. Hor datza gure esperantza. Sindikatuen, Gure esku dago, eta mugimendu sozialen suspertzea. Ikuspuntu horrekin bat eginez, sindikatu eta eragile sozialekin lan egiteko proposamena da “herri akordioaren” alderik interesgarriena. Jakina, proposamen horren helburu minimoak ezin dira inoiz izan sindikatu eta eragile sozialek patronalari eta jaurlaritzari egiten dizkietenak baina apalagoak. Are, ausartagoak izan beharko lirateke.

Horregatik, ez dut ondo ikusten, kanpainan enplazamendu orokor gisan erabilitako hiru alderdien arteko (PNV, Podemos eta EH Bildu) paktu edo hitzarmenaren proposamenarekin bere horretan jarraitzea, eta batez ere,  EH Bilduren ordezkari batzuei entzutea “gobernagarritasuna eta herrialde mailako akordioak erraztearen alde gaudela”. Gobernagarritasuna erraztu? Alderantziz deritzot!

Hots. Ados nengoke, segun ze gaitetan ezker soberanista eta independentistak gai izatea bai EAJrekin, eta baita PSErekin, adostasunak lortzeko. Baina, huts egingo dugu adostasun hori gobernu izaera edo legealdirako paktu izaera hartzen badu. Seguru beraiek ez dutela nahiko, baina hori ez da kontua, gure aldetik ere garbi utzi behar dugu, gaur egun,  EAJrekin ezta PSErekin ezin dela hitzartu paktu iraunkor edo funtsezkoak, beren estrategia gurearen aurkakoa delako, eta akordio taktikoetan izan ezik, gu kontra egin behar diegulako irmoki. Bai Espainian zein Euskal Herrian, egonkortasuna esan nahi du sistemak ez duela desengortuko duen areriorik, eta horrek herritarren desegituraketa dakarrela.

Ez dut ukatzen ere, koiunturaren baitan proposamen orokorren edo gai zehatzen inguruan “enplazamientoak” egitea, baina tentuz. Adibidez, EAJren aldetik borondaterik izanez gero herri akordio bat posible litzatekeela behin eta berriro azpimarratzeak,  ilusio faltsuak sortzen ditu, eta horrek ez dio mesederik egiten gure estrategari.

Kontraesan itzela da, LAB eta ELAk esatea EAJ ren garaipena patronalarena dela, eta gu Gobernu horrekin paktu orokor bat egin nahi izatea. Ez dut ulertzen nola uztar daitezkeen zerua asaltoan hartzeko asmoa eta egonkortasuna eta gobernagarritasuna (EAJrena) errazteko asmoa. Gurean ez dago Katalunian bezala, independentzia helburu duen haustura prozesu bat zeinean bertako burgesiaren zati batek talka egiten duena Espainiar estatuarekin eta bere faktikoekin, paktu herritar trasbertsala justifikatzeko. Erkidekoan ez dago ere, Nafarroan bezala, urtetan izaniko indar atzerakoien erresumarekin bukatzeko laukoen paktu baten beharra (kontuan izanik gainera, Nafarroa bai eta EAJ ez dela gauza bera). Erkidegoan, EAJk ordezkatzen du sistema,  “kasta”ren (nahiz eta modu trebeaz ezkutatu) zati bat da, inondik inora aldaketarako indarra (honekin ez dut esan nahi EAJ eta UPN gauza bera direnik) eta gure helburua egoera horrekin bukatzea dela argi eta garbi ez badugu aldarrikatzen, jai dugu alternatiba gisa. Eta bide horretan gure aliatua, oraingoz bakarra, Podemos da, nahiz eta bere anbiguotasuna oztopo handia izan. Oso frustrantea izan da Podemosen  azken hilabetetako bilakaera (noraeza) zeinak EAJ garaitzeko asmoa aldarrikatzetik oposizio zintzoa egitera mugatuko dela esateak adierazten duenak, eta gainera PSErekin adostasuna egitea proposatu.

Gure zintzotasuna herritarrei zor diegu, ez dinamika instituzionalari. Hitzetan eta kontzeptuetan ematen ari den (des) egokitze horri oso penagarria deritzot.

Azken finean, ezkerrak, errealitatea aldatzea izan behar du helburu. Ezin du dagoena ondo kudeatzera mugatu, edo mundu injustu batean egokitu edo goxo egin. Ezin du alternantziaren (gaur zu, bihar ni) itsas lamien kantuei amore eman.

Horregatik, hauteskunde mailan oraingoz nagusitasuna ez lortzeak ez gaitu urduri jarri behar. Pazientzi inpazientea izan behar du gurea, errealista borrokatzeko orduan eta aldi berean egoerarekiko egoskorra. Behar dugun jauzi kualitatiboa gizartean, aldaketatik etorriko da, “EAJren herrialde miresgarriaren ipuinetatik” jendeak siniskeri uzten duenean. Baina hori ez da lortuko EAJren atean deika ibiliz.

Zaila dela? Jakina, baina Espainiako Podemosen estrategak bezala sinistea plano diskurtsibo soilean eta alor mediatikoan posible dela alternatiba bat lortzea, ikuspuntu estrategikotik akatsa larria izateaz gaian (helburu eraldatzaile ikuspegitik, bederen) gainera ezinezkoa da (Espainian ikusi denez zein erraz sortu zioten neurriko arerioa). Eremu horretan beraiek beti irabazten dute. Aukera bakarra egoera desengorkortzean datza. Beraiek Gipuzkoan guri egin ziguten bezala. Instituzional alorrean kontrakotasun gogorra, eta kalean gogorrago.

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