El lugar del trumpismo en la historia

miércoles, 15 de febrero de 2017 ·

14/02/2017 | Daniel Tanuro
Trump tiene un proyecto: dirigir Estados Unidos como una empresa, transformarla en una fortaleza del “capitalismo judeocristiano”, reestructurarla a lo bestia, después darle la hegemonía mundial sin compartir. Acoso del personal, brutalidad con los opositores, negación de los perjuicios medioambientales…; simplemente un corta y pega del nivel de sus negocios aplicado a la sociedad. Millonario populista inculto, nacionalista, racista, sexista, homófobo, islamófobo, antisemita, Trump ambiciona remodelar la sociedad de USA y el mapa del mundo a martillazos, despreciando lo que existe y destrozando lo que se resiste.

Diversas fracciones de la clase dominante siguen los antojos del nuevo presidente con inquietud. ¿Podrán encarrilarlo? ¿Tendrán que deshacerse de él? Las dos opciones están abiertas. Pero no se puede descartar una tercera: que el pirómano, en una huida hacia adelante, incline el mundo hacia una pesadilla de guerra y desastre climático. Porque Trump no ha caído del cielo, es el resultado de las contradicciones capitalistas inextricables que la gobernanza neoliberal domina cada vez con más dificultades y que fragilizan hasta el extremo las superestructuras políticas en un mundo en crisis de hegemonía. En estas circunstancias, la autonomía relativa de lo político así como la de los individuos tiende a aumentar. El poder fuerte se convierte en tendencia. No solo entre el proteccionista Trump, también entre sus competidores mundiales de Europa y Asia. La amenaza es global, la respuesta social debe estar a su altura.

Aprehender la significación del trumpismo implica tener perspectiva de las contradicciones del capital y su evolución, de dónde viene la situación actual. Así estaremos en mejor situación para comprender que la elección de Trump para la presidencia de Estados Unidos no es un accidente en el camino sino el síntoma de algo más profundo que puede marcar el inicio de una nueva era.

Una de las características más significativas del capitalismo es la creciente contradicción entre la racionalidad parcial de las empresas y la irracionalidad global del sistema. Las empresas -especialmente, las grandes- colocan la ciencia más moderna al servicio del beneficio para organizar rigurosamente el trabajo y planificar las inversiones. Por el contrario, la economía y la sociedad en su conjunto se desarrollan sin plan, de una manera caótica según las presiones y el azar del mercado.

Esta contradicción es el resultado de la naturaleza misma del modo de producción capitalista. Por una parte, las decisiones sobre qué debe ser producido, cómo, por qué, por quién, en qué cantidad, son tomadas por capitalistas competidores en función del único objetivo del beneficio. Para sobrevivir, cada capitalista está obligado a no dejar nada al azar. Por otra parte, la socialización de la producción se hace a ciegas. El interés general solo se define en el vacío: en la forma como se pliegan la sociedad y el medioambiente paso a paso al imperativo de la producción del máximo beneficio.

Un giro crucial para Estados Unidos, un momento de transición para el mundo
Una función clave de las superestructuras políticas y del Estado es disimular esta realidad para asegurar al modo de producción la legitimidad social sin la que no podría sobrevivir. Sin embargo, la ideología neoliberal y la forma de desregulación que provoca, en adelante están bien lejos de asumir esa tarea. Sobre todo, en Estados Unidos. El rescate de los bancos durante la crisis de 2007-8 constituye a este respecto, un punto de inflexión. La idea de que el sistema tal como es, funciona en interés general, saltó por los aires. A eso se añade el fiasco de la guerra de Irak -fomentada a golpe de mentiras sobre las “armas de destrucción masiva” -que da argumentos a los partidarios del aislamiento estadounidense. La desestabilización es profunda, la crisis de los dos grandes partidos burgueses lo atestigua El problema del (régimen del) capitalismo está planteada. En la izquierda, esta desestabilización generó los movimientos Occupy, Black Lives Matter, el Movimiento por los 15 dólares y la campaña de Sanders así como una movilización de las mujeres que encontró una de sus expresiones en la Marcha del 21 de enero. En la derecha, produjo el Tea Party y después a Trump que prolonga, radicaliza y sobrepasa al Tea Party. Su victoria supone un gran giro.

Visto el peso decisivo de Estados Unidos en todos los ámbitos, podemos aventurar la hipótesis de que estamos en un momento de transición de la historia mundial comparable a los de las crisis del siglo XX. Un giro importante, más profundo que el que fue impulsado por Thatcher (1979) y Reagan (1980). En efecto, lo que se ha tambaleado no es solamente el orden neoliberal instaurado desde la década de los 80 del siglo pasado, sino el equilibrio de las relaciones entre las potencias, el sistema de hegemonías tal como se creó y evolucionó después de la Segunda Guerra Mundial. Es necesario intentar tomar la medida de esto. Recordando de qué es capaz el capitalismo...

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