Beren obrengatik ezagutuko dituzu

viernes, 24 de marzo de 2017 · 0 comentarios

Joxe Iriarte - ‘Bikila’

Halaxe izan beharko luke, baina, egiten dena zuritzeko eta kamuflatzeko tresna asko daude, batez ere botere ekonomiko, soziala eta politikoa dutenek oso trebeki erabiltzen dakitenak.

Bestela nola ulertu PPk oraindik Espainian duen hegemonia, edo gurean EAJk daukana. Are, EAJ dugu zuriena zurien artean (Orixerentzat, zuria faltsua esan nahi zuen) edo igeri egin eta arropa gordetzen hobekien dakiena. Jakina, gure ahulezi eta akatsek laguntzen diote zeregin horretan.

Esate baterako, PPk ez bezala, EAJk haserre planeta egiten du neoliberala dela salatzen diotenean,  Batez ere ELAtik badatorkio salaketa. Berehala, Hezkuntza eta Osasungintza jartzen lekuko. Espainiako bi instituzioekin konparatuz egia da hobetu daudela, baina ezin da ezkutatu azken hogei urtetan bi instituzio horien izan duten higadura edo argaltzea zerbitzuen aldetik, eta batez ere bertako langileen egoera txarrera jo duela nabarmen.

Alabaina, EAJren jarrera neoliberala askoz nabarmenagoa da, itun komertzialekiko (TTIPen alde EBko parlamentuan) eta patronalarekiko aldekotasunean. ELAk eta LABek oso ondo ezagutu dute EAJk Lan Erreformen aldeko emandako babesa, Confebasken mesedetan.

Dena den, gutxitan hain garbi, joan den astean Espainiako Kongresuan PPrekin batera zamaketarien  dekretuaren aldeko botoarekin. Izan ere, zamaketariek oso garbi azaldu dituzte dekretu horren nondik norakoak, beren lanpostuak arriskuan jartzeaz gain, soldatak behera egingo dutela eta lan baldintzak kaskartuko, lan istripuak ugarituz.

Multinazionalak aspaldi dabiltza portuak desarautu eta beren nahiera antolatzeko: kanpoko langile babesgabeekin bertakoak ordezkatuz eta edozein lan baldintzetan esplotatuz. Zamaketariek emandako hitzaldi batean jakin nuen, Eusko Jaurlaritzari transferitutako Bermeoko kaian badagoela zamaketa eremu bat, non langileek lan egiten dute egoera ia dasarautu batean, ohiko babesik gabe. Hots, Estatuak kudeatzen dituen portuetan zamaketariek duten indarrari esker patronalak eta estatuak inposatu nahi eta ezin duena, “gure” eremuko langileak, alegia EAJk kudeatzen dituen portuetan, justu, dekretuak ezarri nahi duen egoeran daudela.  EAJren paradisuan patronala errege. Independentzia ez bada ezkerretik eraikia, ez da benetako independentzia izango, multinazionalen menpekoa, baizik.

Deconstruir para reconstruir

lunes, 20 de marzo de 2017 · 0 comentarios

Jaime Pastor

El diagnóstico que nos ofrece Francisco Louça sobre el momento que atraviesa la Europa postBrexit (ver: http://www.vientosur.info/spip.php?article12282) es rotundo, pero no por ello menos realista: “la Unión Europea se destruye por dentro porque es divergencia y no es Unión”, “Europa está cambiando, sí, pero sus instituciones forman parte de esta deriva hacia la derecha”. Un panorama que amenaza con ir a peor porque “la pesadilla de una nueva crisis financiera está por llegar“ y la pregunta solo es “cuándo llegará” y cuánto contribuirá a la descomposición de la UE tras la salida del que era su segundo mayor Estado miembro y cuando los efectos del neoproteccionismo de Trump están todavía por ver.

Ante ese diagnóstico y esas perspectivas sombrías, la receta desde arriba sigue siendo la misma: más austeridad neoliberal, pese a demostrarse que es una idea “peligrosa” (Blyth) para salir de la depresión, con una funcionalidad muy clara: “debilitar el poder de negociación de los trabajadores y de los movimientos sociales y obtener la privatización de los bienes públicos esenciales”.

El Libro Blanco de Juncker
Pocos días después del inicio de este debate en Público, hemos podido conocer el Libro blanco sobre el futuro de Europa. Reflexiones y escenarios para la Europa de los Veintisiete en 2025, de la Comisión Europea, presidida por Jean-Claude Juncker. Un personaje, por cierto, sobradamente representativo del camino recorrido por el “proyecto europeo”, tras haber liderado durante largo tiempo el paraíso fiscal luxemburgués y haber mostrado su beligerante rechazo a cualquier proceso participativo (“no puede haber elección democrática contra los Tratados europeos”) que cuestione Constitución económica de la UE y de la eurozona.

Su propósito es someter ese documento a debate con ocasión del próximo 60 aniversario de la creación de la Comunidad Económica Europea. Es significativo que empiece con la cínica reivindicación del Manifesto de Ventotene, redactado por Altiero Spinelli, Ernesto Rossi y Eugenio Colorni en junio de 1941. Un texto que, como recuerda Perry Anderson, aspiraba a forjar la unidad continental que podía haber surgido de la Resistencia antifascista y en el que “los motivos libertarios y los jacobinos se fundieron al rojo vivo para ofrecer una síntesis que testimonia la fluidez de ideas que era posible antes de la caída del Telón de Acero” (El Nuevo Viejo Mundo, p. 491).

Unos ideales federalistas distintos de las intenciones que animarían luego a personajes como Jean Monnet y Robert Schuman, ya con el apoyo estadounidense, en medio de la división de Europa en dos bloques y, sobre todo, de las que presidirían luego la fundación en Roma de la Comunidad Económica Europea en 1957, que abriría el camino hacia la hegemonía de un ordoliberalismo germánico, definitivamente instalado con la creación del euro.

Este Libro Blanco, en cambio, está lleno del neolenguaje (ahora complementado con la “postverdad”), tan en boga desde hace tiempo. Así, después de la recurrente reivindicación del “pacifismo” europeísta desde los años 50 del pasado siglo (olvidando su papel activo en la “guerra fría” y en las múltiples guerras en otras regiones del mundo en las que han participado sus Estados miembros), la Comisión no tiene más remedio que reconocer que “la UE no estuvo a la altura de sus expectativas al enfrentarse a la peor crisis financiera, económica y social de su historia desde la posguerra” y que “por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, existe un riesgo real de que la actual generación de jóvenes adultos acabe teniendo unas condiciones de vida peores que las de sus padres”. Concluye, por tanto, que existe hoy “una creciente desafección por la política y las instituciones convencionales a todos los niveles” que “se manifiesta a menudo en forma de indiferencia y desconfianza hacia la actuación de los poderes públicos”: “En torno a un tercio de los ciudadanos confían en la UE en la actualidad, frente a aproximadamente la mitad que lo hacía hace 10 años”.

Pero, ¿qué es lo que preocupa realmente a estos comisarios? En realidad, es la pérdida de centralidad creciente de “Europa” (o sea, del viejo y colonialista capitalismo europeo) en el mundo frente al “rápido aumento de la influencia de las economías emergentes” y al “aumento de la militarización en todo el mundo” en un “contexto mundial cada vez más tenso”, o sea, en medio de la crisis de la globalización neoliberal. Ante ese panorama son la geoeconomía y la geopolítica las que mandan y para competir mejor en ambos terrenos piden que “Europa (o sea las elites político-financieras) hable con una sola voz” y que los Estados miembros asuman una mayor carga de gasto militar –dentro de la OTAN, por supuesto- porque “ser un ‘poder blando’ ya no es suficiente cuando la fuerza puede prevalecer sobre la ley”.

Pese a pronosticar que Europa será la región “más vieja” del mundo en 2030 y que “las presiones que motivan la migración también se multiplicarán”, ¿en dónde aparece la mención a la inmigración?: en el apartado titulado “Aumento de las amenazas e inquietud por la seguridad y las fronteras”; o sea, de nuevo, se busca una asimilación interesada de quienes luchan por el derecho a una vida digna con quienes ejercen el terrorismo y la delincuencia (salvo la financiera, claro). No puede sorprender, por tanto, que la publicación de este Libro Blanco coincida con la presentación de una iniciativa de la Comisión Europea para promover la deportación de más de un millón de “migrantes irregulares” en los próximos meses (y, mientras tanto, imponer a todos los Estados la prolongación del periodo de detención a 18 meses) con la cínica e increíble excusa de que así… podrán atender mejor a quienes demandan asilo.

Después de este breve recorrido aparentemente autocrítico, la Comisión apunta 5 escenarios para Europa en 2025: 1, seguir igual, o sea, ir a peor; 2, centrarse gradualmente en el mercado único (lo mismo que exigía Gran Bretaña); 3, que los Estados miembros que lo deseen puedan caminar hacia una mayor colaboración en ámbitos específicos mediante varias “coaliciones de voluntades” para la cooperación reforzada entre ellas; 4, hacer menos pero de forma más eficiente centrándose en un número determinado de ámbitos; 5, hacer mucho más conjuntamente en todos los ámbitos políticos, aun reconociendo que con esta opción “existe el riesgo de que se produzca el distanciamiento de sectores de la sociedad que consideran que la UE carece de legitimidad o ha sustraído demasiado poder a las autoridades nacionales”.

Como era previsible, nos encontramos, una vez más, con una visión funcionalista (no por casualidad el Libro comienza con una cita de la Declaración Schuman) y tecnocrática de la Unión Europea que ha demostrado su rotundo fracaso, sobre todo tras el estallido de la crisis financiera en 2007. Hasta el grupo socialdemócrata europeo ha empezado a marcar sus distancias respecto a este Libro. Así que veremos si llega sano a la Cumbre de septiembre, pero lo que sí es evidente es que no será la Comisión Europea la que decidirá cuál de esos escenarios se puede poner en marcha.

Con todo, lo más grave es que en ninguno de esos escenarios aparecen cuestionadas las políticas austeritarias adoptadas tras el estallido de la crisis financiera y los “rescates” a la banca, responsables en realidad del aumento del gasto público y del crecimiento acelerado de una deuda pública insostenible. Tampoco hay ninguna propuesta democratizadora de las instituciones europeas, sin que aparezca mencionada siquiera una tan clave durante todo este periodo como el Banco Central Europeo.

Crisis de legitimidad de la UE y alternativas
Así que, estando en vísperas de unas elecciones en Holanda este 15 de marzo y de las que han de celebrarse a partir de abril en Francia, sin olvidar las de Alemania en octubre, no es difícil coincidir con tantos analistas en que la UE se encuentra a la deriva, pendiente del desenlace de esos procesos participativos tan temidos por Juncker y compañía, y con unos riesgos de des-integración crecientes. Una demostración evidente de que su crisis de legitimidad (por sus resultados –mayor desigualdad que antes de 2007 entre países y dentro de cada uno de ellos-, por su rápido paso del “déficit democrático” al golpe de estado financiero –la experiencia del rechazo a lo aprobado en el referéndum griego sigue estando ahí para recordárnoslo- y por su fracaso en construir una identidad europea en la que puedan reconocerse los distintos demoi de –y dentro de- los Estados miembros) parece ya irreversible en medio de la crisis de la globalización neoliberal y de la “trumpificación” de Europa. Algo ya evidente desde hace tiempo en muchos países del Este (la otra periferia) y cada vez más visible en los Estados centrales de la UE mediante el ascenso de fuerzas nacional-populistas de derechas.

No es, por tanto, difícil coincidir con Louça en que la tendencia a la polarización entre el establishment -el de la UE y los Estados miembros-, por un lado, y los distintos pueblos de Europa, por otro, va a reforzarse en los próximos años, dejando al tan deseado “centro” político con un espacio cada vez más estrecho. Por eso mismo no es tiempo de moderación ni de adaptación a los discursos de la gobernabilidad y de la estabilidad del sistema actual por parte de las fuerzas de izquierdas, sino todo lo contrario. Porque si siguiéramos ese camino, pronto veríamos aquí también el aumento de la desesperación y los intentos de desviarla buscando chivos expiatorios en quienes están más abajo, como está ocurriendo en tantos países, con el ascenso de populismos de derecha xenófobos.

Nuestro deber -y nuestra oportunidad- es convertir la “excepción española”, la que desde el 15M de 2011 desafía al régimen y a la UE exigiendo una “democracia real”, en ejemplo de que “sí se puede” ir sentando las bases de un sexto escenario alternativo frente a los diseñados en el Libro Blanco: el que puede ir haciendo factible un nuevo proyecto antineoliberal, basado en la reivindicación de la soberanía popular, secuestrada hoy por un despotismo oligárquico que está conduciendo a la implosión del continente. Una tarea que nos exige ya ir generando alianzas y confluencias a escala europea en torno a propuestas como las que aparecieron recientemente en el “Manifiesto para desobedecer tratados europeos injustos”, del que informó Público el pasado 16 de febrero.

Jaime Pastor, Profesor Ciencia Política de la UNED, editor de viento sur

Europa está cambiando, ¿pero hacia dónde?

jueves, 9 de marzo de 2017 · 0 comentarios

Francisco Louçã

En las notas que siguen me aproximo a tres temas, con el deseo de fomentar o facilitar la discusión con las lectoras y los lectores de Público. En primer lugar, recordar las predicciones para el 2016 y como confirmaron casi todo lo peor de lo que podría suceder. En segundo lugar, describo brevemente la post-crisis y efectos de alto riesgo en Europa. Por último, y antes de algunas conclusiones sobre lo que puede cambiar en Europa, una nota sobre los mayores riesgos inmediatos.

Lo que podía ser peor en 2016
A finales de 2015, varias instituciones publicaron sus listas de pesadillas acerca de todo lo peor que podría suceder en el nuevo año. En resumen, tenían tres tipos de riesgos, lo que llaman cisnes negros o aquello que es improbable y que, a pesar de serlo, puede incluso ocurrir: el Brexit y la crisis europea; la crisis financiera y degradación económica; y la elección de Trump y crisis de la globalización. Se suponía entonces que estos serían escenarios extremos y poco probables.

La agencia Bloomberg, basándose en encuestas de los principales empresarios, confeccionó entonces un ranking de pesadillas y presentó un cuadro para calcular sus efectos. Las tres peores serían un ataque de la organización del Estado islámico (EI) a los oleoductos en Oriente Medio, que empujaría hacia arriba el precio del petróleo, el Brexit y un ciberataque destructivo contra la banca internacional.

La elección de Trump, por el contrario, que pensaban que sólo era posible si Clinton desistía, apenas aparecía en las pesadillas de Bloomberg para 2016. Se consideró que formaba parte de lo casi imposible, pero se suponía que podría provocar una gran incertidumbre que favorecería a la industria militar, un acuerdo con Rusia para una nueva Guerra Fría desplazada hacia el Pacífico y efectos impredecibles sobre el orden internacional. Para la Unión Europea, la pesadilla sería la salida del Reino Unido, el debilitamiento de Merkel y la marcha atrás del Banco Central Europeo en la política de expansión monetaria. En economía, el peor escenario sería un crecimiento débil de China o la aceleración del calentamiento global con efectos peligrosos para la agricultura y el acceso al agua. Otras fuentes de tensión podrían encontrarse en Brasil si Rousseff fuera apartada del poder y en Venezuela si se prolongara la crisis.

Tal como se puede ver, casi todas estas pesadillas se hicieron realidad.

Otra institución que planteó posibles escenarios fue The Economist: el peor, aunque con baja probabilidad, sería la elección de Trump, que desestabilizaría la economía global. La Unión Europea podría fracturarse si el Reino Unido la abandonara, si la crisis de refugiados creara nuevas tensiones internas que afectaran a Merkel y si Grecia fuera empujada a abandonar el euro.

De todo eso ya tenemos bastante, pero podía ser peor. En primer lugar, la crisis europea: muros contra los refugiados y aumento de la xenofobia, la aventura de Cameron con el referéndum británico, la sangría de Grecia… Pero luego vinieron más acontecimientos: el referéndum en Italia con la derrota de Renzi y las elecciones en Austria, que confirmaron la fuerza de la extrema derecha y el desvanecimiento de los partidos tradicionales. Y en 2017 tenemos elecciones francesas, holandesas y alemanas (y quizás italianas). Cada uno de estos procesos sólo puede acentuar la crisis europea.

En segundo lugar, la victoria de Trump. Amenaza inmediata, el repudio del Acuerdo de París sobre el cambio climático. Pero también hay que mirar hacia el gobierno que se perfila, con el peso de los tiburones de Wall Street y de la industria petrolera, los militares belicistas y la resurrección de los profetas ultraconservadores. Podemos ver lo que se nos viene encima: maná de los dioses para las finanzas y el neoliberalismo emparejado con el autoritarismo, como en sus peores momentos.

Pero existe todavía otra pesadilla que está por llegar: una nueva crisis financiera. La pregunta, por cierto, no es si esta crisis se producirá, sino cuándo se va a producir. El aumento de la volatilidad de los mercados financieros y la acumulación de la deuda son las consecuencias de una política amenazadora: el BCE puso dinero en circulación que revalorizó las acciones pero no impulsó la demanda y en particular la inversión, mientras que las tasas de interés negativas estrecharon los márgenes bancarios y estimularon nuevas operaciones financieras de riesgo, de las que el Deutsche Bank es un ejemplo (el valor nocional de los derivados es superior al valor del PIB mundial). Es decir, nuestro problema mundial son las soluciones al problema.

Al finalizar el año pasado, nos encontramos con una crisis de la demanda mundial y con una escasa capacidad para responder a una recesión, porque los bancos centrales no pueden hacer mucho.

Tomen nota, por favor: el centro del peligro está en Europa, que acumuló los mayores errores durante toda la década y lo pagará ahora con la trumpificaçión de su política en Francia y Alemania.

Europa en el torbellino
La anterior crisis financiera, desencadenada por el colapso de las subprimea partir de verano de 2007, fue una oportunidad para cambiar la brújula. En el caso de la Unión Europea, el crashy la prolongada recesión fueron el contexto, la justificación y el motor para realizar mas cambios en los sistemas sociales, sometiendo la disputa social por los salarios a un nuevo mecanismo de control y transferencia de ingresos para el capital.

En crisis anteriores, el mecanismo de ajuste fue la depreciación de los salarios a través de la inflación o los aumentos de impuestos, reforzada mediante la depreciación de la moneda. Las políticas fiscales y monetarias se utilizaron para devaluar una parte del capital y sobre todo para devaluar el trabajo, ajustando de esta manera el proceso de acumulación.

En las condiciones actuales, ninguno de estos instrumentos se encuentra disponible, al menos en la zona euro. Así que para este cambio gradual de régimen, el aumento del desempleo estructural se ha convertido en el instrumento más importante para reducir los salarios directos, y el aumento de los impuestos para reducir el salario indirecto. El Gráfico 1 muestra el aumento del desempleo en la zona euro durante los primeros años de la recesión, y conviene señalar que el resultado agregado oculta los extremos, especialmente el crecimiento exponencial del paro en España, Portugal y Grecia.

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