Beren obrengatik ezagutuko dituzu

viernes, 24 de marzo de 2017 · 0 comentarios

Joxe Iriarte - ‘Bikila’

Halaxe izan beharko luke, baina, egiten dena zuritzeko eta kamuflatzeko tresna asko daude, batez ere botere ekonomiko, soziala eta politikoa dutenek oso trebeki erabiltzen dakitenak.

Bestela nola ulertu PPk oraindik Espainian duen hegemonia, edo gurean EAJk daukana. Are, EAJ dugu zuriena zurien artean (Orixerentzat, zuria faltsua esan nahi zuen) edo igeri egin eta arropa gordetzen hobekien dakiena. Jakina, gure ahulezi eta akatsek laguntzen diote zeregin horretan.

Esate baterako, PPk ez bezala, EAJk haserre planeta egiten du neoliberala dela salatzen diotenean,  Batez ere ELAtik badatorkio salaketa. Berehala, Hezkuntza eta Osasungintza jartzen lekuko. Espainiako bi instituzioekin konparatuz egia da hobetu daudela, baina ezin da ezkutatu azken hogei urtetan bi instituzio horien izan duten higadura edo argaltzea zerbitzuen aldetik, eta batez ere bertako langileen egoera txarrera jo duela nabarmen.

Alabaina, EAJren jarrera neoliberala askoz nabarmenagoa da, itun komertzialekiko (TTIPen alde EBko parlamentuan) eta patronalarekiko aldekotasunean. ELAk eta LABek oso ondo ezagutu dute EAJk Lan Erreformen aldeko emandako babesa, Confebasken mesedetan.

Dena den, gutxitan hain garbi, joan den astean Espainiako Kongresuan PPrekin batera zamaketarien  dekretuaren aldeko botoarekin. Izan ere, zamaketariek oso garbi azaldu dituzte dekretu horren nondik norakoak, beren lanpostuak arriskuan jartzeaz gain, soldatak behera egingo dutela eta lan baldintzak kaskartuko, lan istripuak ugarituz.

Multinazionalak aspaldi dabiltza portuak desarautu eta beren nahiera antolatzeko: kanpoko langile babesgabeekin bertakoak ordezkatuz eta edozein lan baldintzetan esplotatuz. Zamaketariek emandako hitzaldi batean jakin nuen, Eusko Jaurlaritzari transferitutako Bermeoko kaian badagoela zamaketa eremu bat, non langileek lan egiten dute egoera ia dasarautu batean, ohiko babesik gabe. Hots, Estatuak kudeatzen dituen portuetan zamaketariek duten indarrari esker patronalak eta estatuak inposatu nahi eta ezin duena, “gure” eremuko langileak, alegia EAJk kudeatzen dituen portuetan, justu, dekretuak ezarri nahi duen egoeran daudela.  EAJren paradisuan patronala errege. Independentzia ez bada ezkerretik eraikia, ez da benetako independentzia izango, multinazionalen menpekoa, baizik.

Deconstruir para reconstruir

lunes, 20 de marzo de 2017 · 0 comentarios

Jaime Pastor

El diagnóstico que nos ofrece Francisco Louça sobre el momento que atraviesa la Europa postBrexit (ver: http://www.vientosur.info/spip.php?article12282) es rotundo, pero no por ello menos realista: “la Unión Europea se destruye por dentro porque es divergencia y no es Unión”, “Europa está cambiando, sí, pero sus instituciones forman parte de esta deriva hacia la derecha”. Un panorama que amenaza con ir a peor porque “la pesadilla de una nueva crisis financiera está por llegar“ y la pregunta solo es “cuándo llegará” y cuánto contribuirá a la descomposición de la UE tras la salida del que era su segundo mayor Estado miembro y cuando los efectos del neoproteccionismo de Trump están todavía por ver.

Ante ese diagnóstico y esas perspectivas sombrías, la receta desde arriba sigue siendo la misma: más austeridad neoliberal, pese a demostrarse que es una idea “peligrosa” (Blyth) para salir de la depresión, con una funcionalidad muy clara: “debilitar el poder de negociación de los trabajadores y de los movimientos sociales y obtener la privatización de los bienes públicos esenciales”.

El Libro Blanco de Juncker
Pocos días después del inicio de este debate en Público, hemos podido conocer el Libro blanco sobre el futuro de Europa. Reflexiones y escenarios para la Europa de los Veintisiete en 2025, de la Comisión Europea, presidida por Jean-Claude Juncker. Un personaje, por cierto, sobradamente representativo del camino recorrido por el “proyecto europeo”, tras haber liderado durante largo tiempo el paraíso fiscal luxemburgués y haber mostrado su beligerante rechazo a cualquier proceso participativo (“no puede haber elección democrática contra los Tratados europeos”) que cuestione Constitución económica de la UE y de la eurozona.

Su propósito es someter ese documento a debate con ocasión del próximo 60 aniversario de la creación de la Comunidad Económica Europea. Es significativo que empiece con la cínica reivindicación del Manifesto de Ventotene, redactado por Altiero Spinelli, Ernesto Rossi y Eugenio Colorni en junio de 1941. Un texto que, como recuerda Perry Anderson, aspiraba a forjar la unidad continental que podía haber surgido de la Resistencia antifascista y en el que “los motivos libertarios y los jacobinos se fundieron al rojo vivo para ofrecer una síntesis que testimonia la fluidez de ideas que era posible antes de la caída del Telón de Acero” (El Nuevo Viejo Mundo, p. 491).

Unos ideales federalistas distintos de las intenciones que animarían luego a personajes como Jean Monnet y Robert Schuman, ya con el apoyo estadounidense, en medio de la división de Europa en dos bloques y, sobre todo, de las que presidirían luego la fundación en Roma de la Comunidad Económica Europea en 1957, que abriría el camino hacia la hegemonía de un ordoliberalismo germánico, definitivamente instalado con la creación del euro.

Este Libro Blanco, en cambio, está lleno del neolenguaje (ahora complementado con la “postverdad”), tan en boga desde hace tiempo. Así, después de la recurrente reivindicación del “pacifismo” europeísta desde los años 50 del pasado siglo (olvidando su papel activo en la “guerra fría” y en las múltiples guerras en otras regiones del mundo en las que han participado sus Estados miembros), la Comisión no tiene más remedio que reconocer que “la UE no estuvo a la altura de sus expectativas al enfrentarse a la peor crisis financiera, económica y social de su historia desde la posguerra” y que “por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, existe un riesgo real de que la actual generación de jóvenes adultos acabe teniendo unas condiciones de vida peores que las de sus padres”. Concluye, por tanto, que existe hoy “una creciente desafección por la política y las instituciones convencionales a todos los niveles” que “se manifiesta a menudo en forma de indiferencia y desconfianza hacia la actuación de los poderes públicos”: “En torno a un tercio de los ciudadanos confían en la UE en la actualidad, frente a aproximadamente la mitad que lo hacía hace 10 años”.

Pero, ¿qué es lo que preocupa realmente a estos comisarios? En realidad, es la pérdida de centralidad creciente de “Europa” (o sea, del viejo y colonialista capitalismo europeo) en el mundo frente al “rápido aumento de la influencia de las economías emergentes” y al “aumento de la militarización en todo el mundo” en un “contexto mundial cada vez más tenso”, o sea, en medio de la crisis de la globalización neoliberal. Ante ese panorama son la geoeconomía y la geopolítica las que mandan y para competir mejor en ambos terrenos piden que “Europa (o sea las elites político-financieras) hable con una sola voz” y que los Estados miembros asuman una mayor carga de gasto militar –dentro de la OTAN, por supuesto- porque “ser un ‘poder blando’ ya no es suficiente cuando la fuerza puede prevalecer sobre la ley”.

Pese a pronosticar que Europa será la región “más vieja” del mundo en 2030 y que “las presiones que motivan la migración también se multiplicarán”, ¿en dónde aparece la mención a la inmigración?: en el apartado titulado “Aumento de las amenazas e inquietud por la seguridad y las fronteras”; o sea, de nuevo, se busca una asimilación interesada de quienes luchan por el derecho a una vida digna con quienes ejercen el terrorismo y la delincuencia (salvo la financiera, claro). No puede sorprender, por tanto, que la publicación de este Libro Blanco coincida con la presentación de una iniciativa de la Comisión Europea para promover la deportación de más de un millón de “migrantes irregulares” en los próximos meses (y, mientras tanto, imponer a todos los Estados la prolongación del periodo de detención a 18 meses) con la cínica e increíble excusa de que así… podrán atender mejor a quienes demandan asilo.

Después de este breve recorrido aparentemente autocrítico, la Comisión apunta 5 escenarios para Europa en 2025: 1, seguir igual, o sea, ir a peor; 2, centrarse gradualmente en el mercado único (lo mismo que exigía Gran Bretaña); 3, que los Estados miembros que lo deseen puedan caminar hacia una mayor colaboración en ámbitos específicos mediante varias “coaliciones de voluntades” para la cooperación reforzada entre ellas; 4, hacer menos pero de forma más eficiente centrándose en un número determinado de ámbitos; 5, hacer mucho más conjuntamente en todos los ámbitos políticos, aun reconociendo que con esta opción “existe el riesgo de que se produzca el distanciamiento de sectores de la sociedad que consideran que la UE carece de legitimidad o ha sustraído demasiado poder a las autoridades nacionales”.

Como era previsible, nos encontramos, una vez más, con una visión funcionalista (no por casualidad el Libro comienza con una cita de la Declaración Schuman) y tecnocrática de la Unión Europea que ha demostrado su rotundo fracaso, sobre todo tras el estallido de la crisis financiera en 2007. Hasta el grupo socialdemócrata europeo ha empezado a marcar sus distancias respecto a este Libro. Así que veremos si llega sano a la Cumbre de septiembre, pero lo que sí es evidente es que no será la Comisión Europea la que decidirá cuál de esos escenarios se puede poner en marcha.

Con todo, lo más grave es que en ninguno de esos escenarios aparecen cuestionadas las políticas austeritarias adoptadas tras el estallido de la crisis financiera y los “rescates” a la banca, responsables en realidad del aumento del gasto público y del crecimiento acelerado de una deuda pública insostenible. Tampoco hay ninguna propuesta democratizadora de las instituciones europeas, sin que aparezca mencionada siquiera una tan clave durante todo este periodo como el Banco Central Europeo.

Crisis de legitimidad de la UE y alternativas
Así que, estando en vísperas de unas elecciones en Holanda este 15 de marzo y de las que han de celebrarse a partir de abril en Francia, sin olvidar las de Alemania en octubre, no es difícil coincidir con tantos analistas en que la UE se encuentra a la deriva, pendiente del desenlace de esos procesos participativos tan temidos por Juncker y compañía, y con unos riesgos de des-integración crecientes. Una demostración evidente de que su crisis de legitimidad (por sus resultados –mayor desigualdad que antes de 2007 entre países y dentro de cada uno de ellos-, por su rápido paso del “déficit democrático” al golpe de estado financiero –la experiencia del rechazo a lo aprobado en el referéndum griego sigue estando ahí para recordárnoslo- y por su fracaso en construir una identidad europea en la que puedan reconocerse los distintos demoi de –y dentro de- los Estados miembros) parece ya irreversible en medio de la crisis de la globalización neoliberal y de la “trumpificación” de Europa. Algo ya evidente desde hace tiempo en muchos países del Este (la otra periferia) y cada vez más visible en los Estados centrales de la UE mediante el ascenso de fuerzas nacional-populistas de derechas.

No es, por tanto, difícil coincidir con Louça en que la tendencia a la polarización entre el establishment -el de la UE y los Estados miembros-, por un lado, y los distintos pueblos de Europa, por otro, va a reforzarse en los próximos años, dejando al tan deseado “centro” político con un espacio cada vez más estrecho. Por eso mismo no es tiempo de moderación ni de adaptación a los discursos de la gobernabilidad y de la estabilidad del sistema actual por parte de las fuerzas de izquierdas, sino todo lo contrario. Porque si siguiéramos ese camino, pronto veríamos aquí también el aumento de la desesperación y los intentos de desviarla buscando chivos expiatorios en quienes están más abajo, como está ocurriendo en tantos países, con el ascenso de populismos de derecha xenófobos.

Nuestro deber -y nuestra oportunidad- es convertir la “excepción española”, la que desde el 15M de 2011 desafía al régimen y a la UE exigiendo una “democracia real”, en ejemplo de que “sí se puede” ir sentando las bases de un sexto escenario alternativo frente a los diseñados en el Libro Blanco: el que puede ir haciendo factible un nuevo proyecto antineoliberal, basado en la reivindicación de la soberanía popular, secuestrada hoy por un despotismo oligárquico que está conduciendo a la implosión del continente. Una tarea que nos exige ya ir generando alianzas y confluencias a escala europea en torno a propuestas como las que aparecieron recientemente en el “Manifiesto para desobedecer tratados europeos injustos”, del que informó Público el pasado 16 de febrero.

Jaime Pastor, Profesor Ciencia Política de la UNED, editor de viento sur

Europa está cambiando, ¿pero hacia dónde?

jueves, 9 de marzo de 2017 · 0 comentarios

Francisco Louçã

En las notas que siguen me aproximo a tres temas, con el deseo de fomentar o facilitar la discusión con las lectoras y los lectores de Público. En primer lugar, recordar las predicciones para el 2016 y como confirmaron casi todo lo peor de lo que podría suceder. En segundo lugar, describo brevemente la post-crisis y efectos de alto riesgo en Europa. Por último, y antes de algunas conclusiones sobre lo que puede cambiar en Europa, una nota sobre los mayores riesgos inmediatos.

Lo que podía ser peor en 2016
A finales de 2015, varias instituciones publicaron sus listas de pesadillas acerca de todo lo peor que podría suceder en el nuevo año. En resumen, tenían tres tipos de riesgos, lo que llaman cisnes negros o aquello que es improbable y que, a pesar de serlo, puede incluso ocurrir: el Brexit y la crisis europea; la crisis financiera y degradación económica; y la elección de Trump y crisis de la globalización. Se suponía entonces que estos serían escenarios extremos y poco probables.

La agencia Bloomberg, basándose en encuestas de los principales empresarios, confeccionó entonces un ranking de pesadillas y presentó un cuadro para calcular sus efectos. Las tres peores serían un ataque de la organización del Estado islámico (EI) a los oleoductos en Oriente Medio, que empujaría hacia arriba el precio del petróleo, el Brexit y un ciberataque destructivo contra la banca internacional.

La elección de Trump, por el contrario, que pensaban que sólo era posible si Clinton desistía, apenas aparecía en las pesadillas de Bloomberg para 2016. Se consideró que formaba parte de lo casi imposible, pero se suponía que podría provocar una gran incertidumbre que favorecería a la industria militar, un acuerdo con Rusia para una nueva Guerra Fría desplazada hacia el Pacífico y efectos impredecibles sobre el orden internacional. Para la Unión Europea, la pesadilla sería la salida del Reino Unido, el debilitamiento de Merkel y la marcha atrás del Banco Central Europeo en la política de expansión monetaria. En economía, el peor escenario sería un crecimiento débil de China o la aceleración del calentamiento global con efectos peligrosos para la agricultura y el acceso al agua. Otras fuentes de tensión podrían encontrarse en Brasil si Rousseff fuera apartada del poder y en Venezuela si se prolongara la crisis.

Tal como se puede ver, casi todas estas pesadillas se hicieron realidad.

Otra institución que planteó posibles escenarios fue The Economist: el peor, aunque con baja probabilidad, sería la elección de Trump, que desestabilizaría la economía global. La Unión Europea podría fracturarse si el Reino Unido la abandonara, si la crisis de refugiados creara nuevas tensiones internas que afectaran a Merkel y si Grecia fuera empujada a abandonar el euro.

De todo eso ya tenemos bastante, pero podía ser peor. En primer lugar, la crisis europea: muros contra los refugiados y aumento de la xenofobia, la aventura de Cameron con el referéndum británico, la sangría de Grecia… Pero luego vinieron más acontecimientos: el referéndum en Italia con la derrota de Renzi y las elecciones en Austria, que confirmaron la fuerza de la extrema derecha y el desvanecimiento de los partidos tradicionales. Y en 2017 tenemos elecciones francesas, holandesas y alemanas (y quizás italianas). Cada uno de estos procesos sólo puede acentuar la crisis europea.

En segundo lugar, la victoria de Trump. Amenaza inmediata, el repudio del Acuerdo de París sobre el cambio climático. Pero también hay que mirar hacia el gobierno que se perfila, con el peso de los tiburones de Wall Street y de la industria petrolera, los militares belicistas y la resurrección de los profetas ultraconservadores. Podemos ver lo que se nos viene encima: maná de los dioses para las finanzas y el neoliberalismo emparejado con el autoritarismo, como en sus peores momentos.

Pero existe todavía otra pesadilla que está por llegar: una nueva crisis financiera. La pregunta, por cierto, no es si esta crisis se producirá, sino cuándo se va a producir. El aumento de la volatilidad de los mercados financieros y la acumulación de la deuda son las consecuencias de una política amenazadora: el BCE puso dinero en circulación que revalorizó las acciones pero no impulsó la demanda y en particular la inversión, mientras que las tasas de interés negativas estrecharon los márgenes bancarios y estimularon nuevas operaciones financieras de riesgo, de las que el Deutsche Bank es un ejemplo (el valor nocional de los derivados es superior al valor del PIB mundial). Es decir, nuestro problema mundial son las soluciones al problema.

Al finalizar el año pasado, nos encontramos con una crisis de la demanda mundial y con una escasa capacidad para responder a una recesión, porque los bancos centrales no pueden hacer mucho.

Tomen nota, por favor: el centro del peligro está en Europa, que acumuló los mayores errores durante toda la década y lo pagará ahora con la trumpificaçión de su política en Francia y Alemania.

Europa en el torbellino
La anterior crisis financiera, desencadenada por el colapso de las subprimea partir de verano de 2007, fue una oportunidad para cambiar la brújula. En el caso de la Unión Europea, el crashy la prolongada recesión fueron el contexto, la justificación y el motor para realizar mas cambios en los sistemas sociales, sometiendo la disputa social por los salarios a un nuevo mecanismo de control y transferencia de ingresos para el capital.

En crisis anteriores, el mecanismo de ajuste fue la depreciación de los salarios a través de la inflación o los aumentos de impuestos, reforzada mediante la depreciación de la moneda. Las políticas fiscales y monetarias se utilizaron para devaluar una parte del capital y sobre todo para devaluar el trabajo, ajustando de esta manera el proceso de acumulación.

En las condiciones actuales, ninguno de estos instrumentos se encuentra disponible, al menos en la zona euro. Así que para este cambio gradual de régimen, el aumento del desempleo estructural se ha convertido en el instrumento más importante para reducir los salarios directos, y el aumento de los impuestos para reducir el salario indirecto. El Gráfico 1 muestra el aumento del desempleo en la zona euro durante los primeros años de la recesión, y conviene señalar que el resultado agregado oculta los extremos, especialmente el crecimiento exponencial del paro en España, Portugal y Grecia.

Incursiones en territorio comanche

domingo, 26 de febrero de 2017 · 0 comentarios

Joxe Iriarte, Bikila - Alternatiba

Uno de los aspectos mas interesante del libro Nafarroa Orain, escrito por Ion Orzaiz y Joxerra Senar, tiene que ver con la descripción del fuerte sentimiento patrimonialista de los caciques de UPN que se manifiesta tanto en lo relativo a las instituciones navarras, consideradas como algo de su propiedad (con derecho a saquearlas sin complejos) como en su estupor ante la perdida momentánea de dichas instituciones ya enajenadas por advenedizos; el Gobierno del Cambio: Geroa Bai, EH Bildu, Ezkerra y Podemos (desde el exterior).

No se trata solo de la perdida momentánea de privilegios que, pueden pensar, serán recuperados en futuras contiendas. Se trata de la humillación de ver lo que consideran su casa y su lar ocupada por extraños, por gentes ilegitimas en relación a la Navarra de su imagen y semejanza. Tal consideración, ciertamente, no la tienen con el PSN, con quien pueden reñir y competir pero también compartir.

Al hilo de estas reflexiones, caigo en que el PNV tiene la misma convicción respeto a la hipótesis (probada en la legislatura anterior en Gipuzkoa) de que EH Bildu (sola o con Podemos) pueda gestionar las diputaciones y Gobierno Vasco; también en lo relativo al PSE, quien aunque durante cuatro años le arrebató Lakua con la ayuda del PP, es siempre un posible y amoldable socio. Y es que, aunque ideológicamente conforman espacios diferentes, es más fuerte su compromiso con el estatu quo, que es a fin de cuentas lo importante.

En realidad, PP y UPN, PNV y PSOE, no pueden consentir que se intente (lograrlo, dados los obstáculos internos y externos es harina de otro costal) usar los gobiernos para otra cosa que no sea para lo que fueron creados: garantizar el buen funcionamiento del sistema capitalista en alguna de sus variantes. Fue la causa del descabalgamiento de Sánchez ante el peligro de que pactase con Podemos y lo que motivó la furia anti-Bildu del PNV de Gipuzkoa.

Cuando Bildu gobernó tanto en el órgano foral como en el ayuntamiento de la capital, el PNV se sintió herido en sus carnes, en parte porque entraron al choque intereses contrapuestos y, además, se escenificó otra forma de hacer política. Pero sobre todo, porque Bildu se atrevió, con mayor o menor fortuna, a gobernar. E incluso a llevar a juicio a líderes del PNV por irregularidades en la gestión. ¡A ellos! que crearon y amueblaron la casa.

Frente a Bildu, el PNV no se limitó a la mera oposición institucional (desde dentro y fuera de Gipuzkoa); movilizó todos sus recursos, económicos, sociales y políticos, incluida la calle, expandiendo sin ningún pudor todo tipo de bulos. Y lo triste es, que replegados a la gestión institucional dadas las ingentes tareas a asumir, no fuimos capaces de responder allí donde se supone que somos más fuertes: en la movilización popular. Ciertamente, el PNV gozó de  la estimable ayuda de los medios principales, sobre todo del DV, para confundir y movilizar a su favor la opinión pública. Una prueba más de coincidencia de intereses. Las campañas contra el puerta a puerta, la posición a las medidas fiscales que según ellos pondrían en fuga a las empresas... todo en términos similares al catastrofismo que actualmente propaga UPN en Navarra. Según el PNV, Gipuzkoa era un desastre (incluida la gestión de Donostia 2016 de cuyo trabajo luego se aprovechó) conducida por unos aventureros, incapaces de gestionar. Diría que incluso, en su empecinamiento con la incineradora ,van más allá de los intereses económicos y de gestión de residuos en juego, pretendiendo sobre todo escenificar la derrota política de EH Bildu, echándole la culpa del caos existente en la recogida y gestión de residuos. Siendo en realidad lo contrario.

Y algo parecido, aunque de distinta forma, esta ocurriendo en Gasteiz y Nafarroa. El PNV manda en la alcaldía de Gasteiz (con la ayuda de PSE, que en su momento no le apoyó) gracias a EH Bildu, Irabazi y Podemos, que priorizaron impedir que Maroto el  xenófobo gobernase. En contrapartida, hubo un pacto programático que el PNV se ha saltado a la torera, y además ante la negativa a aprobar un nuevo presupuesto que no recoge las exigencias mínimas para apoyarlo, no ha dudado en echar un órdago a la grande: O nosotros y nuestras condiciones, o el PP. Toda una lección de la naturaleza clasista del PNV y también de los límites de unas alianzas sin la supervisión y la presión popular ante los primeros síntomas de incumplimiento con lo pactado.

He oído voces lamentándose de la incapacidad para potenciar bloques más o menos duraderos entre fuerzas de distinta naturaleza (por lo menos para ir hasta Maltzaga), como son el PNV y EH Bildu. Por el contrario, pienso que salvo en casos excepcionales como Nafarroa, y no de cualquier forma, es un error y además es imposible. El PNV sabe de qué va el asunto, y no dará ni agua salvo que sea al precio por ellos fijado. Más bien, y mas allá de meras palabras dados los tiempos que se avecinan, preparémonos para la beligerancia.

Pasados los momentos de euforia, veo con preocupación la evolución del llamado cambio tranquilo, definición tan del gusto de Uxue Barcos. Se dice que hay avances (nadie los niega) pero no se puede tensar demasiado la cuerda. No es de extrañar tal conclusión, si tenemos en cuenta que Geroa Bai (y el PNV) ha impuesto de facto un gobierno presidencialista y personalista que poco tiene que ver con la correlación de fuerzas reales (Geroa Bai frente al resto). Y ello ha sido posible porque Geroa Bai ha sabido aprovechar sus bazas en un escenario donde había a toda costa que desplazar a UPN. Pero lo que es contención (no se hasta que punto por imposición o por agrado o si hay de las dos) a nivel de gobierno, no debería serlo a nivel de calle, lugar desde donde se puede exigir mayor rapidez y profundidad en los cambios, sin que ello redunde en beneficio de la derechota, que difícilmente se hará cargo de dichas reivindicaciones.

Soy de los que piensan que las instituciones no son neutrales y que tienen fuertes límites para ser usadas según la mera correlación de fuerzas electoral. Pienso también, que a pesar de ello son un terreno de disputa, si bien en campo del contrincante. Siempre y cuando no nos despistemos de la tarea principal: el establecimiento de un contrapoder hegemónico alternativo. Y eso se consigue, sobre todo nivel de sociedad civil, en la calle.

Participar en las alianzas inherentes al juego institucional, según las circunstancias, puede ser necesario. Pero siendo conscientes de sus límites, sus trampas, y sobre todo de donde poner el acento para poder crear y ensanchar los espacios contra-hegemónicos. Debemos ser conscientes de que tarde o temprano habrá que planearse rupturas decisivas, sea en el terreno nacional o en el social. Últimamente observo que militantes partidarios de esa tesis, la van abandonado o relativizando a la vez que cobra fuerza la tesis de que la apropiación de mayores cotas de poder institucional puede evitar traumáticas rupturas mediante reformas progresivas.

El PNV está empeñado en una huida hacia delante en materia de infraestructuras, las cuales además de acarrear graves consecuencia medioambientales, van suponer una hipoteca económica sin precedentes a largo y medio plazo: Incineradora y TAV son un botón de muestra. Y en lo nacional va a seguir en la misma tesitura. Su insistencia negociadora (si bien en este terreno pueden surgir desavenencias como en pago del cupo) va suponer un auténtico obstáculo para cualquier avance en materia de autogobierno y soberanía, mas allá de lo que el gobierno central este dispuesto a conceder. En ese camino, tendrá al PSE de aliado.


Coincido con diferentes voces de mundo sindical y social que propician un soberanismo en su doble dimensión nacional y social. Por importantes que sean las consultas  populares simbólicas en las cuales son necesarias las gentes del PNV, EHB, Podemos y también del PSE. Ir mas allá solo va a ser posible merced al trabajo conjunto y la activación de las fuerzas políticas, sociales, y sindicales de izquierda, las cuales muy previsiblemente van a tener al PNV enfrente y no al lado. Y su cambio de actitud  solo se dará si se ve confrontado a una dinámica que le ponga ante la espada y la pared. No se trata de copiar, sino de constatar, que en Cataluña la burguesía nacionalista cambió de tercio no por la presión de los partidos nacionalmente más radicales, sino por las gentes que empezaron reclamar la independencia frente a la imposición españolista. 

El lugar del trumpismo en la historia

miércoles, 15 de febrero de 2017 · 0 comentarios

14/02/2017 | Daniel Tanuro
Trump tiene un proyecto: dirigir Estados Unidos como una empresa, transformarla en una fortaleza del “capitalismo judeocristiano”, reestructurarla a lo bestia, después darle la hegemonía mundial sin compartir. Acoso del personal, brutalidad con los opositores, negación de los perjuicios medioambientales…; simplemente un corta y pega del nivel de sus negocios aplicado a la sociedad. Millonario populista inculto, nacionalista, racista, sexista, homófobo, islamófobo, antisemita, Trump ambiciona remodelar la sociedad de USA y el mapa del mundo a martillazos, despreciando lo que existe y destrozando lo que se resiste.

Diversas fracciones de la clase dominante siguen los antojos del nuevo presidente con inquietud. ¿Podrán encarrilarlo? ¿Tendrán que deshacerse de él? Las dos opciones están abiertas. Pero no se puede descartar una tercera: que el pirómano, en una huida hacia adelante, incline el mundo hacia una pesadilla de guerra y desastre climático. Porque Trump no ha caído del cielo, es el resultado de las contradicciones capitalistas inextricables que la gobernanza neoliberal domina cada vez con más dificultades y que fragilizan hasta el extremo las superestructuras políticas en un mundo en crisis de hegemonía. En estas circunstancias, la autonomía relativa de lo político así como la de los individuos tiende a aumentar. El poder fuerte se convierte en tendencia. No solo entre el proteccionista Trump, también entre sus competidores mundiales de Europa y Asia. La amenaza es global, la respuesta social debe estar a su altura.

Aprehender la significación del trumpismo implica tener perspectiva de las contradicciones del capital y su evolución, de dónde viene la situación actual. Así estaremos en mejor situación para comprender que la elección de Trump para la presidencia de Estados Unidos no es un accidente en el camino sino el síntoma de algo más profundo que puede marcar el inicio de una nueva era.

Una de las características más significativas del capitalismo es la creciente contradicción entre la racionalidad parcial de las empresas y la irracionalidad global del sistema. Las empresas -especialmente, las grandes- colocan la ciencia más moderna al servicio del beneficio para organizar rigurosamente el trabajo y planificar las inversiones. Por el contrario, la economía y la sociedad en su conjunto se desarrollan sin plan, de una manera caótica según las presiones y el azar del mercado.

Esta contradicción es el resultado de la naturaleza misma del modo de producción capitalista. Por una parte, las decisiones sobre qué debe ser producido, cómo, por qué, por quién, en qué cantidad, son tomadas por capitalistas competidores en función del único objetivo del beneficio. Para sobrevivir, cada capitalista está obligado a no dejar nada al azar. Por otra parte, la socialización de la producción se hace a ciegas. El interés general solo se define en el vacío: en la forma como se pliegan la sociedad y el medioambiente paso a paso al imperativo de la producción del máximo beneficio.

Un giro crucial para Estados Unidos, un momento de transición para el mundo
Una función clave de las superestructuras políticas y del Estado es disimular esta realidad para asegurar al modo de producción la legitimidad social sin la que no podría sobrevivir. Sin embargo, la ideología neoliberal y la forma de desregulación que provoca, en adelante están bien lejos de asumir esa tarea. Sobre todo, en Estados Unidos. El rescate de los bancos durante la crisis de 2007-8 constituye a este respecto, un punto de inflexión. La idea de que el sistema tal como es, funciona en interés general, saltó por los aires. A eso se añade el fiasco de la guerra de Irak -fomentada a golpe de mentiras sobre las “armas de destrucción masiva” -que da argumentos a los partidarios del aislamiento estadounidense. La desestabilización es profunda, la crisis de los dos grandes partidos burgueses lo atestigua El problema del (régimen del) capitalismo está planteada. En la izquierda, esta desestabilización generó los movimientos Occupy, Black Lives Matter, el Movimiento por los 15 dólares y la campaña de Sanders así como una movilización de las mujeres que encontró una de sus expresiones en la Marcha del 21 de enero. En la derecha, produjo el Tea Party y después a Trump que prolonga, radicaliza y sobrepasa al Tea Party. Su victoria supone un gran giro.

Visto el peso decisivo de Estados Unidos en todos los ámbitos, podemos aventurar la hipótesis de que estamos en un momento de transición de la historia mundial comparable a los de las crisis del siglo XX. Un giro importante, más profundo que el que fue impulsado por Thatcher (1979) y Reagan (1980). En efecto, lo que se ha tambaleado no es solamente el orden neoliberal instaurado desde la década de los 80 del siglo pasado, sino el equilibrio de las relaciones entre las potencias, el sistema de hegemonías tal como se creó y evolucionó después de la Segunda Guerra Mundial. Es necesario intentar tomar la medida de esto. Recordando de qué es capaz el capitalismo...

LEER TODO. VIENTO SUR:

Carta abierta a la alcaldesa de Arrasate Maria Ubarretxena

martes, 3 de enero de 2017 · 0 comentarios

Alberto Encinas
Como vecino de Arrasate, escribo esta carta abierta a la alcaldesa de Arrasate Maria Ubarretxena y al responsable de la Comisión de obras, servicios, mantenimiento y barrios, Oscar Garcia.

El 28 de febrero de 2010, Joseba, un joven de apenas 19 años, muy conocido en Arrasate, un joven alegre, activo, amante del monte, aficionado a la espeleología y miembro de la Asamblea del gaztetxe dejaba su vida en nuestro emblemático Udalaitz.

La triste noticia, conmocionó a Arrasate y en especial a las personas jóvenes, que lloraron su pérdida.

Su sonrisa, su activismo y sus ganas por vivir, fueron la chispa para que sus amigas y amigos del gaztetxe entre lágrimas de impotencia, angustia y dolor, sacaran las fuerzas necesarias para realizar un emotivo y significativo mural en la pared del frontón Uharkape, a pocos metros del gaztetxe con la leyenda “zeu zara geure garra …eta geuk txoria genuen maite”.

La maldita Mozal ordenantza, esa que trata de recortar la libertad de expresión e imponer el silencio de las paredes, salvo cuando se realiza a base de talón, ha empezado a sembrar la semilla de la crispación en nuestro pueblo y ayer, un “descuido”, en el mejor de los casos, o por falta de sensibilidad y respeto en el peor, extendió su mordaza y cubrió el mural en recuerdo y memoria del joven.


Ayer de nuevo, el dolor, la rabia, la impotencia y posiblemente nuevas lágrimas, volvieron a derramarse por Joseba.

Sra. alcaldesa y Sr. Oscar Garcia, que tapen pintadas con expresiones irrespetuosas y contra el honor de las personas y colectivos lo puedo llegar a entender, pero que tapen murales que no ofenden, me parece vergonzoso y si se trata como en este caso, de un mural en memoria y recuerdo de una persona, entonces ya me indigna.

Sra alcaldesa ¿aporta este tipo de actuación algo en la convivencia?

Hace apenas un par de meses que se ha terminado de realizar el mural en la conocida recta de Gelma. Un mural que a mí personalmente me gusta, pagado, eso sí, con dinero público. El que habéis tapado, se realizó a golpe de dolor y lágrimas pero a mí, me merecía cuanto menos, el mismo respeto.

Espero oír algún tipo de explicación que haga menos doloroso lo sucedido. Pero sobre todo os pediría una seria reflexión para evitar que mañana se vuelva a producir otra lamentable actuación contra la libertad de expresión y en nombre de un Arrasate más limpio

A quienes realizasteis el mural, mi total apoyo y disposición a colaborar en restaurarlo. 

Alepo, la tumba de la izquierda

viernes, 23 de diciembre de 2016 · 0 comentarios

Al aceptar un falso yugo geoestratégico y sin entender el nuevo desorden global, se ha entregado el pueblo sirio a un dictador asesino, a la Rusia de Putin, al Irán de los ayatolás, al Estado Islámico y a las teocracias del Golfo.

Santiago Alba Rico *
Para matar a gran escala, lo sabemos, hay que mentir y además insultar y despreciar a las víctimas. Eso es lo que hizo EEUU en Iraq o lo que ha hecho siempre Israel en Palestina. Toda la izquierda compartió en 2003 esta denuncia al lado de la gente normal y decente; y se indignó y se condolió al lado de la gente normal y decente tras los bombardeos de Bagdad o de Gaza.

Pues bien, ocurre que eso que tanto nos duele y enrabieta cuando son EEUU o Israel los verdugos se ha convertido en la rutina mental de la izquierda en su relación con Siria. Hemos aceptado mentir a gran escala para que el régimen de Asad y sus aliados ocupantes —Rusia, Irán y Hezbollah— maten a gran escala; y al hacerlo no sólo hemos abandonado y despreciado a las víctimas, sino que nos hemos separado de la gente normal y decente. Una buena parte de la izquierda mundial se ha situado, en efecto, al margen de la ética y al lado de los dictadores y de los muchos imperialismos que doblegan la zona. En una Europa en la que crece el neofascismo –y el terrorismo islamista— a velocidad acelerada, este nuevo error, sumado a tantos otros, nos puede costar muy caro.

Para permitir a Asad matar a gran escala ha hecho falta mentir mucho: ha hecho falta negar que el régimen sirio fuera dictatorial y afirmar, aún más, que es antiimperialista, socialista y humanista; ha hecho falta negar que hubo una revolución democrática muy transversal, no sectaria, en la que participaban millones de sirios, muchos de ellos de izquierdas, que no se reconocían en una dirección o un partido (una especie de 15M gigantesco cristalizado en Consejos y Coordinadoras Locales); ha hecho falta negar la represión brutal de las manifestaciones, las detenciones, las torturas, las desapariciones; ha hecho falta negar la legitimidad del Ejército Libre Sirio (ELS); ha hecho falta negar los bombardeos con barriles de dinamita y el uso de armas químicas por parte del régimen; ha hecho falta negar o justificar los bombardeos masivos de la Rusia de Putin; ha hecho falta negar la tolerancia de todos (Asad, Rusia, Irán, EEUU, Arabia Saudí, Turquía) hacia el crecimiento del ISIS; ha hecho falta negar la ocupación iraní de Siria; ha hecho falta negar el imperialismo ruso y su excelente relación con Israel; ha hecho falta negar la indiferencia errática de EEUU, que sólo ha intervenido para dejar el paso libre al mismo tiempo al régimen sirio y a Arabia Saudí; ha hecho falta negar el embargo de armas, que ha dejado la rebelión en manos de los sectores más radicales, tan contrarrevolucionarios como el propio régimen; ha hecho falta negar la existencia de manifestaciones simultáneas contra Asad y contra el ISIS (u otras milicias yihadistas) en pueblos y ciudades destruidos y asediados; ha hecho falta negar la ausencia del ISIS en Alepo, expulsado por el ELS en 2014; ha hecho falta negar el sufrimiento y terror de la población alepina bajo asedio; pero ha hecho falta –lo peor— negar el heroísmo, el sacrificio, la voluntad de lucha de miles de jóvenes sirios que se parecen a nosotros y quieren lo mismo que nosotros; ha hecho falta –aún peor y peor— despreciarlos, calumniarlos, insultarlos, convertirlos en terroristas, mercenarios o enemigos de la “libertad”.

Nunca la izquierda, frente a una revolución popular, se ha comportado de un modo tan innoble: no sólo no se ha solidarizado con ella ni —una vez derrotada— ha honrado a sus héroes y lamentado el desenlace, sino que les ha escupido en la cara y ha celebrado su muerte y su derrota. Coherentes con este negacionismo típicamente imperialista (o estalinista) se ha situado al lado de la extrema derecha europea y ha reprimido además las movilizaciones en nuestras ciudades, criminalizando para colmo a la izquierda sensata que, al lado de la gente normal y decente, ha denunciado los crímenes de Asad y sus aliados sin dejar de denunciar asimismo los de Arabia Saudí, Turquía y EEUU ni –por supuesto— el fascismo intolerable, en todo equivalente al del régimen, del ISIS o del Frente-al-Nusra.

Como dice el comunista Yassin Al Haj Saleh, preso 16 años en las cárceles del régimen y uno de los más grandes intelectuales vivos, Siria revela el estado de la vieja izquierda y certifica su muerte. Cuando hace seis años estalló una revolución democrática mundial cuyo epicentro fue el “mundo árabe”, la izquierda no estaba preparada ni para protagonizarla ni para aprovecharla; ni siquiera para entenderla. Hoy, cuando las contrarrevoluciones victoriosas extienden las redivivas “dictaduras árabes” a EEUU y Europa, la izquierda ha quedado fuera de juego como resistencia y como alternativa. Incomodados o molestos, todos los actores abandonaron o combatieron a las fuerzas democráticas sirias y todos –gobiernos, organizaciones fascistas y partidos comunistas— han acabado por coincidir en el relato del “mal menor” que condena a Siria a la dictadura eterna, a la región a la violencia sectaria y a Europa al terrorismo sin fin.

Esta teoría del “mal menor” (¡mal menor el asesino de cientos de miles de sirios, bombardeados, torturados o desaparecidos!) ha sido la matriz histórica de esa “estabilidad” regional, opresora y mortal para los pueblos, que justificó durante la segunda mitad del siglo XX el apoyo occidental a todas las dictaduras de la zona. Tras una revolución malograda, ese modelo del siglo pasado vuelve ahora con ferocidad redoblada, embragado y lubricado por un sector de la izquierda que aplaude y se entusiasma con “la gran victoria” de Bachar Al Asad; un modelo hasta tal punto perteneciente al siglo pasado que se diría que algunos la viven –esa “gran victoria”— como si, 25 años después y gracias a Putin, la URSS hubiera ganado finalmente la Guerra Fría. Una cosa es segura: los que la han perdido también esta vez, en Siria y en Europa, y en Rusia y en América Latina, son la democracia y la justicia, las únicas soluciones posibles frente a los autoritarismos, los imperialismos y los fascismos —yihadistas o pardoeuropeos—, hermanos trillizos que van ganando terreno sin resistencia, que se reclaman recíprocamente y que, por tanto, sólo podrán ser vencidos si se los combate al mismo tiempo.

¿Cómo definir esas “revoluciones árabes” que hoy mueren definitivamente en Alepo con la complicidad del yihadismo y la complacencia de la amplia alianza internacional, de derechas y de izquierdas, volcada contra Siria? Esas revoluciones fueron, sobre todo, una revuelta contra el yugo de la geopolítica que mantenía congeladas, como bajo el ámbar, las desigualdades y resistencias de la zona desde hacía al menos 70 años. En un mundo de relaciones de fuerza desiguales entre naciones-Estado, la geopolítica impone siempre límites a toda política emancipatoria de izquierdas. La geopolítica –es decir— no es de izquierdas y, si hay que tomarla en cuenta para hacer mínimos progresos realistas frente a los imperialismos y en favor de la soberanía, no podemos llegar al punto de contradecir los principios elementales asociados al carácter universal de toda ética de la liberación: eso que antes se llamaba “internacionalismo”, cuyo impulso es necesario recuperar en una versión no-identitaria y democrática.

El llamado “mundo árabe” (que es kurdo y amazigh y bereber y tubu, etc.) es el ejemplo más doloroso de una entera región, rehén de sus propias riquezas petroleras, sacrificado al interés común de potencias y subpotencias en liza: la así llamada “estabilidad”. Cuando los pueblos de la zona se rebelaron en 2011 contra este “equilibrio” monstruoso, sin pedir permiso a nadie y al margen de todos los intereses inter-nacionales, la geopolítica les cayó encima, como una camisa de fuerza, y la izquierda corrió, al lado de sus enemigos, a anudarle las mangas y apretarle los botones de hierro.

En un contexto en el que la hegemonía de los EEUU se debilita, en el que otras potencias igualmente imperialistas se independizan de su hegemonía para imponer sus propias agendas y en el que el campismo de la 2ª mitad del siglo XX es sustituido por un avispero de intereses reaccionarios contrapuestos muy parecido al de la 1ª Guerra Mundial –también porque no hay ahí ni una sola fuerza o proyecto anticapitalista o emancipador— la izquierda, sin entender nada del “nuevo desorden global” ni de su musculatura reaccionaria, se ha precipitado a entregar el pueblo sirio, atado de pies y manos, a un dictador asesino, a la Rusia de Putin, al Irán de los ayatolás y, de paso, al Estado Islámico y a las teocracias suníes del Golfo. Es decir, a lo que muy justamente Pablo Bustinduy ha llamado “la geopolítica del desastre”. No lo hace ahora y en nombre del “mal menor” (¡Franco y Pinochet un mal menor!). Molesta y desbordada por esas intifadas populares que no entendía (salvo un puñado de “trotskistas” que eran “trotskistas” sólo porque sí las entendían y las apoyaban), la izquierda mundial reaccionó desde el principio de la misma manera que los gobiernos y la extrema derecha: apoyando a los dictadores. Para los imperialistas eso no ha supuesto jamás un problema (“nuestros hijos de puta”) pero sí debería plantear alguno a la gente que se dice “de izquierdas”, que han acabado por renunciar a comprender el mundo al tiempo que a sus principios éticos y políticos. Para abandonar a nuestros afines sobre el terreno, apoyar a sus verdugos y dejar matar a gran escala, decíamos, ha hecho falta deshacerse de la verdad y someterse a los mismos clichés culturalistas, racistas e islamófobos de la peor derecha europea.

Apostando por un esquema geopolítico superado que impide abordar el “nuevo desorden global”, la izquierda ha abandonado, en efecto, sus principios éticos a cambio de nada; o, mejor dicho, para favorecer así el regreso, en versión expandida y agudizada, de las dictaduras, los imperialismos y los yihadismos. Este gran éxito geoestratégico se ha alcanzado a costa de aceptar una triple contradicción, incompatible con la universalidad de la ética de la liberación y brutalmente occidental y orientalista.

Aceptar este yugo geoestratégico –por lo demás ilusorio y mal fundamentado— supone, en primer lugar, declarar sin vergüenza que un madrileño tiene derecho a combatir una monarquía insuficientemente democrática y un bipartidismo corrupto y a desear, sin arriesgar la vida, más democracia y más justicia social para su país mientras que un sirio debe en cambio soportar una dictadura que lo encarcela, lo tortura y lo asesina y renunciar a todo atisbo de democracia y de justicia social.

Aceptar este falso yugo geoestratégico supone, en segundo lugar, declarar también que es mucho más grave que encarcelen a Andrés Bódalo en España que a Yassin Al Haj Saleh o a Salama Keile o a Samira Khalil, todos comunistas, en Siria; o que es mucho más grave la detención de unos titiriteros o el procesamiento de un concejal en Madrid que el asedio por hambre y el bombardeo de un entero país.

Aceptar este falso yugo geoestratégico supone, finalmente, reclamar con toda naturalidad el derecho de los españoles (o los latinoamericanos) a decidir si y cuándo y de qué manera pueden rebelarse los “árabes” contra sus dictadores. Los sirios, al parecer, deben hacer lo que les indique desde fuera una izquierda que se ha revelado impotente, inútil y ciega en sus propios países. Eso implica, además, vivir como una amenaza, y no como una esperanza, la voluntad democrática y las luchas sociales de los otros pueblos: los que luchan en condiciones más difíciles por lo mismo que nosotros se convierten no en compañeros sino en enemigos, no en valientes afines con los que hay que solidarizarse sino en criminales “terroristas”, ese término que tan justamente denunciamos o relativizamos cuando lo utilizan nuestros jueces o nuestros gobiernos “imperialistas”.

Una buena parte de la izquierda árabe, europea y latinoamericana –en resumen— ha sacrificado el internacionalismo a un orden geoestratégico en el que los pueblos y sus luchas democráticas no tienen ya ningún amigo y en el que, fuera de juego y en claro retroceso, esa izquierda ha dejado avanzar sin resistencia, ahora en todo el mundo, los regímenes contra los que se alzaron los “árabes” en 2011. No hemos comprendido nada, no hemos ayudado nada, hemos entregado al enemigo todas las armas, incluso la conciencia. La democracia retrocede desde Siria en todo el planeta. Alepo es, sí, la tumba de los sueños de libertad de los sirios, pero también la tumba de la izquierda mundial. Justo cuando más la necesitamos.

* Santiago Alba Rico es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. El último de sus libros se titula Leer con niños

Y en eso se fue Fidel

miércoles, 30 de noviembre de 2016 · 0 comentarios

Santiago Alba Rico *

Ha habido que esperar al año 2016 para que acabara el siglo XX. Ocurrió ayer, cuando Fidel Castro, el Comandante inmortal de la revolución cubana, libró y perdió su última batalla -como cumple a todo ser humano- a los 90 años de edad. Desde 2006 no era ya presidente de su país y desde 2010 tampoco máxima autoridad del ejército: en esa fecha se ascendió a sí mismo a “soldado de las ideas”. Pasó los últimos años retirado de la vida pública leyendo periódicos sin parar, obsesionado por el destino de la humanidad como especie. A los 90 años, genio o jardinero, ministro o camionero, uno se convierte irremediablemente en un “abuelito”. Con más memoria en su cabeza que algunos ordenadores y más historia en su cuerpo que muchas bibliotecas, Fidel tenía, sí, preocupaciones de “abuelito” planetario y, retirado del ejercicio directo del poder, volcado en sus “reflexiones”, había ido alejándose de la geopolítica, cuyos arcanos manejó como ningún otro estadista del siglo pasado, para concentrar toda su atención en la amenaza nuclear, el cambio climático y los progresos de la ciencia. La última vez que lo escuché en La Habana cerró su intervención en tono apocalíptico y, al mismo tiempo, combativo: “Si a la Humanidad le quedan diez años, habrá que ponerse a luchar, no a llorar”.

Fidel encabezó una revolución “clásica” del siglo XX y, en las condiciones más adversas, mientras América Latina sucumbía al imperialismo estadounidense y a sus dictaduras ancilares, logró superar invasiones y bloqueos para dejar ahora, 58 años después, una Cuba descascarillada, pero viva, que duda entre el abandono y la revisión de su legado. Por el camino han quedado algunas contradicciones económicas y políticas mal resueltas en medio de una historia de dificultades, alivios y tropiezos: el cepo soviético y la crisis de los misiles, el “quinquenio gris” y su represión cultural (1971-1975) , el hundimiento económico del “período especial” (1991-1994), las crisis migratorias, el providencial gobierno de Chávez en Venezuela, la doble moneda, los “lineamientos económicos” que reintrodujeron en 2010 las relaciones de mercado, el retorno de miles de cubanos que habían abandonado el país, las reformas de consecuencias imprevisibles conducidas por la misma clase dirigente que hizo la revolución y a espaldas de esas nuevas generaciones que reclaman protagonismo, el restablecimiento -en fin- de relaciones diplomáticas con EEUU, hito inseparable de muchas promesas y muchas amenazas. La gran victoria de Fidel ha sido la supervivencia de Cuba a 58 años de acoso imperialista, una victoria rubricada en la última Asamblea General de las Naciones Unidas, donde por primera vez no hubo un solo voto -ni siquiera el de Washington- a favor del bloqueo. Fidel, que sobrevivió a 11 presidentes estadounidenses, ha visto cómo se debilitaba, al mismo tiempo que su salud, la hegemonía mundial del gigante imperialista que ha marcado la vida, en la isla y en Miami, de varias generaciones de cubanos.

El siglo XX acabó ayer y Fidel -junto con Lenin y Churchill– constituye sin duda su figura más señera e influyente. Nunca un país tan pequeño habrá dejado tanta huella en el mundo a través de un solo hombre. Nunca un anciano superviviente en mil refriegas habrá dejado a sus espaldas tanta admiración y tanta nostalgia, como si fuera -en la estela del Che o de Camilo Cienfuegos– un joven héroe precozmente muerto en la batalla. El siglo XX de la descolonización, de la dignidad recuperada del llamado Tercer Mundo, de las luchas anti-imperialistas, no puede entenderse sin él. Fidel es para América Latina lo que Mandela para África, lo que Ho Chi Min para Asia, lo que Nasser para el mundo árabe y, si los sobrevivió a todos ellos, su sombra se alarga también más lejos. Si miramos hacia atrás desde la exacta y tramposa perspectiva de la hamaca sin tiempo, podemos señalar los errores y las limitaciones, pero nadie con un mínimo de decoro -ese sustantivo tan martiano- podrá negar, repasando algunas acciones decisivas, que esas acciones estuvieron “bien” (como pensó Dios del mundo recién creado) o que, de haber estado vivos y con conciencia en esa época, también nosotros las hubiéramos celebrado, acompañado o apoyado: había que estar en el Moncada, había que estar en Sierra Maestra, había que estar en Playa Girón; y había que estar, luego, en la lucha contra el apartheid en África y en las misiones médicas del Sáhara, de Venezuela o de Pakistán; y había que estar siempre en la resistencia contra el bloqueo y sus crímenes cotidianos; y en la defensa cotidiana de la sanidad y la educación. Con esa mampostería Fidel levantó en la isla un asidero para la utopía, un rompeolas contra el imperialismo y una humanísima chapuza social. Su grandeza tiene que ver con su resistencia frente a un enemigo omnipotente; y también con su capacidad para convertir su pequeño país, a veces a expensas de su propia gente, en un ejemplo “universal” para todos los pueblos sufrientes del mundo. Sin Fidel y sin Cuba hay ciertas cosas que no se podrían ni siquiera haber pensado: la legitimidad de la rebelión, la dignidad de los subalternos, la soberanía de los pequeños. Más que el Fidel real, de una astutísima inteligencia bien ceñida a la orografía de la Guerra Fría, fue esta hormigueante mirada desde abajo -de los que luchaban y luchan por la soberanía- la que lo convirtió en una leyenda viva y, a los ojos de EEUU, en una amenaza que había que destruir. Cuba, con su ejército de médicos y su arsenal de vacunas solidarias, siempre fue mucho más amenazadora para EEUU que al revés. Es Obama quien ha comprendido por fin -a la espera del imprevisible Trump- que unos EEUU debilitados sólo pueden vencerla con turistas y no con misiles.

La victoria de Fidel, ya imborrable, es la inversión de las proporciones: la hazaña de llegar a ser el más grande representando a los más pequeños, el más duradero representando a los más frágiles. Fidel, sin embargo, también fracasó. Su fracaso tiene que ver con la construcción fallida de un “hombre nuevo” que necesitaría dormir y comer tan poco como él, que correría tan deprisa como él y que soportaría, como él, todos los sacrificios. Buena parte del pueblo cubano lo adoraba y lo admiraba -lo adora y lo admira- pero no se parece a él. Bajo su mando Cuba construyó, eso sí, una vanguardia admirable de atletas morales -militantes e intelectuales- que, como me decía en una ocasión el gran periodista Enrique Ubieta, habían asumido la tarea “agobiante” de conciliar un “ideal” con la defensa de un Estado “real” siempre en peligro. Esa tensión es admirable, pero imposible en el tiempo, y más en condiciones de subdesarrollo económico y agresión exterior; y de la mano de una burocracia entrometida y “vieja” (en edad y en concepción). Fidel fracasó, como no podía ser de otro modo, a la hora de resolver esa paradoja eterna que el helenista marxista Luciano Canfora señalaba en uno de sus libros: “el impulso revolucionario no se transmite, ni por vía genética ni por vía pedagógica. Simplemente se pierde. Ya que la experiencia a lo sumo se puede explicar, pero no transmitir: es individual e irrepetible. Cuando obstinadamente se intenta prolongar por vía pedagógica su vitalidad de generación en generación, muy pronto esa pedagogía es percibida como retórica y, por tanto, rechazada”. Fidel siguió creyendo que todo era cuestión de pedagogía y de ejemplaridad y fue incapaz por eso mismo de imaginar una Cuba revolucionaria sin revolucionarios. Una cuba revolucionaria sin tutela fundacional. Una Cuba revolucionaria sin él. Para Cuba, podemos decir, el problema ha sido paradójicamente que, en la tensión entre el Ideal y el Estado, Fidel impuso muchas veces el “ideal” sobre el Estado.

Después de aguantar cincuenta años Fidel fue el primero en darse cuenta de que lo único que habían hecho en cincuenta años era eso: aguantar. No es poco; y es mucho -y hasta una proeza política y moral- a 120 millas de Florida y en medio del naufragio del continente. Pero en su famoso discurso de noviembre de 2005 en la Universidad de la Habana Fidel se atrevió a decir lo que otros escamoteábamos o amagábamos: que aún no tenemos ni idea de qué es eso del “socialismo”. Fidel se ha muerto sin haber hecho el socialismo y sin decirnos cómo se hace el socialismo. Sabemos lo que es el capitalismo, el fascismo, el racismo, el patriarcado, pero no el socialismo. Su revolución fue del siglo XX y no se puede repetir. Nos legó un ejemplo pero no un sistema. Deja huérfanos incluso a sus enemigos en un mundo en el que Cuba, en pleno reflujo de América Latina y del planeta entero, no es ya el modelo. Lo jodido es que tampoco tenemos otro. Urge, pues, articularlo y proponerlo, recordando quizás la formulación sintética que precisamente un gran historiador cubano, Julio César Guanche, defensor hasta la crítica de su revolución, nos propone en uno de sus libros: “la posibilidad de desplazar la «política» hacia el mundo de la  distribución democrática de la economía contra la explotación del trabajo y contra la monopolización de fuentes materiales de existencia social y personal y hacia la distribución democrática de la propia «política» a favor de la acumulación de poder popular ciudadano contra la acumulación de cualquier tipo de poder burocrático y/o mercantil”. A esto lo llamo «socialismo», pero otras personas pueden llamarlo simplemente «democracia»”. En Cuba, en España, en EEUU, en Siria, seguir esa senda -llamémosla “democracia”- será la mejor manera de recordar a Fidel y mejorar su legado. Hasta siempre, Comandante.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.

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